2023/08/19

OLIMPO. LOS DIOSES SE ESCONDEN

 




El Olimpo se cubre de nubes. Los dioses se esconden, no quieren que comprobemos que no están allí, que no existen.

Habíamos dejado atrás el Estado Atonita (Estado Monástico Autónomo del Monte Athos). Las nubes y la lluvia tormentosa habían difuminado la silueta de la península y ocultado la cumbre del Athos mientras navegamos de Dafni a Ouranólpolis. Después de desembarcar, el cielo se fue aclarando hasta quedar jaspeado por nubes grises, azuladas y blancas. Desde la playa y el embarcadero de Ouranópolis miramos hacia el oeste; nuestra mirada se deslizaba insistentemente sobre el Egeo buscando nuestro siguiente destino, más allá de las penínsulas de Sithonia y Cassandra. Estas, detrás de la cercana isla de Amoliani, se interponían entre nosotros y la costa occidental del golfo Termaico. A solo 18 km de aquella costa, que no podíamos ver, se alza hasta los 2.918 m el macizo montañoso al que queríamos llegar: el Olimpo. Queríamos ver los palacios de cristal de los dioses olímpicos. Las diosas y dioses que supuestamente los habitan, al contrario que el Dios de Athos, no exigen nada, ni siquiera que creas en ellos.

El viaje fue largo: desde el refugio de un monoteísmo radical, que centra su teología en la disputa con otras fes monoteístas, hasta las faldas del hogar del panteón helénico. ¿Fue largo el día? No dio más de sí que los traslados entre muelles y estaciones y el tiempo de espera en ellos. El último autobús que tomamos nos dejó en Litohoro, a los pies del Olimpo. Desde este pueblo cercano a la costa del Golfo Termaico se suele iniciar la aventura de ingresar en el macizo divino.

Cuando llegamos, la luz eléctrica ya alumbraba sus calles. Tras el pueblo la oscuridad se había adueñado de las montañas. A pesar de la noche, el nevado Olimpo se divisaba recortado sobre ellas bajo un cielo que ya había olvidado el azul y del que se apoderaba la noche.

Madrugamos para desayunar e iniciar cuanto antes el ascenso. Disponíamos de dos días; queríamos acercarnos al Mitycas (2.918 m), la cumbre más elevada del macizo. Sabíamos que no la íbamos a hollar en este viaje; sin embargo, nada nos impedía acercarnos hasta tener ante nuestros ojos el Trono de Zeus, las verticales paredes del Stefani que bien podrían ser el respaldo de dicho trono.

Nos aconsejaron informarnos en 55 peaks, una tienda de deportes. Tuvimos que esperar a que abrieran. El tiempo pasaba y nuestro nerviosismo e impaciencia fueron en aumento, aunque esto no cambiaría el ritmo en Litohoro, muy tranquilo a finales de abril. Después comprobamos que la espera había merecido la pena. Monika, guía de montaña y dueña de la tienda, nos informó y nos aconsejó sobre los recorridos más recomendables y sobre el lugar en el que podríamos pasar la noche. No coincidían con el plan que nos habíamos hecho.



Los refugios del Olimpo permanecían aun cerrados. Pensábamos habernos acercado hasta el de Spilios Agapitos (2.100 m) con la esperanza de que hubiese allí algún pequeño refugio abierto. Desde allí intentaríamos acercarnos al menos hasta el Skala (2.866 m) al día siguiente. Monika nos desaconsejó la idea. Además de que en el recorrido se habían producido aludes y desprendimientos, en el de Splios Agapitos no había refugio de emergencia abierto. En cambio, sí lo teníamos en el refugio de Petrostouga (1.940 m). Desde allí podríamos ascender hasta el Scourta (2.476 m) y, desde esta cumbre, admirar la grandeza del Olimpo y sus alturas más emblemáticas.

Monika nos convenció; se adivinaba su experiencia y era indudable que sabía de qué hablaba. Alquilamos crampones y bastones y nos dirigimos a Gortsia (1.130 m), en la carretera que une Litohoro con Prionia, desde donde iniciamos el ascenso.

Llegamos al refugio de Petrostouga a primera hora de la tarde. Tras un ligero descanso y una rápida inspección del amplio, desordenado y sucio “refugio de emergencia” en el que pensábamos pasar la noche, reiniciamos la marcha preparados ya para no dejar de pisar la nieve. Seguimos con toda la carga por si no volvíamos allí.



Como nos había dicho Monika había huella en la nieve; la víspera un grupo de guías había inspeccionado la zona hasta el Plateau de las Musas. Desde entonces las condiciones habían cambiado. La mayor parte del recorrido encontramos nieve blanda en la que, a cada paso, hundíamos las piernas hasta las rodillas y, a menudo, hasta las caderas. Las raquetas, que Monika nos había desaconsejado, habrían sido necesarias. El Skourta no estaba a muchos kilómetros, pero la nieve hacía que avanzásemos con mucha lentitud.

Seguimos las huellas por el bosque de abetos. Al salir de él, al esfuerzo se sumó la decepción. La ventana de buen tiempo anunciada para aquel día y el siguiente empezó a cerrarse para las cumbres más altas del Olimpo. Al dejar el bosque seguimos caminando por la cima somital que en unos dos km más de ascenso nos colocaría en la cumbre del Skourta. Las nubes ocultaban las cimas que debíamos divisar hacia el suroeste. De vez en cuando bajaban a nuestra altura. Cuando se volvían a situar por encima o el cielo parecía querer aclararse ante nosotros, volvíamos a tener la esperanza de poder disfrutar de la belleza de aquellas cimas que se ocultaban.

Nos detuvimos, no demasiado lejos del Skourta, al borde de un cordal prominente desde el que deberíamos estar contemplando hacia el suroeste los techos del Olimpo. A nuestra espalda el azul ocupaba gran parte del cielo; en cambio, las nubes insistían en cubrir la montaña delante de nosotros y, a ratos, también nos rodeaban.


El frío, el cansancio y la seguridad de que las nubes no dejarían de esconder el Mitycas y el Stefani hicieron que renunciase a pisar el Skourta. Además tenía que reservar fuerzas para la vuelta al refugio. Hicimos allí la foto reivindicativa que habíamos decidido sacar en el Skourta: (GALDER ETA AITOR ASKE! GORA EUSKAL GAZTERIA!). 

Aimar quería hollar al menos la cumbre que teníamos cerca; cargó solo con lo necesario y siguió ascendiendo. Me quedé con las dos mochilas tratando de protegerme del viento tras unos arbustos; no pude hacerlo del frío. Observaba la rápida ascensión de Aimar; cuando la niebla lo rodeaba, escuchaba sus pasos al golpear con los crampones la capa superior de la nieve; a aquella altura no tan blanda como la que habíamos pisado más abajo. Los minutos se me empezaron a hacer mucho más largos cuando dejé de verle y de oír sus pasos. Volvieron a su valor nominal cuando de nuevo volví a escuchar las pisadas. Aimar había llegado al Skourta, sin embargo, no pudo ver el Trono de Zeus.

Regresamos al refugio de emergencia de Petrostouga sin haber visto ni dioses ni seres humanos. Intercambiamos mensajes e información con Monika, cenamos y preparamos nuestro lecho. Pasamos la noche en el desordenado refugio. Embutidos en nuestros sacos debíamos parecer dos gigantescas mariposas en fase de crisálida pegadas al suelo.


