2026/07/09

San Miguel de Panormitis

En la isla de Symi, en el mar Egeo, termina el viaje que inicié en 2017 para recorrer la Línea Sacra de San Miguel. En Symi se encuentra el último monasterio que voy a visitar de los situados en esa línea: el de San Miguel de Panormitis. Desde Skellig Michael, en el Atlántico norte, hasta este monasterio hay unos 3.500 km en una imaginada línea recta; imaginada, porque trazar una sobre la superficie terrestre es imposible. La supuesta línea se alarga unos 775 km más, hasta el Monte Carmelo, en Haifa. Pero nada se me ha perdido allí, donde no sería más que un turista. El turismo, a eso que llaman Tierra Santa, no deja de ser una herramienta más para blanquear un régimen y un estado ilícitos. No voy a viajar hasta el Monte Carmelo como si no hubiese ocurrido nada, como si la ocupación de Palestina y el desplazamiento o la eliminación de sus habitantes fuese algo legítimo, como si la violencia y los crímenes de lesa humanidad se pudiesen ignorar.

Rodas no iba a ser más que una escala necesaria para llegar a la isla de Symi. La primavera ya había comenzado cuando llegamos. Esta estación da comienzo cuando la duración del día y de la noche se igualan, cuando el viaje de Helios durante el día y el de su hermana Selene durante la noche duran lo mismo. A partir del equinoccio de primavera, el viaje de Helios atravesando el cielo diurno sobre su carro empieza a durar cada vez más que el de Selene. En Rodas ya no se venera a Helios, que fue el patrón de la ciudad fundada el 408 a. C. Sin embargo, los ciclos solar y lunar siguen vigentes para establecer las festividades. Los rituales con los que se manifiesta la devoción de creyentes a las deidades o a los espíritus que hacen de mediadores se fijan en calendarios con alguna precisión astronómica, aunque la arbitrariedad se acabe imponiendo al rigor.

El equinoccio de primavera es el acontecimiento astronómico en el que las iglesias oriental y occidental se fijan para establecer el momento del triunfo de la luz sobre las tinieblas. Celebran la resurrección de Cristo. El origen de esa celebración tiene unos cuantos milenios más de los que las iglesias cristianas le atribuyen, quizás tantos como las primeras sociedades agrícolas. El triunfo del sol, que empieza a superar a la noche para recuperar el espacio que esta le había arrebatado, supone el inicio del renacimiento de la naturaleza dormida. Ese momento no depende de la arbitrariedad de un calendario, por muy precisa o ajustada que sea la convención que lo establece. La de las iglesias cristianas es tan arbitraria que la fecha para celebrar el mismo supuesto acontecimiento puede distanciarse hasta 35 días. 

Llegamos a Rodas el 12 de abril del 2026. A las 12 de la noche se celebraba la Pascua de Resurrección (la Pascua católica había sido una semana antes). Habían pasado 22 días desde el equinoccio, desde que el viaje diario del dios patrón de la isla, Helios, se iba alargando mientras el de su hermana Selene se acortaba. Pero en la catedral de Rodas, aquella era la noche del triunfo de la luz, y no era a Helios, la personificación del Sol, a quien se atribuía. A media noche, en la catedral que poco antes había quedado a oscuras, la llama de una vela encendida con fuego procedente de un supuesto milagro(1) comenzó a reproducirse en otras velas portadas por fieles; la multiplicación de las llamas continuó fuera de la iglesia entre la multitud congregada en la plaza. El cielo sobre el puerto de Mandraki se iluminó por los artificios pirotécnicos que estallaban esparciendo multitud de estrellas de todos los colores.

Ni Helios ni sus hermanas Selene y Eos fueron quienes motivaron nuestro viaje a Rodas; fueron San Miguel de Panormitis y la ubicación de este monasterio en la Línea Sacra de San Miguel. Llegar a Rodas e ignorar a Helios no es posible; pensar en esa isla del Egeo trae consigo imaginar el Coloso de Rodas, que era una representación de esa divinidad. Vincularlo con el triunfo de la luz cristiano durante el viaje no fue más que producto del azar, de la suerte de que nos sugiriesen acudir a la liturgia de la Pascua de Resurrección y de que la curiosidad nos llevase a presenciarla. A partir de ahí empezaron a asomar las comparaciones entre Helios y San Miguel en mi cabeza. Una fue la idea de que tanto Helios como San Miguel son portadores de la luz; Helios conduce el carro solar durante el día y San Miguel es el guerrero celestial que vence a las tinieblas. En el sistema de creencias a la que cada uno pertenece, coinciden también en que ambos están en un nivel más bajo que el que ocupa la divinidad o divinidades principales. Para el cristianismo los ángeles son seres espirituales creados antes que el mundo material(2), espíritus puros e inmortales, pero inferiores a su creador. En la mitología griega, Helios es del linaje de los titanes, las deidades primordiales; durante la Titanomaquia fueron derrotados por los dioses olímpicos y supeditados a su poder. Hay cierto parecido entre ambos, sin embargo, las diferencias son importantes. San Miguel vence a la oscuridad, derrota las tinieblas. Helios transporta la luz, no lucha contra la noche o la oscuridad; junto con sus hermanas Selene y Eos (los tres transportan o anuncian luz), regula el ciclo del día.

