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2026/02/20

Dictadura y exilio



“Cuando mataron a mi padre, a mi madre solo le quedaron los ojos para llorar y las calles para correr”. Esta frase pronunciada por Carmen Vela hace que me quede anclado junto a su retrato con el oído pegado al altavoz por el que se escucha el documento sonoro. Su relato, de tres o cuatro minutos, se reproduce en bucle. Lo escucho varias veces para que esa frase quede fijada en mi memoria, para convertirla en el enganche en el que afianzar mi recuerdo de El camino errante, una exposición sobre el exilio en la Casa de América de Madrid.


Febrero no tiene más que una semana cuando salimos de la intermodal de Bilbao. Ya se ha tenido que hacer de día, pero un cielo gris que se deshace intermitentemente en zirimiri y los cristales tintados del autobús hacen que parezca de noche aún. Abro el libro que estoy leyendo, y que quiero terminar antes de llegar a Madrid: Barne zerbitzuak, de Katixa Agirre.

Superamos el puerto de Altube y levanto la vista del libro cuando estamos a punto de salir del valle de Kuartango. Observo las sierras de Badaia y de Arkamu cubiertas por un cielo opaco y gris que casi las roza. La primera, paralela a la autopista, se orienta de norte a sur, una rara dirección para las sierras y macizos vascos. La segunda, que sigue el eje del plegamiento pirenaico (este-oeste), llega casi perpendicular hacia nosotros desde el oeste y parece cerrarnos el paso. Entre las dos forman un embudo con la salida en el desfiladero de Subijana. La autopista nos escupe por él hacia Ribera Alta y Ribera Baja. Más tarde los monolitos rocosos del desfiladero de Pancorbo vuelven a apartarme de la lectura. Ya en La Bureba, el gris mate y oscuro nos cubre por arriba y el verde del cereal recién nacido se extiende a los lados hasta las montañas que cierran la llanura y cuyas cumbres más altas se esconden en las nubes.

Vuelvo al riesgo permanente de las protagonistas de Barne zerbitzuak que hacían llegar comida y medicinas a los presos (maridos, hermanos…) tras la caída de Bizkaia en 1937. Movían clandestinamente información confidencial entre las cárceles y el Gobierno Vasco en el exilio. La novela la protagonizan cuatro mujeres que fueron las precursoras de una nutrida red de espionaje, la red Álava, de la que treinta personas fueron detenidas en 1940.

Al acercarnos al puerto de Somosierra, Josune me señala el paisaje nevado y dejo a las protagonistas y sus compañeros de militancia escuchando las sentencias, muchas de muerte tras el primer juicio sumarísimo. Los interrogatorios y las torturas en Fomento, en los centros de reclusión en Claudio Coello para las mujeres y en Chamberí para los hombres y la cárcel de Ventas quedaron páginas atrás. El paisaje que veo es tan sombrío como el futuro que espera a los miembros de la red Álava. La tintura de los cristales del autobús hace que el paisaje recién nevado aparezca como una gran mancha de blanco ceniciento que se funde con un cielo de un gris plomizo.

Antes de llegar a Madrid termino de leer la historia novelada por Katixa Agirre. Luis Álava, quien dio nombre a la red, fusilado. Quienes se libraron del paredón o del garrote vil siguieron en la cárcel. Tras la prisión tendrían que soportar un largo exilio interior.

El exilio, ese es uno de los objetivos del viaje que nos ha traído a Madrid: El cuerpo errante, una exposición en la Casa de América sobre el que provocó la guerra y la represión de la dictadura franquista. Encuadrada en el proyecto Mapas de memoria de la UNED, muestra a través de documentos, cartas, imágenes, objetos y relatos sonoros diversas maneras de soportar y vivir el exilio. No aparecen nombres y apellidos importantes. Objetos que cimentan el recuerdo de familiares asesinados y voces de mujeres que conservan y transmiten la memoria de lo que ellas y sus seres queridos padecieron hacen presente la vivencia del exilio de personas corrientes.