El día siguiente amaneció espléndido. Por la mañana, aconsejados por Monika, alargamos el recorrido que íbamos a seguir para la vuelta hasta Prionia. Se trataba de alargarlo para acercarnos al Mitycas, para contemplar de frente las estancias principales de los doce dioses Olímpicos. El cielo despejado parecía garantizado. Durante 4 o 5 km descendimos unos 200 m. Dejamos a nuestra izquierda el sendero a Prionia y seguimos hacia el sur hasta llegar a un sendero (Gomarostalos) que volvía a ascender hacia el noroeste para llegar al Plateau de las Musas, el mismo destino que el itinerario que seguimos la víspera para ir al Skourta, aunque por la vertiente contraria. Después de varios cientos de metros de desnivel por un empinado sendero, llegamos a un saliente en el bosque de abetos desde donde pudimos admirar de frente las alturas que, según la mitología, siempre estaban cubiertas por nubes. No brillaban los palacios de cristal que Hefesto construyó para él y sus compañeros olímpicos. Las que resplandecían eran las cumbres que cubiertas de nieve se elevaban sobre nosotros y colgaban de un cielo despejado y azul.


Ya podíamos retroceder y retomar el camino de descenso a Prionia, primero entre abetos, después entre hayas. En este sendero sí encontramos algunos montañeros que ascendían. Las nubes no les iban a ocultar el Trono de Zeus y los lugares donde los dioses olímpicos tuvieron sus palacios de cristal.

A primera hora del día siguiente abandonamos Litohoro para llegar con tiempo a Atenas y participar en las manifestaciones del 1º de Mayo. Mientras esperábamos al autobús en un cruce cercano a la costa, contemplamos el Olimpo. Las nubes nos lo habían ocultado cuando más cerca lo tuvimos; ahora aparecía blanco, inmaculado, libre de nubes. Parecía que se burlaba de nosotros, o quizás nos retaba para hacernos volver. Algún día lo haremos.















2023/06/22

MONTE ATHOS

 



29 AÑOS PARA UN SALTO DE MÁS DE UN MILENIO

Un manto de numerosos tonos de verde cubría la larga y quebrada lengua de tierra por la que 29 años después volvía a caminar. Esta vez, con la primavera ya adelantada, no caminaba solo; me acompañaba Aimar, mi hijo, que cuando pisé Athos por primera vez no había nacido. Reconocí el lugar, pero no estoy seguro de que sea el mismo que hace casi tres décadas vi, o creí ver.


Agion Oros

La península del Monte Athos, la más oriental de las tres prolongaciones de la Calcídica, en el NE de Grecia, es una estrecha lengua de tierra de 57 km de longitud que va ganando altura a medida que se introduce en el mar. Su máxima anchura es de poco más de 10 km, que en su istmo apenas supera los 2. En su extremo más adelantado en el Egeo una pirámide blanquecina y rocosa surge bruscamente del mar y se alza hasta los 2.033 m; es el Monte Athos, que da nombre a toda la península. Pero sus habitantes y la iglesia ortodoxa la llaman de otra manera: Agion Oros, Montaña Sagrada.

A pocos km del istmo, en el que Jerjes hizo construir un canal del que no queda ningún resto a la vista, hay una frontera infranqueable, un muro que impide el acceso a Agion Oros, a la Montaña Sagrada, a un territorio convertido en una especie de refugio de la ortodoxia y la espiritualidad. Dicha frontera confiere a la mayor parte de la península de Athos una paradójica insularidad; a pesar de que ese búnker o guarida de la “auténtica” ortodoxia y su espiritualidad está unido al continente, solo es posible ingresar en él por mar, y esto con muchas limitaciones.

Aunque la península forma parte del Estado griego, la autonomía de Agion Oros es tan grande que se puede hablar de independencia. Una frontera establecida hace más de mil años separa del resto del mundo la casi totalidad de esta lengua de tierra en la que se asienta un estado monástico, una especie de república teocrática. 20 monasterios ortodoxos son los dueños de unos 336 km cuadrados de la superficie de la península y se gobiernan por sí mismos. Un miembro de cada monasterio forma parte de la Iera Kinotis (Sagrada Congregación), que podría equipararse a un parlamento. Lo que se puede definir como gobierno es la Iera Epistasía (Sagrada Administración), formada por cuatro miembros ‒epistates‒; el primero de ellos ‒protoepistates‒, que no es más que el primero entre iguales, siempre pertenece a uno de los cinco principales monasterios (Lavra, Vatopedi, Iviron, Dionisiou y Khilandari). Kariés, en el centro de la península, es la capital. En ella tienen que residir los miembros de de la Iera Kinotis el año que dura su mandato. Su sede está enfrente de la iglesia principal del Monte Athos, el Protaton, en la que cada uno de los monasterios tiene un escaño con su nombre.

El estado griego también tiene una sede en Karies; sus competencias se limitan a funciones de policía y aduanas. Para subrayar la casi total autonomía de Agion Oros, la presencia en la península del estado griego depende del Ministerio de Asuntos Exteriores.


El mar, a lo largo de una costa de 112 km, y un muro y alambrada que atraviesan la península entre las costas oriental y occidental encierran sobre sí mismo este singular espacio. Durante bastante más de un milenio los ocupantes de la península han visto la sucesión de imperios, la generación de cismas (en los que han tomado partido), la creación de estados…, pero hasta hoy han conseguido mantenerse apartados del mundo.

El atrayente misterio de lo que se oculta

La atracción por lo que se oculta fue una de las razones por las que viajé a Athos por primera vez; 29 años después lo he hecho con Aimar para repetir, comparar y compartir la experiencia de haber estado en un lugar cuyos habitantes han querido detener la Historia y fosilizar el tiempo; un sitio donde nadie de quienes lo habitan ha nacido allí porque ninguna persona lo hace.

La masa vegetal modera la accidentada, abrupta y tortuosa superficie del Monte Athos. Mientras navegábamos desde Ouranópolis ‒el pueblo más cercano al estado monástico‒, hasta Dafni ‒principal puerto y acceso de Agion Oros‒ el arbolado que cubre la mayor parte de la península suavizaba su superficie. Solo la cumbre del Athos, hacia el SE, aparecía desnuda mostrando la claridad de la roca y dejando a la vista las estrías, pliegues y torrenteras que forman el esqueleto de la península. Más tarde, caminando por la accidentada costa occidental, tuvimos que aplicarnos en continuos ascensos y descensos para sortear barrancos, superar torrenteras, asomarnos al mar desde cientos de metros de altura y volver a descender hasta pisar alguna cala desde la que de nuevo iniciábamos la subida. Athos estaba bajo nuestros pies y pisábamos la primavera, o la teníamos a la altura de nuestros ojos. De cerca, ya no era todo verde; flores azules, amarillas, rojas, blancas… adornaban las laderas por las que ascendíamos, rozaban nuestras botas o se asomaban al mar. De repente, tras un recodo o al superar un pliegue de la montaña para acceder a la otra vertiente, aparecía alguna espectacular construcción: un monasterio situado sobre una roca asomada al mar desde algunos centenares de metros sobre él, unos edificios rodeados de soberbias balconadas de madera suspendidas en sus fachadas y ajenas a la fuerza de la gravedad.