Que el culto y la veneración a seres improbables (por no decir inexistentes) surja, se mantenga o predomine podría deberse a varios factores. La creación del mito o la creencia puede deberse a la necesidad de dotar de sentido a lo que no se comprende, al deseo de trascender o superar lo racionalmente conocido y al miedo a la nada una vez finalizado el ciclo vital. La necesidad, el deseo y el miedo ayudan a que la creencia perdure una vez establecida; pero para que se perpetúe es más importante que acabe siendo el eje central de los valores de una comunidad, el soporte para legitimar normas, prohibiciones, premios y castigos; a partir de ahí ya puede ser una religión. En cuanto a los preceptos, las religiones politeístas son flexibles; las monoteístas, dogmáticas. El escritor y viajero Jacques Lacarrière dice al respecto:

“Aparte de los sacrificios y los ritos ‒intercambios de buenos modos entre seres terrestres y celestes en los que unos daban lo que podían y otros lo que querían‒, los griegos podían sentirse liberados de los dioses. Estos no los acosaban hasta lo más hondo de sí mismos, en sus pensamientos secretos, en su vida interior, como el Dios inquisidor de la Biblia, que pide cuentas al ser humano con relación a sus deseos y sus sueños”(3).

 

Amalgama de civilizaciones y creencias

En Rodas (y en el resto del Egeo), se establecieron a lo largo de milenios las civilizaciones minoica, micénica y doria. Después llegó el turno de los imperios: el Imperio Romano, el Imperio Bizantino, la Orden de los Caballeros Hospitalarios de Jerusalén y el Imperio Otomano; tras el otomano y hasta finalizar la Segunda Guerra Mundial, las islas del Dodecaneso fueron ocupadas por el Imperio Colonial Italiano. Han sido muchas civilizaciones e imperios y ha pasado demasiado tiempo para que pervivan las creencias primitivas. La sustitución de unas creencias por otras ha podido ser más o menos rápida, más o menos forzada y más o menos violenta. Las sociedades con religiones politeístas se han podido adaptar mejor al cambio que las del dios único. Para las primeras tenemos el ejemplo del Imperio Romano; en los territorios conquistados permitía el culto a los dioses locales, los identificaba como suyos o les adjudicaba atributos de los dioses latinos. Para las del dios único sobran ejemplos de lo contrario; son dogmáticas, y se podría decir que su actitud impositiva y la violencia forman parte de su esencia. En Rodas no son escasos los ejemplos de apropiación, sustitución o destrucción de templos y lugares de culto por parte de civilizaciones que se impusieron o desplazaron a otras. Parece que los más agresivos han sido los ocupantes de religiones monoteístas. Cuando su presencia ha sido hegemónica en la isla, han utilizado los templos paganos como canteras para construir sus iglesias. Aun siendo religiones cuyo dios es el mismo, sus templos también sufrieron transformaciones o destrucción cuando unas religiones sustituían a otras: el Imperio Bizantino convierte un templo pagano en iglesia; la Orden de los Caballeros Hospitalarios de San Juan transforma una iglesia ortodoxa bizantina en templo católico; los otomanos convierten en mezquitas iglesias que fueron cristianas; los italianos destruyen algunas mezquitas y transforman otras en iglesias…

Que en Rodas se haya mantenido el recuerdo del dios Helios, y que toda persona que visita la isla lo rememore, se debe en buena medida a que aquí estuvo una de las siete maravillas de la antigüedad: el Coloso de Rodas que lo representaba. El culto a aquella deidad estuvo muy arraigado en Rodas. Con el auge del cristianismo, la veneración a Helios fue decayendo hasta acabar prohibida, como todos los ritos paganos, a finales del siglo IV d. C.

Unos 35 kilómetros separan Rodas de Symi, la isla en la que está el monasterio de San Miguel de Panormitis. Este monasterio es el lugar de veneración a San Miguel más importante del Dodecaneso. No es el único; solo en la isla de Symi hay otras nueve iglesias o lugares de culto dedicados a San Miguel. En el libro History and miracles of Panormitis, el teólogo y monje del monasterio de Panormitis Georgios V. Petropoulos dice que esas iglesias son vestigios de una herejía del primitivo cristianismo relacionada con la veneración a los ángeles. Sin embargo, añade, hoy son “claras expresiones de la devoción local a los ángeles”(4). San Pablo, el verdadero fundador del cristianismo(5), combatió aquella herejía en la carta a los colosenses, pero el cristianismo se ha sabido adaptar siempre para integrar en su doctrina las prácticas de supersticioso fervor hacia los espíritus. Algo se parece a los romanos en esto: convertir una superstición en devoción propia, e incluso adjudicarle santo patrón en sustitución del anterior.