Una de las experiencias que se muestran tiene una historia que llega hasta mediados de la década de los noventa del siglo pasado, más de cincuenta años después de terminada la guerra; es la de María Fernández Grandizo. Su padre y su marido habían sido asesinados por los franquistas en 1936. Dieciséis años más tarde detuvieron a su hijo Manuel, de veinte años. Tras varios meses encerrado, y con la seguridad de que iba a ser condenado, aprovechó un permiso carcelario para huir a México. Nunca volvió. Su madre inició una correspondencia que se mantuvo hasta que perdió la vista; luego mantuvo la comunicación por medio de cintas magnetofónicas. Buena parte de las mil quinientas cartas que María envió a su hijo cuelgan del techo de la sala; forman un bosque de papel y de palabras por el que hay que transitar. Al otro lado una maleta contiene el resto de las cartas, una grabadora y las cintas magnetofónicas. Tras visualizar un vídeo en el que se escucha la voz de una nieta de María que lee algunas de las cartas, vuelvo al bosque para buscar una fechada el 23 de noviembre de 1975. La encuentro:

“Queridísimo hijo, ¡al fin se fue! (…) Claro que no hemos estado clavados todo el tiempo ante la televisión. Lo que sí aguanté fue la jornada de hoy por curiosidad morbosa. Sobre todo no quise dejar de ver cómo lo depositaban en la fosa y tapaban con la losa. (¡Ahí, púdrete!, no pude menos de decir) (…)”.

Si las cartas de María construyen y conservan la memoria de una separación y un exilio duraderos, otros objetos portan en sí mismos un suceso momentáneo o un periodo de tiempo fosilizados. Objetos que guardan el recuerdo de vidas arrebatadas, vidas súbita y violentamente detenidas; que hablan de existencias a las que se les impidió crecer, progresar y construir futuro; que almacenan en ellos biografías completas, pero que siempre se rememoran a partir de los momentos más dolorosos, los últimos para algún ser querido.

Una foto rota y cosida puede servir para que el espectador se haga una idea de la crueldad de la represión de la dictadura franquista, represión alimentada con tortura, cárcel y fusilamientos. La misma foto ayuda a entender el dolor que el recuerdo provoca en quienes sobreviven al asesinado. Anastasio Godoy fue víctima de la represión. En 1941, con 29 años, no podía mantenerse en pie por una enfermedad contraída en prisión y lo fusilaron sentado en una silla. Desde la cárcel de Almodóvar del Campo, Ciudad Real, se había comunicado por carta durante dos años con su mujer Benita Lillo, que estaba presa en Gerona. Entre las pertenencias que tras el fusilamiento de Anastasio enviaron a su familia había una foto rota en varios trozos que había sido cosida. Guardada por Benita pudo ser el soporte para el recuerdo del tiempo vivido juntos, el hito a partir del que rememorar el futuro que solo pudieron imaginar, aunque la evocación de lo vivido y lo deseado tuviese que iniciarse siempre en recuerdos de un periodo y un hecho dolorosos.

Muchos objetos de la exposición almacenan memoria. Hay uno que conserva una parte material de la persona a quien se recuerda; es un saquito toscamente cosido que conserva una piedrecitas dentro. Las piedras están manchadas de sangre. La hermana de Ángel Ruiz, fusilado en Almagro en 1940, las recogió del lugar donde lo asesinaron y las guardó durante muchos años. Antes de morir se las entregó a Saturnina, la mujer de Ángel. Esta hizo una bolsita para guardarlas durante toda su vida en el delantal que llevaba. Hay que abrir una ventana para llegar al saquito que Saturnina llevó encima desde que llegó a sus manos. También para acceder al resto de elementos que se exponen en el espacio titulado Las pequeñas cosas. Son cajas cerradas que guardan en su interior historias de vida que se detuvieron violentamente. Sus protagonistas vieron desaparecer el camino que se habían trazado y tuvieron que buscar otro en el que, además de sobrevivir, portaron en su memoria el recuerdo y los anhelos de sus familiares desaparecidos. Saturnina, como el resto de protagonistas del espacio Las pequeñas cosas, fue envejeciendo mientras mantenía el recuerdo de su marido con el aspecto que tenía cuando se separaron.

La exposición se distribuye en varias salas y apartados que cuesta tiempo recorrer. Muchos de los objetos, cartas, escritos, vídeos y testimonios grabados con la voz de sus protagonistas o sus familiares dejan a la vista diversas maneras de vivir y soportar el exilio, formas diferentes de mantener el recuerdo de personas que el régimen dictatorial asesinó e hizo desaparecer, modos de comunicarse para sortear la censura y para que los mensajes llegasen a sus destinatarios… También se manifiesta en la muestra el miedo a contar, la ocultación de lo vivido a las siguientes generaciones por el temor a que sufriesen las mismas consecuencias. Y lo que la exposición también revela es que casi siempre son las mujeres quienes se ocupan del receptáculo de la memoria, conservan esta y la transmiten; a menudo, no por línea familiar directa.