La exuberante primavera hacía que la superficie de Agion Oros hirviese de vida, sin embargo, caminábamos sobre un gigante derrotado y hundido en el mar. Dicen que esta península no es ni más ni menos que el gigante Athos, uno de los que se rebelaron contra los dioses olímpicos. La montaña que se eleva hasta los 2.033 metros en el extremo más adelantado en el mar, sería la que el gigante lanzó contra los dioses olímpicos sin alcanzarles. Otra versión asegura que la gigantesca roca la arrojó Poseidón sobre la cabeza del gigante para mantenerlo aprisionado para siempre. Más tarde el monte sirvió de apoyo a Hera cuando abandonando la cumbre del Olimpo "ganó las nevadas montañas de los tracios (…) y descendió del Athos hasta el mar agitado..."; el objetivo de la diosa en aquel viaje era yacer con Zeus y adormecerlo para favorecer a los aqueos en la guerra contra los troyanos.

Por muy atractivos que sean los relatos mitológicos del antiguo panteón helénico, hace muchos siglos que están desterrados del Monte Athos. Allí no hay sitio para historias de dioses y héroes pasionales y caprichosos, amables o violentos. Para nombrar la península los actuales habitantes y dueños de la misma han secuestrado el nombre del gigante mitológico sustituyéndolo por Agion Oros; también a la cumbre del monte la llaman de otra manera: Metamórfosi Sotíros (Transfiguración del Salvador).

Acceso limitado

Entrar en Athos no es fácil, sobre todo si no eres ni griego ni ortodoxo. En los 336 km cuadrados de la península gobernados por la Iera Epistasía no se concede derecho de residencia a ningún heterodoxo o cismático. Aunque los peregrinos ortodoxos y los extranjeros pueden entrar en Agion Oros, no se otorgan permisos para más de cuatro días (tres noches); el número máximo de admisiones por día está limitado a 100 peregrinos ortodoxos y a 10 extranjeros. El proceso de entrada en Athos se ha simplificado durante las últimas décadas, pero las limitaciones se mantienen.

El derecho a la libre circulación está restringido en Athos. Para asegurarte la entrada tienes que solicitar un permiso con antelación suficiente y, a ser posible (como nos sucedió en este viaje), estar dispuesto a aceptar una fecha diferente a la planeada por ti. Con el permiso concedido te tienes que asegurar aún el Diamonitirion, lo que sería el visado de entrada; este, por mucho que adelantes tu viaje, no te lo entregan hasta el mismo día para el que te concedieron el permiso.

Sin el Diamonitirion no es posible conseguir pasaje para embarcar hacia el Estado Atonita, esa diminuta parte de Europa que queda fuera del Espacio Schengen(1). El puerto principal de entrada está en Dafni, pero se puede acceder por otros arsanás (puerto, embarcadero), que a veces no son más que un deleznable muelle; cada monasterio, aunque esté en el interior y alejado de la costa, tiene el suyo.

Si para los hombres el acceso a Athos está limitado y la estancia sujeta a unas cuantas normas, quienes no pueden entrar bajo ningún concepto son las mujeres.

Hace más de 1.100 años que esta península empezó a convertirse en espacio exclusivo de los monjes. En el año 885 un edicto del emperador bizantino Basilio I (un emperador nada virtuoso)(2) reconoció a Athos como territorio exclusivo para ellos. En el 963 se fundó el primer monasterio, el Gran Lavra, que es el más grande de los que hay en la península. La independencia administrativa del poder imperial la concedió Constantino IX Monomacos en 1046. En el documento firmado por este emperador se recogían normas que después de tantos siglo siguen vigentes; una de ellas es la que prohíbe la entrada en Athos a las mujeres.

Athos no ha sido ajeno a los acontecimientos de la Historia. Emperadores bizantinos protegieron el monacato en el Monte Athos otorgando privilegios y cartas constitucionales a su comunidad monástica. Los edictos de los emperadores bizantinos eran para siempre, según algunas de sus expresiones literales. Alejo I Comneno (1081-1118), promulgó un decreto imperial en el que, al mismo tiempo que descubrimos la soberbia del poderoso, se lee: Decretamos que la montaña Santa sea libre y que los monjes que en ella moran no tengan que padecer ningún agravio hasta el fin del mundo.

Hoy muchos viajeros siguen contando su experiencia en Athos describiendo el lugar, las costumbres y los ritos de los monjes que lo ocupan como algo que no ha cambiado desde entonces, como si aquellas bulas doradas bizantinas hubiesen protegido de tal manera a Athos que desde entonces todos los días, años y siglos hubiesen transcurrido sin ningún cambio. Después de mi primer viaje a Athos yo también estuve convencido de que los ritos que observé y el modo de vida del que participé durante más de una semana no habían variado en más de 1.000 años, y así lo contaba. Sin embargo, el devenir de la Historia tuvo su influencia en Athos y los monjes sufrieron agravios sin que el fin del mundo hubiese llegado.

La historia de Athos ha sido tan agitada como la del resto de Europa. Los siguientes apuntes no son más que un insuficiente resumen de la historia de un milenio en esta lengua de tierra.

En 1054 se produjo el gran cisma de la cristiandad, cuando el Papa de Roma y el Patriarca de Constantinopla se excomulgaron mutuamente. Siglo y medio más tarde tuvo lugar la Cuarta Cruzada (1198-1204), aquella que, de nuevo, pretendía conquistar Jerusalen y acabó invadiendo y saqueando Constantinopla (quizás ese, más que la conquista de Jerusalen, era el objetivo del Papa Inocencio III). Al final de la misma los monasterios de Athos sufrieron una breve ocupación de los cruzados. 100 años más tarde los almogávares aragoneses, aquellos mercenarios que tras el asesinato de su líder Roger de Flor y más de un centenar de sus oficiales en un banquete provocaron lo que se llama "la venganza catalana”(3), también ejercieron su venganza contra los monjes del Monte Athos. Después llegaría la ocupación más larga, la otomana. Durante su imperio los monasterios mantuvieron costumbres, normas y privilegios anteriores; al principio con más permisividad que injerencia, después a cambio de importantes tasas e impuestos. En 1912, durante la Primera Guerra de los Balcanes, los otomanos fueron expulsados de la península. El siguiente año una pequeña flota rusa llegó a Athos para intervenir en una disputa teológica(4); asaltó el monasterio de San Panteleimonos y centenares de monjes fueron hechos prisioneros, enviados a Odessa, excomulgados y dispersados por toda Rusia. Tras la Primera Guerra Mundial la península pasó a estar bajo soberanía griega. Al final de la Segunda Guerra Mundial, durante la que la Iera Epistasia pidió a Hitler su protección personal para no ser molestados, la península de Athos estuvo brevemente ocupada por partisanos.

Mujeres en Athos

La prohibición de entrada en Athos a las mujeres se ha mantenido invariable durante toda esta historia. Sin embargo han sido varias las ocasiones en las que esta norma se ha violado(5). Dejando de lado la leyenda de que Helena de Bulgaria estuvo en Athos, pero siempre transportada en palanquín para no pisarlo, hubo mujeres que entraron en Agion Oros. En al menos dos ocasiones el estado monástico dio refugio a mujeres y niñas que con sus familias buscaban protección en épocas de revueltas sociales o durante la guerra de la independencia griega. En la primera mitad del siglo XX, algunas otras disfrazadas de hombre también rompieron la prohibición. Maryse Choisy, una periodista francesa, lo hizo a finales de la década de 1920; poco después, en 1930, Aliki Diplarakou, una mujer audaz, políglota e independiente (que poco antes había sido la primera Miss Europa griega), también se vistió de hombre para entrar en Athos. Otra mujer griega, Maria Poimenidou, violó la norma en 1953; la aventura de esta hizo que Grecia aprobara una ley que definió como delito la violación del espacio atonita por mujeres; la pena establecida para tal atrevimiento es de entre dos meses y un año de prisión.