No es necesario abandonar Rodas y llegar a Symi para encontrar lugares de culto dedicados a San Miguel. En la primera no son pocas las iglesias y lugares dedicados a él. Una de ellas está en un pueblo que le debe su nombre: Arcángelos. En el interior de la isla, en otro pueblo llamado Laerma, hay un monasterio del siglo XI; antes ya hubo allí una iglesia construida en el siglo V sobre un templo que estuvo dedicado a Apolo, el dios que entre los romanos sustituyó o suplantó al griego Helios. Pero el lugar más llamativo hace referencia expresa a San Miguel de Panormitis. Está en una estrecha gruta en la que la luz solo es producto de la devoción. En la carretera que recorre la costa occidental de la isla, ya a la salida de la ciudad de Rodas, una bandera señala el lugar donde se encuentra, un lugar en el que es imposible congregar multitudes. Entre la carretera y el paseo peatonal que sigue la línea de costa hay una franja de acantilado. A media altura se abre la cavidad, a la que se accede desde la carretera y desde el paseo.

La gruta está llena de exvotos. Iconos de varios tamaños con imágenes de San Miguel, la Virgen y santos; muchas escobas, que se depositan como promesas hechas al arcángel; numerosas velas que consumen el oxígeno en la estrecha y profunda cueva y caldean el recinto hasta convertirlo en un espacio bochornoso y opresivo. Al fondo de la gruta no llega la luz natural y el altar en el que hay un crucifijo flanqueado por algunos iconos solo recibe la luz de las velas que tiene a sus pies. Cerca de la entrada, donde la luz natural todavía permite leer sin esfuerzo, en un par de folios plastificados (uno en griego y otro en inglés), pude leer un resumen de la historia de la devoción en esta cueva:

Cueva del Arcángel Miguel Panormitis.

Hace unos años, el día de los Arcángeles (8 de noviembre), el señor Stergios, mientras daba una charla en las rocas bajas, vio una pequeña bolsa flotando en el mar. Sin dudarlo, se metió en el agua y, al abrirla, vio que contenía un pequeño icono de Panormitis. Lo interpretó como una señal del Arcángel y sintió la necesidad de hacer algo. Así que construyó una pequeña lámpara de aceite en el camino principal de arriba. Un día, mientras la lámpara ardía, algo cayó y rodó por las rocas. En su intento por recuperarlo, descubrió esta cueva, que estaba cubierta de arbustos y piedras y no era visible. Desde entonces, esta cueva es considerada la morada del Arcángel Miguel, y la gente lo honra allí con reverencia. En esta cueva, uno siente verdaderamente su presencia y que es su cueva.

En el exterior de la gruta (y en los accesos, tanto desde la carretera como desde el mar) no faltan objetos ofrecidos como exvotos: iconos, pequeñas cruces de madera, guijarros con mensajes escritos en ellos... Me llamó especialmente la atención la cantidad de espadas y puñales adheridos a la roca del acantilado rodeando la imagen de San Miguel. Mientras permanecimos en Rodas fueron varias las veces que recorrimos el paseo marítimo y en todas accedí a la gruta. Siempre había gente repitiendo los mismos gestos rituales en la cueva o esperando tener sitio para entrar en ella. En tres momentos diferentes vi a personas que parecían las encargadas de tener cuidado el lugar, las tres con actitudes y talantes dispares, pero repitiendo las mismas acciones: antes o después de sus muestras de devoción y de sus gestos rituales, retiraban las velas consumidas, barrían la entrada y sahumaban la cueva y la entrada con incienso. Una de ellas, un hombre de mediana edad, me explicó que no hacía mucho tiempo que se veneraba en aquel lugar a San Miguel de Panormitis, pero que el descubrimiento de la gruta se puede considerar un milagro de San Miguel. El tiempo va adornando poco a poco el supuesto prodigio.


La isla de Symi y San Miguel de Panormitis

La capital de Symi es una postal. Cuando el ferry se adentra en la bahía, la ciudad aparece al fondo y el árido y pardo paisaje se torna en una acuarela de colores pastel en la que predominan ocres y azules. Las casas de estilo neoclásico y tejados de teja roja van conquistando las escarpadas laderas desde el mar hacia arriba; desde Gialos, el puerto, hasta Chorio, la parte alta. Los turistas y toda clase de comercios y servicios a su disposición lo invaden todo. En la protegida bahía fondean algunos yates de lujo más grandes y con más espacio que cualquiera de las casas de Symi. Quienes llegan a la isla para visitar el monasterio de San Miguel de Panormitis ya pueden sentirse cerca de su destino; una bandera de fondo azul con una cruz blanca y la imagen de San Miguel destaca en las instalaciones administrativas del puerto.