La muestra nos impacta hasta el punto de que antes de abandonar Madrid volvemos a la Casa de América para llevarnos grabados algunos de los testimonios sonoros. La suerte hace que coincidamos con una visita guiada por los dos comisarios de la exposición. Al relatarnos su experiencia con varias de las personas que les han transmitido las historias, las vivencias y el significado sentimental de los objetos portadores de memoria, consiguen que quienes les escuchamos nos acerquemos emotivamente al sentimiento de quienes protagonizaron aquellas experiencias.

Me resisto a marchar sin grabar el documento sonoro de Carmen Vela. Para mi, la frase sobre lo que le quedó a su madre resume el sufrimiento que el golpe de estado y la dictadura sembraron durante tanto tiempo, algo de lo que ni quienes lo provocaron se arrepintieron ni quienes son sus sucesores ideológicos han hecho o harán.

“Cuando mataron a mi padre, a mi madre solo le quedaron los ojos para llorar y las calles para correr”.

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Cuatro días más tarde, el 14 de febrero, se clausuró la exposición, que permanecía abierta desde el 17 de diciembre. Más de 30.000 personas han visitado la muestra, convirtiéndola en la más visitada de la Casa de América en las últimas dos décadas. Una evidencia de que la memoria sobre los perseguidos durante la guerra y el franquismo interesa a mucha gente. No se puede eludir, por más que haya quienes se esfuercen en hacerlo o quieran blanquear las atrocidades cometidas por la dictadura.


En este enlace se pueden encontrar vídeos y pódcast sobre la exposición El cuerpo errante:

https://www.casamerica.es/exposiciones/el-cuerpo-errante


En un vídeo de la exposición se hacía referencia a Avelino García, fusilado en 1940. Su nieto, sorprendido de que los apellidos de sus primos no coincidiesen con ninguno de los suyos, empieza a buscar a quien fue su abuelo biológico. El vídeo que puede verse en el siguiente enlace es de Jorge Moreno, uno de los comisarios de la exposición El cuerpo errante; el estracto que se reproducía en la exposición procede de él. Avelino Chillarón, nieto de Avelino García, aunque su apellido sea otro, dice en el vídeo: 

"A mi padre le robaron al suyo, a mi abuela le robaron a su marido y a mi me robaron el poder sentarme en las rodillas de mi abuelo". 

 https://vimeo.com/85392380


 


2025/03/07

EL NACIMIENTO DE DOS RÍOS

 


Dos surgencias. Una espectacular en su inicio, la otra un humilde hilo de agua. La primera nace con decisión y emprende con vocación oceánica su corto recorrido en dirección al mar más alejado de su primera fuente. La segunda surge con timidez, sin ruido ni alharacas; el líquido que mana de la tierra se desliza sin atrevimiento, como si tuviese dudas de elegir entre el lejano océano o el más cercano mar. Las dos son el nacimiento de un río; la primera el del río Cuervo, la segunda el del Tajo.



Río Cuervo

El río Cuervo nace en el parque natural de la Serranía de Cuenca. El lugar más visitado y fotografiado de este río son las cascadas que salvan la barrera que el agua ha construido durante millones de años al depositar sobre el suelo por el que discurre el carbonato cálcico diluido en ella. Las cascadas son espectaculares cuando el caudal es abundante, más aún cuando en invierno se congelan. El nacimiento está a medio km de distancia y 40 m por encima de ellas.

Llegamos al paraje, declarado monumento natural en 1999, desde Vega del Codorno. Entre los barrios de La Cueva y El Perchel la mansedumbre del río, oculto por la maleza en buena parte del tramo, no permitía presagiar el soberbio espectáculo que nos esperaba a unos 3 o 4 km y 140 m más arriba. Tras un corto paseo desde el aparcamiento habilitado para su visita, nos colocamos ante el escenario en el que el agua del río Cuervo interpreta el acto más brillante y seductor de todo su recorrido. En la ancha chorrera formada por numerosas cascadas, el agua fluye por un ciclorama tridimensional que ella misma ha construido y sigue moldeando. La parada es obligatoria antes de llegar al manantial que brota de una cueva; el agua que de este mana desde el interior de la montaña viene cargada de sales carbonatadas disueltas en ella; en el exterior se vuelven insolubles y van formando la toba sobre la que las vistosas cascadas se deslizan.

Las sugerentes configuraciones que surgen hacen que el agua se distribuya por un ancho espacio y caiga por numerosas cascadas. Algunas de las frágiles formas por las que el río se escurre parecen una capa con capucha que en su oscuro interior protege del agua a algún misterioso y negro ser que no vemos.