En enero de 2008 diez mujeres se enfrentaron a dicha pena(6) por acceder al territorio monacal durante una manifestación de protesta. No se manifestaban contra la prohibición de entrada a las mujeres; ellas y varios centenares de manifestantes se movilizaban contra el propósito de algunos monasterios de apropiarse de unas 800 hectáreas de terrenos fuera de los límites del territorio atonita. No se alejaron de la muga ni permanecieron dentro más de 20 minutos, pero fueron juzgadas por el hecho de entrar en Agion Oros. En mayo del mismo año cuatro mujeres moldavas fueron detenidas por la policía; se trataba de mujeres víctimas de de una red de trata de personas y los monjes las perdonaron.

La prohibición de la entrada de mujeres en el Monte Athos se ha puesto en tela de juicio en varias ocasiones en el Parlamento Europeo. Athos forma parte de Grecia, un estado de la Unión Europea. La prohibición de acceso a las mujeres supone una discriminación por razón de sexo y una limitación a la libertad de circulación. Pero la Constitución griega reconoce la autonomía del Monte Athos. La Constitución griega está en consonancia con la Carta Estatutaria del Monte Athos, estatuto que fue redactado en 1924 por cinco representantes de los monasterios y aprobado como ley en 1926 por el Parlamento Griego. En la Acta Final de Adhesión de Grecia a la Unión Europea se reconoce también ese estatuto(7). Hasta el momento los intentos de modificación de los normas milenarias no han tenido ningún resultado.

Lo que vi, lo que creí ver, lo que he visto

La atracción por lo que en Athos se ocultaba fue una de las razones para hacer mi primer viaje. Otra fue que su aislamiento había contribuido a que este limitado espacio no hubiese sufrido ni la contaminación ni el retroceso de los espacios naturales ante el avance de carreteras, autopistas y otras infraestructuras, lo que convertía a la península en uno de los lugares menos contaminados y más bellos de Grecia. Lo que me atrajo lo convertí en expectativas. Llegué y encontré lo que esperaba encontrar: misterio y exuberante naturaleza, aunque hace 29 años la primavera apenas había empezado a manifestarse a mi llegada.

Ahora no estoy seguro de si a lo que vi agregué lo que creí ver para que mis expectativas se viesen totalmente colmadas. Esperaba encontrar un mundo anclado en el pasado, un espacio en el que durante el último milenio no había ocurrido nada y en el que la vida de sus habitantes discurría como en el año 1000. No fue exactamente eso lo que vi, ni lo que la información que tuve a mano me indicaba, pero me incliné a pensar que la historia apenas había tocado a Athos. Poco a poco esta idea es la que ha quedado grabada como recuerdo en mi memoria.

Lo que he visto ahora me ha hecho pensar que, en 29 años, Athos ha dado un salto en el tiempo de más de un milenio. No sé si tras este viaje construiré un recuerdo a partir de esa idea. Quizás ahora, si agrego algo a lo que he visto no sea para adecuarlo a mis expectativas, sino para que la visualización del futuro de Athos que ahora me hago no contradiga lo que he creído poder predecir a partir de lo que he visto.

Llegamos a Ouranópolis, donde teníamos que tomar el ferry para llegar a Dafni, la víspera del embarque. Si 29 años antes deambulé por un pueblo desierto con pocos locales de hostelería y comercios abiertos, ahora empezaba a parecer, ya en abril, un pueblo turístico que comenzaba a despertarse a la temporada de más ocupación. Aunque pudimos reservar plaza para embarcar al día siguiente, no conseguimos aún los pasajes; debíamos presentar el Diamonitirion para poder hacerlo, y era imposible tenerlo hasta la mañana de la partida.

En el ferry viajaban obreros que iban a trabajar a Athos, peregrinos y algunos extranjeros. Paramos en cada uno de los arsanás que hay en la costa antes de llegar a Dafni. El barco apenas se detenía para dejar con rapidez carga y personas en cada muelle. Antes de llegar a Dafni pasamos ante los monasterios de Dochiariou, Xenofontos y Panteleimonos, pegados a la costa, y el de Xiropotamou encaramado en la ladera casi 200 m más arriba. Todos aparecían con las fachadas y tejados rehabilitados. El de Panteleimonos, ruso, todavía con algún edificio rodeado de andamios, se mostraba el más soberbio; no ocultaba la importante inversión que en él se había hecho y se seguía haciendo.

Más tarde pudimos ver que esa fiebre rehabilitadora y la construcción de infraestructuras se ha dado o se está dando en todos los monasterios, en toda la península. Se descargaban áridos en Dafni desde buques de carga demasiado grandes para aquellos muelles; en dos o tres lugares había tierras removidas, canteras, silos de cemento y plantas de hormigón; las pistas que llegan hasta monasterios que parecen inaccesibles por tierra, estaban recién afirmadas; la carretera que une Dafni con Karies, en obras, no envidiará a ninguna del continente cuando esté acabada… Las subvenciones europeas y rusas han puesto al día los caminos (ahora a menudo transitados por vehículos todo terreno) y los monasterios.

En el monasterio de Simonos Petra deambulamos por sus balconadas colgadas en el vacío, todas restauradas. Si hace 29 años las tablas del suelo se movían al pisarlas y era fácil que el pie se te colase por sus huecos, ahora solo asomándonos a la barandilla pudimos ver la roca sobre la que se asienta el monasterio. Un monje con el que entablamos conversación nos habló del dinero que había llegado de la Unión Europea.

‒Son todos masones, pero el dinero es el dinero ‒nos dijo con una sonrisa irónica.

A partir de Simonos Petra caminamos por un sendero que yo recordaba colgado en el acantilado y como el más atractivo de los que había recorrido. Los pliegues de la montaña se suceden uno tras otro; se elevan con tal desnivel que caminas como si lo hicieses sobre una sierra gigante en la que hay que superar todos sus dientes desde lo más bajo hasta sus vértices. La vegetación nos rodeaba sin impedirnos ver el mar, al que continuamente llegábamos al descender desde el vértice de un pliegue para iniciar el ascenso a otro. En una playa de cantos rodados paramos a descansar. Nos protegimos del sol en una gruta. Aimar rompió una de las prohibiciones impuestas a los visitantes: se bañó en el mar; quizás fueron dos normas las que violó, porque para bañarse dejó de estar decorosamente vestido. Envidié el baño, pero no quise averiguar la sensación térmica, que tanto al entrar como al salir del agua me habría hecho tiritar.