Ensenadas y profundas bahías definen el contorno irregular de la isla. De vocación marinera por fuerza, su economía ha estado siempre muy vinculada al mar. La pesca de esponjas y su comercio fue una importante fuente de ingresos en el pasado, sobre todo en el siglo XIX; otra fue la construcción naval. De la primera quedan los comercios locales destinados a la venta de esponjas a turistas y algunas estatuas de bronce de célebres buceadores; una de ellas dedicada a un legendario buceador (Stathis Hatzis) de la época en la que se pescaba en apnea, otra de otro famoso pescador de esponjas que ya trabajaba con escafandra. Un barco esculpido en la roca de un acantilado sobre el puerto (copia de la nave esculpida en la colina de la acrópolis de Lindos, en Rodas(6) evidencia la importancia que tuvo la construcción naval. Hoy la economía se sustenta sobre todo en el turismo, actividad en la que se puede incluir el peregrinaje, que también atrae visitantes a la isla.

El destino de los peregrinos que llegan a Symi es San Miguel de Panormitis, al borde de otra bahía al sur de la escarpada isla. A las 06:45 tomamos el primer autobús, que salía desde el puerto de Symi; en media hora llegamos a Panormitis. Viajamos con algunas personas que iban a trabajar; no subieron ni peregrinos ni más extranjeros. La isla tiene una altura máxima de 616 m s.n.m. y la carretera supera los 550. Antes de llegar pudimos divisar el monasterio cada vez que el autobús se asomaba hacia él desde la sinuosa carretera. Detrás del monasterio, los pinos cubren la ladera. Delante, una ensenada se abre hacia el noreste, pero su entrada es tan estrecha que la convierte en un puerto natural; al observarla sin abarcar toda su extensión, parece un lago.

El complejo monástico ocupa varios cientos de metros. Los edificios que se extienden hacia los lados siguen la línea arqueada de la costa y parecen extremidades que pretenden abrazar la bahía. Buena parte de ellos se construyeron durante la ocupación italiana de las islas del Dodecaneso; otros se edificaron cuando el Dodecaneso ya formaba parte de Grecia.

“Después de la liberación, la actividad de construcción en las casas de huéspedes continuó sin interrupción. La mayoría de los edificios se erigieron entre 1960 y 1972”(7).

Sobre el origen del monasterio no hay nada concluyente. Según algunas fuentes hay constancia arqueológica de que la zona fue un lugar de culto; quizás la primera iglesia dedicada a San Miguel estuvo donde antes había estado un templo dedicado a Apolo. Georgios V. Petropoulos afirma que ese es el punto de vista de “investigadores del pasado” que “hoy no son aceptados”. Asegura que ningún hallazgo arqueológico corrobora que el actual monasterio ocupe el mismo espacio que un lugar de culto primitivo, aunque en algún lugar cercano haya restos de antiguas construcciones. El monje, cuyo libro compré en la tienda del monasterio, no es tan exigente para exigir pruebas que ratifiquen todo lo que cuenta sobre el origen de la devoción a San Miguel en Panormitis o sobre los milagros que se atribuyen al arcángel. Sobre algunos de los prodigios se escuda en la tradición para describirlos de una manera acrítica, para narrarlos con un relato que facilite la creencia en ellos a quien quiera hacerlo, pero sin hacer una afirmación tajante sobre su veracidad. No sé si entre los ortodoxos se utiliza el mismo ardid que el que utilizan los católicos para mentir sin sentirse culpables al hacerlo: la restricción mental; de cualquier modo, lo que hace este monje teólogo se parece bastante a esa ventajosa reserva mental. En el catolicón del monasterio hay un fresco que representa al arcángel San Miguel transportando dos columnas de mármol, una roca que no puede proceder de la isla, para la construcción de la iglesia. Petropoulos justifica la creencia de que San Miguel transportó las columnas recurriendo a la tradición y a la piedad del pueblo. Para él la rica tradición popular sustituye con supuesta solvencia las escasas referencias históricas sobre la fundación del monasterio.