Después de su vistosa exhibición, el río Cuervo discurre hacia el noreste durante unos 39 km. No será él quien haga llegar sus aguas hasta el río Tajo; aunque nace con arrogancia no es más que un afluente secundario que tiene que entregarse al Guadiela para que este sea quien se las ofrezca al Tajo.


Río Tajo

Hacia el sureste, a unos 20 km en línea recta, 33 por carretera y a 1.600 m s.n.m., hay un humilde manantial que surge de la tierra, a 170 metros más de altitud que el del río Cuervo. Es tan modesto que el agua que de él fluye parece no saber hacia dónde dirigirse. En los primeros tramos, casi marcando la divisoria de aguas atlántico-mediterránea, el río se esconde para volver a aparecer más tarde, como si tuviese vergüenza de mostrarse o dudas de que mar elegir. Pero es el Tajo desde el principio, aunque el lugar de su nacimiento no sea más que una atracción turística y no un monumento natural como el del río Cuervo.

El río en su nacimiento no llama la atención, lo que sí lo hace es el Monumento al Nacimiento del río Tajo. Se trata de un grupo escultórico con cinco figuras metálicas. En una de ellas se representa la península ibérica y el curso del río Tajo en ella. Otras tres representan a las provincias en las que se forma: un toro representa a Teruel; una estrella sobre un cáliz, a Cuenca; un caballero en su caballo, a Guadalajara. El padre Tajo está representado por la monumental escultura de un titán con una hendidura que recorre todo su cuerpo; es una alegoría del Tajo y del surco de más de 1.000 km que el río abre al atravesar la mayor parte de la península. Las barbas del titán serian el agua tras el deshielo; la hendidura que recorre la escultura de arriba a abajo (ensanchándose a medida que desciende), la tajadura que divide la península en dos.

El nacimiento del Tajo necesita un exagerado monumento artificial para atraer la atención de quienes atraviesan los Montes Universales entre Castilla la Mancha y Aragón. Lo descubrimos cuando desde Vega del Codorno nos dirigíamos a Albarracín. Poco después de Tragacete tomamos la carretera CM-2119, coronamos el puerto de El Cubillo de 1.617m y enlazamos con la A-1704. Cinco km después, a la altura de una pronunciada curva, muy cerca de la carretera y a nuestra izquierda, divisamos el desmesurado monumento, más atractivo turístico por sí mismo que por el río que allí nace.

Nuestro itinerario hizo que dejásemos atrás el Tajo, pero estar en su nacimiento provocó la idea de un futuro viaje desde su primera fuente hasta la desembocadura. Como otras veces un viaje nos sugería otro. Aún solo es una idea, pero su realización dejará pequeño el modesto objetivo de viajar para ver unas espectaculares cascadas. La surgencia del río Cuervo es arrogante y espectacular, aunque solo es el prolegómeno de un río breve, efímero. El modesto y tímido manantial del Tajo no atrae por sí mismo, sin embargo anuncia una larga travesía por regiones y paisajes diversos antes de entregarse al océano Atlántico. Allí, en Lisboa, construyeron un puente de 17 km para unir las dos orillas del estuario que se forma en su desembocadura. 

¡El del Tajo sí que es un camino de crecimiento!




Nacimiento del río Tajo






Nacimiento del río Cuervo

2024/03/03

Viaje al románico de La Bureba

 


Cuando enero empezaba a envejecer, atravesamos, desde el norte, la cadena de los Montes Obarenes por el desfiladero de Pancorbo. Nos dirigíamos a La Bureba. Llevábamos una lista con más de dos decenas de pueblos con iglesias románicas que pretendíamos visitar. Nos dirigimos hacia el oeste sin alejarnos apenas de la cadena montañosa. Al tomar un desvío para llegar a Soto de Bureba, el primer destino que nos habíamos marcado, los Obarenes volvieron a acercarse a nosotros. Desde el desvío avanzamos despacio observando una iglesia que asomaba, casi desde su base, sobre lo que parecía una muralla con más de media docena de contrafuertes. Donde acababa el pueblo aparcamos nuestra furgoneta.


Nada se movió en las pocas casas del pueblo; de ninguna salió sonido alguno, ni siquiera el ladrido de un perro. No tuvimos ninguna duda de por dónde acceder a la iglesia: dos calles hay en el pueblo y una, que sale desde la misma carretera, se llama así: Calle de la Iglesia. Dos rodadas paralelas dividían en tres franjas verdes el firme herboso de la calle, la central mucho más ancha. Casi al inicio del camino accedimos a la explanada a la que da la portada de la iglesia, limitada por el sur por la parte alta de lo que mientras llegábamos al pueblo nos parecía una muralla.