Mientras descansábamos vimos pasar un par de embarcaciones hacia el norte, hacia Dafni o Ouranópolis. Empecé a pensar que quizás no tengan que pasar otras tres décadas antes de que se organicen viajes turísticos para visitar Athos. Ahora ya llegan desde los países ortodoxos grupos de peregrinos en viajes organizados desde sus iglesias o comunidades religiosas. ¿Sería de extrañar que las restricciones para visitar la península se relajen? Parece que ya se va introduciendo ese progreso que consiste en el crecimiento continuo y en la acumulación de riqueza. Ahora son las infraestructuras las que se están desarrollando. La proliferación de obras y rehabilitaciones ha llevado a la península a empresas y trabajadores para realizarlas; con ellos han llegado los servicios que necesitan. En Karies hay comercios y negocios de hostelería que hace 29 años no vi. Durante el día, su calle principal parece más propia de un pueblo turístico que de un estado monástico que se define como refugio de la ortodoxia y la espiritualidad. ¿Cuánto falta para que se impulse también la explotación de la riqueza natural de Athos?

No sé si volveré a Athos; lo que es casi seguro (¿casi?) es que no lo haré dentro de otros 29 años para comprobar los cambios que se hayan producido, o, mejor dicho, los cambios que mis sentidos me hagan creer que se han producido. A lo mejor lo que veo y lo que hay no siempre coincide.


Los dueños de un tiempo fosilizado

Pasamos los dos primeros días en la costa occidental de la península al sur de Dafni. Mientras caminábamos, todo el paisaje era nuestro y las horas transcurrían a nuestro ritmo. Al llegar a los monasterios dejábamos de gestionar el tiempo; sus dueños eran otros y otra era, también, la unidad de medida para las horas, para los días, para los años. El día tiene las mismas horas que en cualquier lado, pero en una celda, un patio o una iglesia de Athos el silencio, la quietud o el canto monocorde de los monjes las alarga o las inmoviliza. Los días comienzan mucho antes de lo que la mayoría de visitantes estamos habituados; sus partes ‒para la oración, para la comida, para el trabajo y para la meditación‒ no coinciden con las que solemos estar acostumbrados. El año se distribuye según el calendario litúrgico ortodoxo, que sigue sigue siendo el juliano. En cada periodo del año puede cambiar el rigor del ayuno y el número de comidas diario, la vigilia y hasta la fórmula del saludo(8); pero los días se repiten sin variación en una especie de rueda del tiempo que ni se detiene ni cambia.

Llegamos a media tarde al monasterio de Grigoriou en el que íbamos a pasar nuestra primera noche en Athos. Nuestra intención era dejar nuestras mochilas y seguir algunas horas más caminando por la accidentada costa. No fue posible. El arjondaris (el encargado de ofrecer hospitalidad a los visitantes) no estaba. El monje al que preguntamos por él nos dijo que enseguida vendría, nos condujo a una amplia sala y nos sirvió agua, dulces y café. El arjondaris no apareció hasta la hora de los oficios para decirnos que después de la cena (o segunda y última comida del día) nos asignaría una celda. Ni esa ni ninguna de las veces que estuvimos con él se alargaron nuestras conversaciones, pero en todas repitió el saludo habitual de Pascua: Ο Χριστός Ανέστη; a continuación, como para que lo tuviésemos claro, lo traducía al castellano: Cristo ha resucitado.

El monje que nos recibió estaba adaptado a la inmovilidad del tiempo que se puede sentir en Athos. Nos atrapó en ella durante algunas horas en una conversación monótona y repetitiva; él tenía alguna curiosidad por lo que ocurría fuera de Athos, aunque ubicaba con muchos errores diferentes países o, como en el caso del nuestro, ignoraba dónde se localiza. Centró casi todo su interés en hablarnos de monjes que después de haber sido católicos y budistas se convirtieron a la ortodoxia. Tuvo un empeño especial en que tras la comida de la tarde fuésemos a hablar con el padre Damián. 

Desde la placita principal del monasterio nos guio descendiendo por el interior de los edificios hasta llegar a una estancia con apariencia de imprenta o taller de encuadernación. Al interior de la fachada que da al mar había una pequeña cocina; dos ventanas se abrían a un cielo ya rojizo. Damián preparó café para nosotros, un café griego, que siempre hay que tomar desterrando las prisas y alargando el momento. El padre Damián tenía la llave de la conversación; el objetivo de su discurso era dejar claro que la ortodoxia es la única interpretación válida de doctrina cristiana. Repitió en varias ocasiones que “si hay tres interpretaciones, dos no pueden ser verdaderas; o una o ninguna”. Eludía los cismas o conflictos dentro de la iglesia ortodoxa como si la historia se hubiese parado en 1054.

Donde el tiempo pudo haberse parado definitivamente para nosotros fue en el monasterio de Dionisiou, en el que pasamos nuestra segunda noche. Dormíamos en una celda al final de un pasillo que terminaba en un hueco de acceso a la sala de calderas. Los sistemas de calefacción de los monasterios, alimentados con madera, han provocado muchos incendios a lo largo de la historia. A la una de la madrugada entró alguien en la celda y nos conminó a salir con nuestras cosas y bajar a la calle. No podemos saber si lo que hizo que nos evacuasen con urgencia fue un conato de incendio o simplemente una mala combustión de la madera; nadie nos explicó la razón del humo que ya se expandía por nuestra habitación. En el pasillo, si no sólido, era ya impenetrable para la luz. Si aquella noche alguien no hubiese sido consciente del problema ‒"pequeño problema", en palabras del arjondaris por la mañana‒, quizás nos habríamos asfixiado por el humo sin darnos cuenta. El tiempo no se habría alargado más.

Frescos, iconos y reliquias

Los frescos y pinturas murales cubren las paredes interiores de los dos espacios más importantes de los monasterios: el Katholikón y el refectorio (a veces también por fuera, como las pinturas sobre el Juicio Final en el exterior del comedor del monasterio de Dionisiou). Son auténticos museos de arte bizantino. Figuras de personajes alargadas, hieráticas y poco expresivas parecen observarte desde una perspectiva diferente a la que estamos acostumbrados y desde un instante en el que el tiempo se detuvo y no ha variado más. Ni siquiera en los frescos más modernos se alejan del estilo original y sus cánones.


Los venerados iconos, de estilo invariable, son omnipresentes en iglesias y capillas. Los gestos litúrgicos de veneración de monjes y peregrinos son exagerados y repetitivos; se inclinan, se santiguan ante ellos y los besan con profusión. Cada monasterio tiene alguno especialmente famoso, venerado y milagroso. Los más reverenciados suelen estar cubiertos de una lámina de metal repujado, que puede ser de plata y oro. Solo quedan a la vista la cara y las manos de los personajes sagrados que se representan; la lámina metálica suele estar trabajada reproduciendo la forma de la parte oculta de la figura del icono y dándole ligero volumen.

Pudimos ver con detalle algunos veneradísimos iconos de Athos: el llamado Agion Estin en la iglesia primacial de Karyes, el de la Portatissa en el monasterio de Iviron y el de San Nicolás en el de Stravonikita.

El de Karyes, Agios Estín, lo pude ver hace 29 años liberado de su lámina de metal precioso cuando un monje lo estaba fotografiando antes de restaurarlo. A mí me permitió fotografiarlo si no usaba flash, pero otro monje más riguroso que me vio hacerlo me expulsó de la iglesia con violencia verbal; supuse, por los gestos, que también con deseo de practicar la física. En esta ocasión me mantuve algo alejado del icono mientras algunos peregrinos lo veneraban ante la atenta mirada de algunos monjes.