Las leyendas sobre la fundación del monasterio repiten otras que ya se utilizaron para describir la de otros complejos monásticos dedicados a San Miguel. La del transporte de las columnas por el arcángel es similar a la historia que se cuenta sobre la fundación de la Sacra de San Miguel en el monte Pirchiriano. También allí hay un fresco que representa al arcángel transportando las vigas para construir la iglesia. En el caso de la Sacra, la razón por la que San Miguel intervino era que no quería que el monasterio se construyese donde su fundador pretendía hacerlo(8). Este conflicto entre los promotores de la construcción de un templo y el santo o virgen a quien se quiere dedicar se da en muchos sitios. En Panormitis fue el icono que allí se venera el que se empeñaba en volver al lugar donde una mujer lo había encontrado. Ella lo llevó a su casa para darle culto en su iconostasio personal. El icono desaparecía para volver a aparecer bajo el arbusto junto al que fue encontrado. En sueños, San Miguel hizo saber a aquella mujer que lo que quería era permanecer para siempre en Panormitis. Y allí le construyeron su primera capilla(9).

El monasterio que hoy vemos se construyó en 1783, quizás como una rehabilitación de otro anterior. En los siglos siguientes, sus dependencias han ido creciendo a lo largo de la orilla de la bahía frente a la que se encuentra. El elemento más característico es la torre que se levanta sobre el arco de entrada; la combinación de los estilos barroco y neoclásico de la obra concuerdan con la época en la que el monasterio se construyó o rehabilitó, sin embargo la construcción de la torre se llevó a cabo entre 1905 y 1911.

Pasamos bajo la torre para llegar al patio en el que se encuentra el catolicón. Era pronto y la iglesia estaba casi vacía. En seguida dio comienzo una misa. Peregrinos que habían pernoctado en el monasterio fueron llenando la iglesia poco a poco. El acto litúrgico duró unas dos horas. Lo seguimos desde dos de los bancos con reposabrazos altos pegados al muro trasero del templo. Más que a lo que oíamos sin entender, prestábamos atención a los gestos rituales de los fieles, al deambular de los oficiantes entre el santuario y la nave, al trajín de idas y venidas de un monje que recogía papelitos escritos que le daban los fieles y reponía las velas que estos iban consumiendo. Los oficiantes actuaban en el santuario, al otro lado del iconostasio; de vez en cuando se asomaban al espacio de los fieles para bendecirlos, recitar los textos litúrgicos e incensar. En algún momento del rito salieron a la nave portando un libro con tapas de plata para mostrarlo a las personas asistentes, a las que también incensaban. Tres hombres situados cerca del iconostasio recitaban con un canto monocorde los textos que tenían delante; a pesar de mi ignorancia del idioma que utilizaban, entendí algunas palabras que repetían a menudo: theos, thanatos, kirios… Prácticamente todas las personas que llenaban la iglesia se acercaron a los oficiantes cuando estos administraron la comunión. Nunca lo había visto y me llamó poderosamente la atención, porque me pareció un método excelente para la reproducción de pandemias; el oficiante utiliza una cucharilla larga para tomar del cáliz lo que va a administrar, lo introduce en la boca de quien comulga y repite la misma operación con la siguiente persona sin haber limpiado ni cambiado la cucharilla(10). Al terminar el oficio religioso se repartieron entre quienes habían comulgado unos trozos de pan que parecían pequeñas porciones de bizcocho. Más tarde supe que se trataba de antídōron (Ἀντίδωρον), un pan bendecido, pero no consagrado, que se reparte después de la comunión. A la salida de la iglesia, una vez acabada la misa, un monje siguió ofreciendo parte del antídōron que había sobrado y pudimos probarlo.

La mayoría de los peregrinos abandonaron la iglesia y el patio. Quizás necesitaban un reparador desayuno después del obligado ayuno anterior a la comunión. En la iglesia solo quedaban unas pocas personas que veneraban el icono de San Miguel de Panormitis o esperaban para hacerlo. El catolicón no es muy grande, la iluminación artificial generosa. Más de una docena de lámparas de araña cuelgan del techo; de un par de cables entre las paredes laterales penden otras más sencillas. Un arco central divide la iglesia en dos tramos del mismo tamaño. El arco se apoya en los capiteles de dos columnas integradas en las paredes laterales. De cada una de las columnas surgen otros dos arcos que se apoyan en columnas de los extremos de la pared contraria; en cada uno de los tramos se forma así una bóveda de crucería cuyas nervaduras son los arcos. Las paredes, las bóvedas y los arcos están cubiertos de frescos y pinturas.

Casi pegado al iconostasio que separa la nave del santuario, está el venerado icono de San Miguel. En una tabla de 2,20 x 1,30 m, el ángel estaría representado a tamaño real si fuese humano; ¿pero cómo se puede representar a tamaño real un espíritu? En el icono el ángel aparece de pie sobre el cadáver de un hombre. Con la mano derecha empuña la espada, con la izquierda levanta el alma envuelta en pañales del hombre que hay bajo sus pies. Una cubierta de orfebrería en plata reproduce todo el cuerpo del arcángel, excepto la cara; la plata tampoco cubre el cuerpo del hombre fallecido. Esta manera de representar a San Miguel simboliza la creencia de que él es quien se encarga de llevar las almas y presentarlas en el juicio final. Hay una palabra griega para definir esta función: psicopompos (ψυχοπομπός), que se puede traducir como guía o conductor de almas (psique, alma, y pompos, guía o transmisor). Con esa palabra se nombraba a quienes tenían la función de escoltar hasta el Hades a los recién fallecidos. Hermes y Caronte eran psicopompos para los antiguos griegos(11).