La atracción fue inmediata. Iniciar nuestro recorrido por la Bureba ante aquella hermosa portada hizo que, a partir de entonces, siempre esperásemos encontrar algo similar o más atractivo en el resto de las iglesias que habríamos de visitar. Cuando no era así, su recuerdo era una motivación para seguir buscando. La iconografía y composición de sus tres arquivoltas, la decoración del guardapolvo que las rodea, las figuras de capiteles y jambas, los adornos de las columnas…, todo atrae la atención para observarlo en conjunto y detalle a detalle. En la iconografía que recorre linealmente las arquivoltas me llamó especialmente la atención la figura humana más grande de las representadas en ellas: un hombre encadenado con sus manos agarrando la cadena que une el collar que le rodea el cuello y el cepo que le ata las piernas. En el extremo opuesto de la misma arquivolta (la más exterior) hay una mujer en actitud pensativa. En tres dovelas contiguas, otros tantos personajes parecen entablar un diálogo entre ellos. Un unicornio, identificado como tal en una leyenda sobre el mismo, sorprende en una de las dovelas de la arquivolta interior; esta, ligeramente apuntada como las demás, está rematada en sus dovelas superiores por el Agnus Dei; a cada uno de sus lados hay otras dos figuras humanas que también ocupan varias dovelas cada una, representan, según la información de un panel, a la Virgen y a San Juan.


Otras portadas

La de Busto se convirtió para nosotros en la referencia con la que compararíamos el resto de portadas durante el resto del viaje; ninguna acabó igualándola. El primer día nos paramos ante otras cuatro iglesias: en Navas de Bureba, Barrios de Bureba, Hermosilla y Terminón. Solo la de Navas de Bureba, cercana a Busto y también en las faldas de los Oberenes, conserva su portada románica ligeramente apuntada y de forma muy abocinada. Sus arquivoltas, al contrario que las de Soto de Bureba, carecen de decoración y las columnas son lisas, sin adornos. En los capiteles, los únicos elementos de la portada con decoración escultórica, hay hojas de acanto, cabezas y figuras humanas y cabezas de león.


Los días de un extraño y soleado invierno se fueron sucediendo; la temperatura era más primaveral que del mes de enero, aunque los árboles, a excepción de pinos y encinas, seguían dormidos, desnudos; dejaban que el recién brotado cereal fuese el encargado de adornar de verde el valle de la Bureba. Veíamos más extensiones de verde cuanto más alejados de los Obarenes y de los páramos estábamos. Incluso el pardo tirando a rojizo de las tierras labradas que jaspeaba el verde del cereal recien nacido, daba más color al paisaje que el frío gris de los árboles desnudos.


También las iglesias románicas se iban sucediendo y nosotros hacíamos competir sus portadas con la de Soto de Bureba. Ninguna la igualó, aunque algunas podrían haber sido la referencia de haber sido las primeras que hubiésemos visto. Una de estas es la de Quintanarruz, con siete arquivoltas profusamente decoradas; las bases de los arcos de medio punto de cuatro de ellas son los ocho capiteles con decoración escultórica de que consta la portada. Todas las arquivoltas y el guardapolvo están decoradas con motivos geométricos. Las puntas de diamante labradas en la arquivolta más exterior me llamaron especialmente la atención: en cada dovela se esculpió una; el interior del espacio entre sus aristas y el vértice se vació, de modo que la luz atraviesa cada punta de diamante. Las sombras que proyectan las aristas y el vértice de cada una se desplazan lentamente sobre la ornamentación del guardapolvo y de la arquivolta inferior a medida que el sol se desplaza sobre el cielo.


La de Castil de Lences, al pie del páramo, también podría haber sido nuestra referencia de haberla visto en primer lugar; está protegida por un pórtico, posterior al edificio románico, que impide observarla en su grandiosidad original. También la de Lences está protegida por un pórtico más moderno que ella; dificulta la observación más aún que el anterior, porque una de sus columnas se construyó justo delante de la portada. Siguieron a estas las de Revillalcón, Tobes y Rahedo, Valdazo…