De aquel viaje de hace casi tres décadas recordaba especialmente el de la Portatissa. Entonces un monje puso mucho interés en mostrármelo y explicarme su milagrosa historia; no me permitió fotografiarlo, pero me regaló dos pequeñas y cuidadas reproducciones después de un prolongado café. Esta vez paramos en el monasterio de Iviron para visitar la capilla en la que se venera el icono, pegada a la puerta de entrada al monasterio. Un monje de mi edad llamado Jeremías nos abrió la iglesia desde la que la Portatissa (la Guardiana de la Puerta) ejerce la protección que su nombre define. Al padre Jeremías le hablé del monje que conocí en 1994, del que no recordaba el nombre. Supo que le hablaba del padre Jacobo, un monje que había sido capitán de barco antes de retirarse en Athos para el resto de su vida. Cuando yo lo conocí me dijo que había viajado mucho y que le quedaba un último viaje por hacer: el que le llevaría al cementerio. Pedimos a nuestro anfitrión que nos llevase al camposanto. Los restos del padre Jacobo, que había muerto en 2013, no habían sido llevados aún al osario, como suele ser costumbre después de algunos años enterrados; seguían bajo tierra en su tumba.

El icono de San Nicolás está en el pequeño Katholikón del más pequeño de los monasterios de Athos, el de Stavronikita. El arjondaris nos abrió la iglesia y nos dijo que de ella teníamos que recordar dos cosas: el icono y los frescos que cubren todas sus paredes. Del icono nos explicó el milagroso encuentro por parte de unos pescadores; cuando le retiraron un concha adherida a la frente de la imagen manó sangre por la herida. De los frescos nos informó de que eran obra de Theophanes el Cretense (en el Monte Athos abundan los frescos pintados por él); este pintor fue contemporáneo de otro cretense, Doménikos Theotokópoulos, El Greco.

‒Mientras El Greco se fue a Toledo, Theophanes el Cretense se quedó en Athos ‒nos dijo como con cierto tono de reproche hacia El Greco.

Las reliquias son otro de los elementos muy venerados en los monasterios; cada uno tiene su propia colección, que guardan como un tesoro y exponen ante los peregrinos para su veneración. Es posible ver trozos de la cruz; el cinturón de la Virgen; el oro, incienso y mirra de los Reyes Magos; un brazo de Santa María Magdalena; restos de diverso tipo de santas y santos... Resulta difícil creer que la mayoría de los monjes y peregrinos estén realmente convencidos de que aquello que admiran y besan es lo que dicen que es, pero todas las reliquias las presentan como auténticas.

En Simonos Petra tuvimos la suerte de llegar cuando el arjondaris se afanaba en ofrecer agua, dulces y un vasito de licor a un grupo de peregrinos que habían llegado poco antes que nosotros. Nos adherimos al recibimiento sin necesidad de esperar. Después del rito reglamentario de hospitalidad, acompañamos hasta el Katholikón a parte del grupo, que quería venerar las reliquias del monasterio. El arjondaris colocó dos cofres sobre un escabel. Al levantar las tapas dejó a la vista las reliquias que contenían: la parte superior de un cráneo, una parte de otro, el pie de un niño, un trozo de madera... El monje las acariciaba mientras explicaba de dónde procedían. Los trozos de cráneo brillaban como si estuviesen pulidos o barnizados. Los peregrinos las besaron una a una. Nosotros nos mirábamos indecisos sin saber bien cómo reaccionar para que nuestro gesto no se viese como una falta de respeto. Cuando el arjondaris nos miró esperando a que fuésemos a besarlas, nos limitamos a hacer una inclinación de cabeza; nadie nos miró con reproche.


Un objetivo pendiente

Si al gozo del atractivo natural y la curiosidad por el misterio de lo que se oculta añadimos el deseo de coronar la cumbre del Monte Athos, tres pueden ser las razones o los objetivos para visitar la península. No hemos cumplido uno de ellos.

Cuando nos alejábamos hacia Ouranópolis, las nubes y la lluvia ocultaron la cumbre que cada día habíamos podido contemplar. Nunca nos faltó el deseo de coronarla. En abril no estaba aún permitido hacerlo, aunque de haberlo estado y haber optado por ascender a ella tendríamos que haber renunciado a recorrer los senderos y calzadas por las que caminamos de unos monasterios a otros, y a detenernos en ellos para conocerlos, ver alguno de sus tesoros y hablar con unos cuantos monjes.



Coronar la cumbre del Athos puede ser el objetivo de un nuevo viaje a esta singular parte del mundo.




(1)https://fronterasblog.com/2019/04/29/monte-athos-el-ultimo-rincon-del-medievo-en-europa/

(2)https://www.worldhistory.org/trans/es/1-16541/basilio-i/

(3)https://www.rutasconhistoria.es/articulos/la-venganza-catalana

(4)https://www.labrujulaverde.com/2018/07/cuando-el-ejercito-ruso-asalto-los-monasterios-del-monte-athos-en-1913-para-resolver-una-disputa-religiosa

(5)https://elordenmundial.com/monjes-mujeres-putin-monte-athos-2/

(6)https://www.elperiodico.com/es/sociedad/20080110/diez-mujeres-violan-veto-femenino-224411

(7)Bonet Navarro, J. (2005). El estatuto especial del Monte Athos ante la tradición religiosa. El Derecho Eclesiástico griego y el Derecho Comunitario europeo. BFD: boletín de la Facultad de Derecho (27), 2ª época, 2005, p.93-120. http://e-spacio.uned.es/fez/eserv/bibliuned:BFD-2005-27-9F23C2CD/PDF.

En este informe de Jaime Bonet Navarro sobre el estatuto especial del Monte Athos, hay también un resumen de la historia de la península.

(8)El arjondaris del monasterio de Dionisiou terminaba cada conversación con nosotros con el saludo habitual de Pascua: Ο Χριστός Ανέστη; a continuación, como para que lo tuviésemos claro, lo traducía al castellano: Cristo ha resucitado.


2023/03/14

EL RELOJ DE SOL MÁS GRANDE DEL MUNDO

 



El reloj de sol más grande y preciso del mundo y dos torres inclinadas (una ya desaparecida) fueron los motivos por los que Zaragoza ha estado en el itinerario del último viaje que Josune y yo hemos hecho. El Pilar también está allí y forma parte del imaginario colectivo, heroico para muchas personas, pero para otras impuesto y oscuro. Así que también el Pilar y la enorme plaza a la que se abre están en esta crónica.


Viajes que inducen a otros viajes

Hay viajes fecundos, viajes que sugieren otros viajes, viajes preñados de pasado que engendran otros llenos de futuro. En el último hemos pasado por Zaragoza, una ciudad en la que ya había estado alguna otra vez, pero que para mí, nunca había sido destino u objetivo específico de un viaje. Sin embargo pasan por ella itinerarios que otras andanzas me sugirieron.


La primera vez que pasé por la capital de Aragón estaba siguiendo, con mi hijo, el recorrido del Ebro en bici. Apenas paramos en la ciudad, pero la torre de San Juan de los Panetes, en el extremo noroccidental de la enorme plaza del Pilar, quedó grabada en mi memoria por su imagen, por su nombre y por la singularidad de que esté inclinada. Al interesarme por ella descubrí que, además de la de Pisa, hay unas cuantas torres con una evidente inclinación. Entre Bujalance, Córdoba, y Pisa hay más de una docena en el sur de Europa. Me prometí que algún día realizaría un viaje siguiendo el itinerario que une todas ellas. En febrero he recalado en Zaragoza siguiendo parte de ese recorrido.