El monje que durante la misa no dejaba de ir de un lado a otro empezó a preparar la iglesia con varios elementos portátiles claramente destinados a la celebración del bautismo. No se dirigió expresamente a nosotros, pero dejó claro que le molestábamos. Abandonamos la iglesia.

El monasterio tiene dos museos, los dos estaban cerrados por obras. En el patio se concentraban peregrinos con sus equipajes; habían llegado en autobús. Mientras contemplábamos el monasterio desde la orilla de la bahía, un barco atracó en el muelle. Comenzaron a desembarcar grupos de personas, casi todos compuestos por miembros de varias generaciones. En cada grupo familiar había una o varias personas con niños en brazos o empujando coches de bebé; se dirigían al monasterio para la ceremonia del bautismo, la que estaba preparando el monje al que molestaba nuestra presencia en el catolicón. Todo el mundo vestía con supuesta elegancia, como si acudiesen a una celebración cuya importancia obligase a descartar la comodidad y el estilo informal de turistas y peregrinos, aunque, en estos también, la vestimenta puede servir para saber quien llega por curiosidad y quien por devoción.

Los muelles y el embarcadero se sitúan ante la entrada y la torre del monasterio. En frente, a unos 500 m, el estrecho paso entre el mar Egeo y la ensenada. Hay un camino que recorre toda la orilla y rodea la bahía por el norte. Lo seguimos para llegar al promontorio en el que acaba. En el punto más alto de la colina se levanta un molino de viento ya inútil; casi pegado a él un búnker de la Segunda Guerra Mundial protege un cañón que apunta hacia el Egeo. Las vistas sobre el conjunto de los edificios del monasterio son excelentes. A la vuelta, los visitantes se habían multiplicado y eran ya multitud: viajeros que llegaban en autobús y se dirigían al monasterio arrastrando sus maletas; colas a la entrada esperando a que les asignasen habitación; turistas que llegaban en ferry para una corta visita… Volvimos al patio abarrotado de gente para entrar en la tienda. Compré una pequeña y prescindible guía sobre Symi y el libro History and miracles of Panormitis de Georgios V. Petropoulos. Quería saber más sobre la historia del monasterio, pero lo de los milagros tuvo tanta o más importancia para decidir la compra; tenía curiosidad por saber cómo se contaban.

Regresamos por la tarde a la capital de la isla. Al día siguiente navegaríamos hasta Rodas, donde aún volveríamos a la gruta de San Miguel de Panormitis. Me atraía y, aunque sabía que no lo iba a conseguir, pensaba que quizás podría entender la razón de que el hallazgo accidental de un icono perdido o desechado consiguiese atraer tanta gente a aquella cueva. La devoción de algunas personas que había visto allí era tan grande que se transformaban al acercarse a la gruta. 

Mientras llegaba el momento del último paseo por el sendero costero junto al que está la cavidad, los milagros relatados en el libro que había comprado quizás me diesen alguna pista.


Los milagros de San Miguel de Panormitis

Desde la incredulidad, la curiosidad me lleva a interesarme por los milagros de San Miguel de Panormitis. Para conocerlos me dejo guiar por Georgios V. Petropoulos, teólogo y monje de Panormitis. En el libro que ya he mencionado explica la historia del monasterio y relata muchos milagros.

Una leyenda sobre la construcción del monasterio relata que fue San Miguel quien transportó las columnas de mármol de las que surgen los arcos de las cúpulas de crucería del catolicón. Otra cuenta el descubrimiento del icono de San Miguel bajo un hibisco. De darlas por ciertas habría que llegar a la conclusión de que aquellos fueron auténticos milagros. Petropoulos explica que: los milagros son sucesos extraordinarios, pero verdaderos, ajenos a las leyes de la naturaleza; validan las enseñanzas de la iglesia; y son obras innegables de la omnipotencia divina, aunque se produzcan indirectamente con la intervención de santos, reliquias o iconos(12). Las dos leyendas mencionadas reúnen esas condiciones, sin embargo, Petropoulos no las incluye en los tres capítulos que dedica a los milagros. Las menciona en el dedicado a la fundación del monasterio y se limita a decir que son la tradición y piedad populares las que sostienen esas afirmaciones.