Una iglesia por dentro



En pocos sitios encontramos a alguien con quien hablar, y en menos aún dimos con quien nos pudiese abrir la iglesia. Una afortunada excepción fue la iglesia de Aguilar de Bureba. Una verja de madera cierra el pórtico sobre el que se eleva una espectacular espadaña de traza barroca. Las construcciones añadidas a la primitiva iglesia románica impiden ver desde fuera la mayor parte de los muros originales. Después de observar y fotografiar la portada a través de los huecos de la verja de madera, nos desplazamos hasta el ábside, que tampoco se ve en su totalidad porque la sacristía que se añadió adosada al norte oculta buena parte de este. Mientras lo observábamos se acercó a nosotros una mujer que se ofreció a enseñarnos la iglesia. Fue en busca de las llaves y regresó con estas y un cuaderno lleno de apuntes del que se ayudaba para explicar lo que íbamos viendo. Con encomiable interés y poca seguridad se interesaba y detenía en la iconografía de los retablos; confundió a un evidente Santiago Matamoros con San Pablo, el verdadero fundador del cristianismo, aunque siempre nos hayan querido hacer creer que fue otro (con mucho éxito, por cierto, ya que pocos serán quienes,  aún hoy, atribuyan a San Pablo la iniciación de esa secta[1]). De la arquitectura y decoración románicas, que eran el eje temático de nuestro viaje, apenas nos dijo nada, quizás por el poco interés que pusimos ante el Matamoros que ella confundió con el verdadero fundador del cristianismo, error que corrigió algo más tarde. La cúpula semiesférica sobre el crucero, formado por la nave románica y las capillas laterales añadidas en el siglo XVII, llama la atención por lo irregular de la circunferencia de la imposta desde la que arranca.


Destacan los capiteles del arco triunfal. En uno de ellos se representan lo que parecen ser tres escenas sin relación entre sí 
en las que la violencia está presente: en la cara izquierda un caballero cuyo caballo pisotea la cabeza de un hombre; en la derecha, y parte de la central, otro jinete se enfrenta a un hombre que maneja una honda; en la central una persona que parece atada a una columna para recibir castigo, con el añadido sobre ella de dos espectadores que contemplan desde un balcón, y con aparente indiferencia, el castigo a la persona que hay bajo ellos y al hombre pisoteado por el caballo.


El capitel de la otra columna en la que se apoya el arco está decorado con un motivo uniforme: cuatro aves enfrentadas dos a dos en los vértices del capitel y dándose la espalda las que ocupan la cara central. Sus colas, cubiertas de escamas, se enrollan en espiral y terminan en cabezas con la boca abierta y mostrando los dientes. Al igual que en el anterior capitel, el cimacio (la parte superior del capitel) de este está decorado con motivos lineales y vegetales.

Ábsides y Canecillos

Con apenas excepciones, solo pudimos contemplar el exterior de las iglesias, aunque la maleza que rodea buena parte de algunas de ellas o el cementerio adosado a alguno de sus muros laterales nos impidió, a menudo, rodear todo su perímetro. Además de las portadas, el exterior de los ábsides y los canecillos bajo los aleros fueron elementos que nos entretuvieron en cada visita a las iglesias románicas de la Bureba.


En Hermosilla, la cabecera (presbiterio y ábside) es lo único que se conserva de la iglesia románica. Lo mismo que la portada de la iglesia de Soto de Bureba fue para nosotros el referente con el que comparar las demás, el ábside de la de Hermosilla lo fue para los ábsides. Sus dos columnas dividen el ábside en tres tramos; sus fustes embebidos en el muro se inician en una basa algo más elevada que lo que parece un podio y terminan en capiteles en los que se apoya el alero, haciendo así la misma función que los canecillos. Sobre una imposta que recorre el ábside, hay una ventana en cada paño, las tres con columnas rematadas en capitel y arquivolta. Hay otra en el muro norte del presbiterio; está cegada con sillares y decorada con un tímpano en el que hay tres arcos esculpidos.


La variedad de motivos de todo el adorno escultórico del ábside y la maestría con la que está realizado es realmente sorprendente. La erosión ha deteriorado unos cuantos canecillos hasta hacer desaparecer en algunos el motivo que se esculpió en ellos, pero, incluso en las figuras en parte descompuestas, se ve la destreza y el oficio de las manos que las esculpieron. Por no mencionar todos, me detengo en algunos de los más elaborados.


En el capitel de la columna más septentrional del ábside se representan dos fieras que devoran un animal postrado en el suelo; los bien definidos dientes de las fieras (que podrían ser perros) se clavan en el cuello y la parte trasera de la pieza cazada; esta podría ser una liebre o un conejo, aunque su cola es demasiado larga para cualquiera de estas dos especies.