Hay además otra razón por la que quería visitar Zaragoza: quería ver el reloj de sol con el gnomon más grande del mundo. No me habría enterado de su existencia si en mi primer viaje a Bolonia no hubiese entrado en la catedral de San Petronio. A Bolonia había llegado con otro objetivo, un objetivo que varios años antes me había propuesto a raíz de otro viaje entre Mont Saint Michel y el Monte Gargano; también aquel se había generado sorpresivamente cuando Josune y yo descubrimos con admiración la impresionante construcción de la iglesia que corona una aguda aguja de roca en Saint Michel d’Aiguilhe, comuna de Le Puy en Velay en el Alto Loira.

En la catedral de San Petronio de Bolonia hay una “meridiana” que cuando la vi por primera vez creí que estaba viendo el reloj de sol más grande del mundo (así lo leí en algún folleto de información turística); tiene una longitud de 66,8 m. Quise comprobar en Internet qué se decía de ello y descubrí que el reloj de sol más grande del mundo estaba en Zaragoza, al menos desde el 10 de julio de 2013, según el Guinness World Records. La “meridiana” o reloj de sol de la catedral de Bolonia engendró en mí el deseo de ver el de Zaragoza. Y Bolonia, famosa también por dos de sus torres, se cruzó con Zaragoza en dos posibles ejes temáticos para otros viajes: relojes de sol y torres inclinadas.

Así que la meridiana de San Petronio de Bolonia, que pasa por ser la más larga del mundo, me llevó al reloj de sol de Zaragoza. También puede ser el inicio de un viaje para visitar los lugares donde se conservan meridianas monumentales; solo llegando a las que se mencionan en este artículo visitaríamos Florencia, Milán, Palermo, Roma, El Escorial... Pero ahora me detengo en Zaragoza y en su reloj de sol, aunque también me hayan dirigido a ese destino un par de torres inclinadas.

Una torre fantasma

Habíamos llegado a Zaragoza a primeras horas de la tarde del 11 de febrero, sábado. En una oficina de turismo situada en una torre de las murallas romanas, casi pegada a la iglesia de San Juan de los Panetes, pedimos un plano de la ciudad. Cuando la joven que nos atendió acabó de señalar en el mapa los lugares más emblemáticos de la ciudad le pregunté por la ubicación del reloj de sol más grande del mundo. Por la sorpresa que mostró ante la pregunta parecía desconocer su existencia. Tras un momento de duda comenzó a consultar en Internet. Por fin buscó en el plano que nos había facilitado para señalar en él su ubicación. El reloj de sol quedaba fuera del mapa; dibujó una flecha en el margen derecho y nos indicó cómo llegar.

−¡El más grande del mundo! Ahora ya sé otro lugar que tenemos que ofrecer −nos dijo.

¿Nadie le había preguntado hasta entonces?

Dejamos la visita del reloj para el día siguiente y recorrimos el centro de la ciudad. En la Plaza San Felipe nos sentamos en una terraza cuyas mesas llenaban el espacio que ocupó la Torre Nueva, de la que desde 1893 no queda más vestigio que una marca de su perímetro en el suelo. Se construyó a principios del siglo XVI, y ya comenzó a inclinarse poco después de su construcción. A finales del siglo XIX se justificó su derribo por su inclinación y la presunta ruina que el abandono y los elementos iban provocando en ella. La Torre Nueva era una torre civil, construida para albergar el reloj y las campanas, que gobernaban el ritmo de la ciudad al recordar a los ciudadanos la hora en la que vivían. El vestigio que hoy queda es una línea marcada por una estrecha tira de bronce que señala el perímetro octogonal de la superficie sobre la que se elevaba; la terraza hostelera que ocupa el espacio, dificulta su visión.
  
La terraza, su mobiliario y la clientela que ocupa las mesas no interfieren en la mirada de un joven convertido en bronce que sentado en el suelo y abrazando sus rodillas, eleva la vista hasta un imaginario punto situado 80 m más arriba. La estatua se sienta sobre una línea que traza una gran circunferencia en las losetas del suelo; los pies de la imagen se apoyan dentro del círculo, como si superando el límite la figura del joven reivindicase el derecho de ocupar el espacio interior y el tiempo ya pretérito en el que en ese espacio había algo extraordinario que mirar.

Espacio contaminado por una memoria impuesta

Volvimos a la enorme Plaza del Pilar presidida por la basílica. La Catedral del Salvador y la Plaza de la Seo cierran la plaza por el sureste. Al noroeste sobresale la Torre de San Juan de los Panetes, detrás de la Fuente de la Hispanidad, esta edificada en 1991. En medio está la basílica.

Basílica de Nuestra Señora del Pilar: solo el nombre puede reproducir en la mente de quien lo escucha, sin necesidad de verla, la silueta formada por sus cúpulas con sus linternas y las torres de cada uno de los cuatro vértices del espacio ocupado por la iglesia. Al menos eso me ocurre a mí, debido con toda seguridad al incesante discurso apologético con el que, desde que empecé a ir a la escuela, nos bombardeaban periódicamente; supongo que les ocurre lo mismo a muchas personas de mi generación(1).

La silueta de la Basílica del Pilar, recortada contra el cielo o reflejada en el Ebro, no fue hasta 1961 tal como hoy la podemos ver; ese año se inauguraron las dos torres del lado norte, el que da al Ebro. Tampoco la plaza era tan grande; hasta 1939 ocupaba un espacio muchísimo más reducido. Aunque el proyecto para su ampliación tenía ya unas décadas, fue a finales de1936 cuando en un pleno del Ayuntamiento de Zaragoza se le dio el impulso definitivo, y comenzó a realizarse en 1939. Para entonces la utilización de la Virgen del Pilar por parte de los golpistas estaba ya muy engrasada; después, el régimen nacional-católico y fascista la siguió utilizando exhaustivamente como símbolo para el adoctrinamiento y la propaganda. En aquel pleno de finales de 1936 el teniente coronel Loscertales, golpista y delegado militar en el Ayuntamiento, pronunció estas palabras sobre el proyecto de la “Plaza de las Catedrales(2):… hay que realizar una activa y eficaz propaganda que llegue al pueblo. Yo no quiero que este proyecto sea sólo de Zaragoza. Tiene que patrocinarlo España entera y todos los católicos del mundo que hablan el español”.

Es pasado, pero no resulta nada extraño que bien entrado ya el siglo XXI haya quien pueda preguntarse: “¿Es la Virgen del Pilar facha?”. La visita de la basílica resulta incómoda para quien sólo quiere apreciar el continente y su contenido físico sin que por megafonía te recuerden cada poco el carácter religioso del lugar, sin que las innumerables misas te impidan circular por gran parte del espacio, sin tener que soportar elementos que son apología de un régimen fascista o propaganda del fundamentalismo religioso. Pero, ¿qué se puede esperar en un templo donde se venera una imagen a la que una Real Orden concedió el título de Capitana General del Ejército Español? ¿Qué en un templo donde se venera una imagen a la que otra Real Orden proclamó patrona de un cuerpo policial golpista, fascista y represivo? En Zaragoza o en cualquier otro lugar otras vírgenes guerreras −como Atenea, o Artemisa o las valquirias...−, en quienes nadie cree, no impregnarían el ambiente de tanta referencia a un pasado deplorable.