En la segunda parte del libro define qué son los milagros y relata más de tres docenas atribuidos a San Miguel de Panormitis. Empieza marcando el terreno de juego: es imprescindible la fe para identificarlos y entenderlos; quienes carecen de fe y están fuera de la iglesia ni los pueden entender ni pueden estar bajo la protección del arcángel. Afirma que cualquier curación milagrosa fuera de la iglesia solo puede tener lugar con la mediación de espíritus malignos. Quizás porque esto último puede parecer excesivo, el autor admite que San Miguel también puede socorrer a quienes se apartan de la iglesia por pereza, por escepticismo o por instalarse en el pecado sin haber renegado de ella.

Clasifica los milagros en tres apartados. En el primero transcribe narraciones de creyentes devotos que pidieron la intervención del arcángel para curar sus enfermedades, para que les concediese superar una supuesta esterilidad y poder tener hijos, para logar la conversión de terceras personas, para que les ayudase en diversos trances… En el segundo relata milagros similares a los anteriores, pero publicados por el monasterio en sus publicaciones periódicas. En el tercero explica los milagros relacionados con varios objetos que se muestran en el museo (cerrado por obras cuando estuvimos en Panormitis). Incluye, también como milagrosa, la ayuda que accidentalmente consiguió el monasterio para la construcción de la torre.

En los dos primeros apartados son los creyentes quienes, de manera individual, definen como milagrosos los hechos que narran. Tras haber hecho una promesa para conseguir el auxilio del arcángel en situaciones que creen no poder superar, acontece lo que deseaban. La sorpresa de obtener lo que no esperaban tras una invocación desesperada convierten su experiencia individual en milagro. Abundan los relatos de fieles que al no conseguir tener descendencia hacen votos a San Miguel de Panormitis; tras tragar la mecha de una lámpara ofrecida al arcángel y frotarse el vientre con el aceite en la que ardió, la madre queda embarazada. Otros dan por milagrosas curaciones de tumores malignos, la detención de un incendio al llegar las llamas a imágenes o iconos de San Miguel, la desaparición de verrugas… Los éxitos en algunas operaciones quirúrgicas también se presentan como milagros.

Los relatos sobre algunos exvotos valiosos del monasterio exigen una elaboración más compleja. Hay que dotar de historia al objeto porque no se pueden contar ni sensaciones ni experiencias sentidas como extraordinarias por el propio objeto. Pero son referentes del supuesto milagro que experimentó quien depositó la ofrenda; la historia del oferente (y las versiones que otros creyentes replican) sí se pueden recrear. Son cuatro los milagros reseñados en el último capítulo; en tres de ellos hay cierto regusto de xenofobia.

Uno de los objetos es un pato de plata. Se trata de una ofrenda que el capitán de un barco que había atracado en la ensenada de Panormitis hizo a San Miguel. El capitán, que era cristiano ortodoxo, se dirigió al monasterio para rezar ante el icono de San Miguel y hablar con el higúmeno. Los marineros eran unos infieles otomanos que no quisieron entrar en el monasterio. Uno de ellos mató un pato que nadaba en la ensenada, lo cocinó y se lo comió. Cuando volvió el capitán, se dispusieron a abandonar el puerto, pero por muchos esfuerzos que hicieron el barco no avanzaba. El capitán sospechó que los marineros turcos le habían robado algo a San Miguel de Panormitis. El marinero que había matado el pato lo confesó y el capitán volvió al monasterio para prometer a San Miguel que en un próximo viaje compensaría el robo con un pato de plata. Tras la promesa el barco pudo zarpar sin dificultades.

Otro de los milagros en el que estuvieron mezclados los otomanos se cuenta para explicar la presencia en el monasterio de una valiosa lámpara que había adornado el palacio de Versalles durante el reinado de Luis XIV. Georgios V. Petropoulos dice que su origen “se verifica históricamente”(13). La lámpara, que unos marineros habían prometido a San Miguel de Panormitis para que les salvase durante una tormenta, se salvó milagrosamente gracias al engaño entre fieles ortodoxos. La lámpara no llegó a Panormitis porque, con insidias, se la sustrajeron al capitán de los marineros que la habían prometido; se quedó adornando la iglesia de la Asunción de la Virgen en la isla de Hidra. El higúmeno de esta iglesia había tomado parte en el engaño al capitán. Lo que no había sido más que un fraude basado en el embuste acabó convirtiéndose en un supuesto milagro. Cuando durante la ocupación otomana los turcos exigieron la entrega de muchas riquezas bajo la amenaza de destrucción del monasterio (en 1815, dice Georgios V. Petropoulos), la lámpara estaba en la iglesia de Panagia de Hidra y se salvó. ¿Hará otro milagro San Miguel cuando en el juicio final pese las almas de aquellos fieles embusteros? ¿Hará desaparecer los pecados contra la verdad de aquellos devotos creyentes para que su peso no influya en la balanza? De cualquier modo tampoco será un milagro espectacular, porque las iglesias cristianas nunca han sido muy rigurosas a la hora de anunciar castigos para la mentira.