En varios canecillos se representan animales y alguna escena de caza. Una de estas es la de un cazador haciendo sonar el cuerno con su mano izquierda mientras la otra sujeta lo que pudiera ser su arma apoyada en el hombro derecho. Aunque el canecillo está erosionado y con la parte inferior de la imagen representada muy deteriorada, el detalle con el que está elaborado todo el motivo es admirable.


En otro se representa una escena en la que aparece la figura de cuerpo entero de un hombre que carga sobre su hombro un cerdo al que sujeta por las patas traseras. Como en el anterior y en el resto de los canecillos que conservan su escena, el animal real o fantástico o las caras humanas con las que fueron adornados, el realismo logrado en su elaboración y en los detalles es encomiable. Para mí este es especialmente atractivo, porque veo en él (no sé si acertadamente o no) la representación de una escena local, habitual para las personas que iban a ser usuarias o destinatarias de la iglesia, una escena evidente y cotidiana para cuya comprensión no necesitaban ser adoctrinadas.


Espectacular es el modillón en el que un grifo, ese animal fantástico mitad águila mitad león, se muestra altivo bajo el alero del ábside de la iglesia, alero que, al parecer, ha conseguido proteger el can hasta hoy.


No puedo dejar de mencionar otro, quizás más fácil de elaborar que los anteriores, ya que sus elementos son pocos y sencillos: una cuba suspendida sobre una jarra a la que, seguramente, verterá su vino. Como el del campesino que transporta un lechón, para interpretar este no son necesarias doctrinas ni sermones; tampoco elaboradas predicaciones sobre el bien y el mal, sobre el pecado y la virtud, sobre la vida y la muerte. A mí me parece que estos canecillos solo hablan de la vida y no necesitan intérpretes, aunque el cerdo, por ejemplo, no se utilice precisamente para ilustrar la virtud.

Otras iglesias románicas de La Bureba



Durante cinco días recorrimos La Bureba en nuestra camper. Dormimos en Oña, Poza de la Sal y Briviesca, lugares desde los que salíamos por la mañana (después de visitarlos si no lo habíamos hecho la víspera) en busca de los pequeños pueblos con iglesias románicas desperdigados por la comarca. Además de los ya mencionados hasta ahora paramos en: Barrios de Bureba (para ver San Fagún), Abajas, Arconada, Carcedo de Bureba, Rojas de Bureba, Piérnigas, Revillalcón, Monasterio de Rodilla (a donde volveremos con más tiempo que el que le dedicamos), Carrias… Todas tienen elementos por los que merecen una visita. Por no extenderme, solo me detendré un momento en un ábside llamativo y algo más en dos iglesias especiales por únicas.


El ábside de la iglesia de Revillalcón llama la atención porque una de sus dos columnas desapareció. Los tres tramos en los que estas lo repartían han quedado reducidos a dos, con una asimetría tan exagerada que no puede dejar de sorprender. El soporte original que se conserva se trata de un haz de tres columnas embutidas en la pared (columnas entrega) rematadas en capitel, el de la izquierda muy deteriorado o desparecido. La grieta que se abre desde la cornisa y recorre la mitad de la pared del paño reconstruido parece querer certificar lo necesario que era el haz de columnas que desapareció y no se repuso. Haces de tres columnas pudimos ver también en la iglesia de Valdazo y en el magnífico ábside de la de Navas de Bureba.



Iglesia de Piérnigas



Una iglesia especial es la ermita de San Martín de Tours, en Piérnigas. Parece que, alejada del casco urbano, nadie ha sentido la necesidad de reformarla, ampliarla o añadirle dependencias para perpetuar la memoria de los donantes. En medio de tierras de cultivo y alejada de los Montes Obarenes, que marcan el horizonte por el nordeste, y de la sierra en cuyas laderas se protege Poza de la Sal, que limita La Bureba por el noroeste, mantiene su estructura original: una sola nave cubierta con tejado de lajas de piedra, ábside semicircular, portada de tres arquivoltas y una espadaña construida sobre el arco de triunfo.


La espadaña separa el ábside de la nave. Me recordó a la iglesia de San Fagún, no porque tengan parecido o parentesco, sino porque al ver la de Piérnigas imaginé la nave que la de San Fagún tuvo que tener más allá de la espadaña en la que ahora termina la ermita.


Lo que hace única a la de Piérnigas entre las iglesias románicas de La Bureba es que carece de cualquier tipo de decoración; los escultores del románico no tuvieron aquí la oportunidad de demostrar su imaginación y su maestría. En el cartel que describe la iglesia se lee que “la ausencia absoluta y premeditada de decoración (aniconismo) en su portada, capiteles, etc., hace de esta ermita, donde todo es arquitectónico, un caso único en la comarca, ya que en todos los demás ejemplos hay abundante presencia escultórica”. El aniconismo es la ausencia de representaciones escultóricas o gráficas de seres vivos. En la ermita de San Martín de Tours no hay ningún tipo de adorno.