El domingo, después de visitar la Aljafería (obligada y muy interesante visita de la que aquí no diré nada), volvimos hasta la Plaza del Pilar. Quería mirar con tranquilidad la irregular cruz de mármol incrustada en el suelo frente a la fachada de la basílica, pero pasamos de largo. Un hombre mayor y ligeramente encorvado se apoyaba en un palo o vara blanca más alta que él. De su extremo superior, adornado con un ramo de flores amarillas, colgaban mensajes demonizando el aborto, los matrimonios homosexuales, el separatismo y otros pecados contra los que invitaba a movilizarse. El sábado le habíamos visto allí toda la tarde. A quien se acercaba le hablaba también de lo que significaba aquella cruz frente a la que estaba parado: un milagro. El 3 de agosto de 1936 cayó allí una bomba que no explotó. Dos más, que tampoco explotaron, cayeron dentro de la basílica; se exponen en una columna cercana al Camarín de la Virgen; parecen recién salidas de fábrica y sin ningún rasguño. Sobre ellas hay cinco grandes banderas latinoamericanas. Estas sí pudimos verlas con calma porque la mayor parte del público se abarrotaba en el el entorno del camarín o dentro,  donde, siguiendo un estricto protocolo, pasaban sin cesar niños y bebés por el manto de la Virgen.

Algún testigo vio la bandera rojigualda en el avión que la noche del 2 al 3 de agosto de 1936 arrojó las bombas desde una altura desde la que era imposible que explotasen, algún otro la tricolor. “...En cuestión de horas elaboraron una narrativa en la que se entremezclaban el milagro y las llamadas al odio”.

Reloj Solar Multicaja-Zaragoza

Antes de abandonar la plaza camino del Puente de Piedra para pasar al otro lado del Ebro, paramos en la esquina sureste del edificio del ayuntamiento; una placa metálica y con color de herrumbre recuerda a los concejales y trabajadores municipales asesinados en 1936; para estos la Virgen guerrera no hizo ningún milagro. La placa es infinitamente más sencilla y humilde que la basílica y la plaza, pero sirve para relajar la sensación, quizás muy subjetiva, de que el fundamentalismo y la apología de una ideología concreta te rodean.

Por el Paseo de la Ribera, por su zona peatonal más pegada al Ebro, recorrimos los casi dos kilómetros que nos separaban del Parque de Oriente. Antes de pasar bajo el Puente del Marqués de la Cadena ya pudimos ver la parte más alta del gnomon del reloj de sol más grande y preciso del mundo. Sin llegar al embarcadero fluvial de Vadorrey ascendimos hasta el espacio en el que se ubica. Desde el centro de un espacio circular de algo más de 3.700 metros cuadrados el gnomon se va elevando hacia el norte en un ángulo de 41,27º; con una longitud de 46 m su extremo acaba a 30,343 m del suelo.


La idea de su creación fue del ingeniero, poeta y artista Juan Antonio Ros. Adquirió categoría de proyecto en 2008, cuando la Expo Zaragoza ya estaba a punto de inaugurarse. Desde el 10 de julio de 2013 ostenta el récord de tener el gnomon más grande del mundo, según Guinness World Records. La instalación del gnomon se hizo a finales de 2009. Sin embargo tuvieron que pasar más de diez años para que el proyecto estuviese terminado; la pavimentación de la plaza en la que se encuentra no se concluyó hasta el verano de 2020.

En la Plaza del Reloj hay un dial horario bajo el gigantesco gnomon; en él se pueden leer las horas en las marcas que señalan hasta cada cuarto de minuto. Una rampa de hormigón sube desde el dial hasta la calle del Marqués de la Cadena; en ella se proyecta a mediodía la sombra del gnomon, larga en invierno y corta en verano. Dicen que algunos días puede proyectar su sombra hasta 500 m; que a esa distancia puede verse cómo avanza a 7 m por minuto.

Reloj Solar Multicaja-Zaragoza es el nombre oficial. El nombre del ingeniero de caminos, poeta y artista Juan Antonio Ros, que fue quien lo creó, aparece en una brillante esfera de la que también es autor. Se trata de una bola de acero y latón de 2 m de diámetro; la obra tiene varios cráteres de distintos tamaños. En uno de ellos se leen los datos que hay que utilizar para saber la hora exacta a partir de la que la sombra del gnomon marca en el dial; también hay información sobre otros aspectos del diseño. Está colocada sobre un pedestal circular en el extremo sur del círculo que rodea al gnomon. El autor la llamó Asteroide.

Cuando llegamos la plaza del reloj no estaba muy concurrida, apenas algunas niñas y niños correteando o en bici mientras sus familiares les observaban o jugaban con ellos, alguna persona atravesando aquel espacio en su paseo y alguna otra con la misma curiosidad que nosotros. Recorrimos de nuevo el Paseo de la Ribera, atravesamos el Puente de Piedra y desembocamos de nuevo en la Plaza del Pilar.

Poco antes de alejarnos del centro en tranvía tomé la última foto de aquel día registrada en mi cámara. Entre la basílica y la cruz irregular de mármol incrustada en las losas de granito del suelo ya no estaba el hombre apoyado en su báculo blanco. Los mensajes de apología homófoba y fascista se habían ido con él. No había que temer que su pesado y molesto discurso te rodease al acercarte a aquel trozo de mármol. La supuesta cruz del suelo no es ni siquiera una cruz, o está tan deformada y falseada como el discurso del hombre que ya no estaba.





(1)
BELTRÁN ABADÍA, Ramón (2017): Una y grande. Ciudad y ordenación urbana en Zaragoza (1936-1957), Zaragoza, Institución Fernando el Católico.
Este libro puede consultarse en el enlace: https://ifc.dpz.es/recursos/publicaciones/36/17/_ebook.pdf
En las conclusiones el autor señala que en el libro:
«... se han estudiado las líneas rectoras de esas nuevas políticas municipales, que pueden resumirse en los siguientes puntos:
— Adaptación de la ciudad a las necesidades ideológicas del Nuevo Estado (...)
— Utilización del urbanismo como instrumento político de sometimiento (…)
— Utilización del urbanismo como herramienta de reproducción del capital (…)»
En este enlace puede leerse el artículo de José Ramón Marcuello titulado “¿Quien tiró las bombas sobre el Pilar?”. Se publicó en el periódico semanal ANDALÁN n.º 135 (14 al 20 de octubre, 1977) (Edición facsímil; pag. 10). En la entradilla dice:
«En la madrugada del día 3 de agosto de 1936, un avión —republicano, según los sublevados; rebelde, según versiones que sólo ahora pueden hacerse públicas-, arrojaba sobre el templo del Pilar tres bombas que, «milagrosamente», según unos, o, «lógicamente», según otros, no llegaron a estallar. El suceso —acaecido a tan sólo 15 días del pronunciamiento militar contra la II República, en una ciudad de primordial interés estratégico como Zaragoza— puede ser calibrado de decisivo en el planteamiento general de la Guerra Civil y, muy concretamente, en el sentimiento que fue su columna vertebral: el de Cruzada. 41 años después de aquella fecha, el hecho sigue pidiendo a voz en grito la necesaria clarificación que le confiera un carácter del que, mientras no se demuestre lo contrario, carece: el implacable rigor histórico».

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