Iglesia de Carrias

Antes de abandonar La Bureba fuimos desde Briviesca hasta Carrias para ver una iglesia románica de ábside cuadrado. Lo que no imaginábamos era el estado en el que la encontramos.


Tomamos la carretera que va de Briviesca hacia Belorado. Antes de tomar un cruce para Carrias nos detuvimos para contemplar la extensión de La Bureba. Ante nosotros se extendían los sembrados que ya habían brotado y los que pugnaban por hacerlo en una llanura de tierra rojiza que los montes Obarenes cerraban por el norte. Pero Carrias está en una depresión a la que tuvimos que descender para llegar a un pueblo rodeado de cuestas y colinas. El color pardo de declives y oteros erosionados competía con el verde del cereal ya nacido. El nombre del pueblo en un muro pintado con una escena de un campesino segando con hoz nos confirmó que habíamos llegado.


En lo alto, sobre los tejados de las casas, ya se observa la ruina de la ermita de Nuestra Señora del Campo. Se muestra elevando hacia el cielo su herida abierta como una boca que intenta adquirir aire mientras se ahoga; el borde de la ruina de la cubierta y el muro dañado del ábside parecen dos labios contraídos en una mueca de pánico.


La portada aguanta en pie, aunque parece moribunda y con signos de haber sido maltratada antes de que la cubierta de la iglesia se hundiese por un incendio: sus arquivoltas, por encima de sus capiteles, están tapadas por una capa de argamasa rojiza; ¿habrá servido para proteger algo de lo que hay debajo? Las columnas de la portada están erosionadas como si poco a poco se fuesen convirtiendo en polvo. Sus capiteles se mantienen con una dignidad desgastada y conservan aún detalles admirables que hablan del buen oficio de las manos que los labraron.


Unos canecillos que sobresalen del muro del ábside muy por debajo de la línea ruinosa del alero –cuatro al norte y uno al sur– indican que ya hace mucho que se amplió la iglesia en altura.

A pocos pasos de esta ermita hay otra iglesia mucho más grande, más soberbia, más propia de una época de mayor esplendor. Sin embargo, su ruina es mucho más gigantesca, porque gigantesco es también el espacio que ocupa comparado con la ermita de al lado. Se trata de la iglesia de San Saturnino, a la que solo se puede acceder con mucha dificultad y esfuerzo porque la vegetación y la maleza la rodean; también con peligro porque en el pulso entre los ruinosos restos que aún no han caído y la fuerza de la gravedad, es esta la que juega con la ventaja de la paciencia y el tiempo.


Dejamos atrás Carrias y sus ruinosas iglesias y nos dirigimos hacia el norte, hacia la cadena de los Obarenes, para abandonar La Bureba por el portillo de Busto. Hacia el oeste quedaban todas las iglesias románicas hasta las que nos habíamos acercado; también Poza de la Sal donde habíamos dormido a los pies del castillo de los Rojas y desde el que pudimos contemplar el amanecer sobre la depresión de La Bureba, esa llanura cerealista rodeada de montes y salpicada de románico. Desde el portillo de Busto subimos hasta un mirador para contemplar la comarca que abandonábamos desde la altura de la sierra que cierra la llanura por el norte.

Atrás quedaban pueblos en los que apenas vimos a nadie y a los que alguna vez volveremos para admirar de nuevo lo que ya hemos visto, además de lo que no pudimos ver en el interior de las iglesias. Mientras llega el momento iremos olvidando el nombre del lugar concreto en el que vimos cada portada, ábside, columna, capitel, canecillo… que se nos hayan quedado grabados en la memoria, pero seguiremos recordando la imagen de cada uno de los elementos que nos sorprendieron, aunque no acertemos a situarlos bien en el mapa.


[1] Secta: ver la acepción principal del Diccionario del uso del español de María Moliner (“Doctrina enseñada por un maestro y seguida por sus adeptos”), no las del Diccionario de la lengua española de la RAE; las de este se adaptan a la definición que darían los miembros de una secta para definir a otra rival.


San Miguel de Panormitis

En la isla de Symi, en el mar Egeo, termina el viaje que inicié en 2017 para recorrer la Línea Sacra de San Miguel. En Symi se encuentra el ...