El presentado como milagro que permitió la construcción de la torre del monasterio también tiene fecha, ocurrió en 1905, el año que se iniciaron los trabajos para construir la torre que hoy es imagen icónica de Panormitis. El monasterio necesitaba mulas de carga para el transporte de las piedras con las que se construiría el vistoso campanario. Una noche de tormenta, un barco que navegaba con un cargamento de acémilas fue victima de una violenta tormenta. Su capitán, que era turco, se encomendó a San Miguel y pudo refugiarse en el puerto del monasterio. Cuando fue a hacer una buena donación y el higúmeno se enteró de que el barco cargaba decenas de mulas, el abad consiguió que todos los animales se quedasen al servicio del monasterio.

Por último hay uno en el que San Miguel interviene para salvar a un bebé. Según la descripción de Petropoulos ocurrió en Rodas a finales del siglo XIX. Una mujer que trabajaba vendimiando había llevado a su hijo con ella. Dejó al niño protegido del sol y metido en una cesta mientras ella recolectaba uvas en compañía de otras mujeres. Seguramente miraba a menudo la improvisada cuna. En uno de esos momentos vio que una serpiente se estaba enrollando alrededor del niño. Se acordó del icono que alguna vez había visitado en Symi e Invocó a San Miguel pidiendo su auxilio. En el cielo apareció un ave que voló en picado hacia la cesta. Atrapó y mató a la serpiente y con ella en el pico desapareció entre las nubes. Pocos días después, la madre peregrinó a Panormitis y depositó a los pies del icono de San Miguel la figura de un ave con la serpiente atrapada en el pico y una cuna de plata colgando del mismo. Ahora es uno de los tesoros que se exhiben en el museo.

Según Georgios V. Petropoulos, todos estos milagros se conservan gracias a la tradición oral de los devotos creyentes. Siente la obligación de contarlos, pero da la impresión de que huye de hacer una categórica afirmación de que realmente se produjeron.

En ninguno de los monasterios de la Línea Sacra de San Miguel que había visitado antes había conocido tal proliferación de milagros atribuidos al arcángel. Cualquiera de los acontecimientos extraordinarios que se relatan como milagrosos podría experimentarlo un incrédulo o un ateo. Pero entonces no serían milagros porque quienes mediarían para que se produjese el hecho milagroso serían espíritus malignos ayudando a un impío, según Petropoulos. Para la teología, sin fe (en el sentido religioso que se la da a esa palabra) no hay milagro porque el milagro es un signo para quien tiene fe y solo quien tiene fe puede entenderlo. Con esa premisa, el debate sobre milagros entre creyentes y ateos es imposible. El ateo no puede atribuir sucesos extraordinarios a algo inexistente como un espíritu. El creyente puede hacerlo porque tiene fe, lo que le hace creer que hay dioses o espíritus que pueden superar y someter las leyes naturales. Como para el creyente la fe es un don, el ateo está invalidado para entender, porque se le ha negado ese don; el ateo está incompleto. Pensándolo bien el supuesto don de la fe tiene que ir siempre acompañado de un sentimiento de soberbia. Si como creyente te crees merecedor de un don que tu dios todo poderoso niega al incrédulo, este será para ti el culpable de no merecerlo, aunque no sepas por qué. El favor que ese dios te concede te perfecciona, te completa. Al ateo, en cambio, le falta algo, está lisiado. Quizás no se noten, pero en quien así piensa no faltan la vanidad y la arrogancia. En eso consiste el pecado de soberbia, que para el cristianismo es un pecado capital y la fuente de todos los demás.

Yo no voy a debatir con teólogos. No estoy capacitado. Me falta el don que se concede a los creyentes. En Panormitis acaba para mí la supuesta línea Sacra de San Miguel. Lo que sí me atrevo a asegurar es que ni en una esfera ni en un geoide puede trazarse una línea recta.





(1) Ver la entrada de este blog titulada “Y la luz se hizo”.
 
(2) Al menos, para alguna de las posturas que se debaten sobre el tema en esa disciplina que, para disfrazarse de ciencia, se autodenomina Teología. 

(3) Lacarrière, J. (2009) Verano Griego. 4.000 años de Grecia cotidiana. (Trad.: D. Fernández Jiménez). Revista Altaïr S.L. (Trabajo original publicado en 1975).
Este libro retrata la Grecia de mediados del siglo XX y su gente, la Grecia anterior a la invadida por el turismo. Para quienes Grecia ha sido un destino recurrente, leerlo sirve para contrastar el país al que queríamos creer haber viajado con aquel al que realmente queríamos viajar.

(4) Petropoulos, G. (2012). History and miracles of Panormitis (Holy Monastery of Panormitis, Ed.). Eftalofos S.A.
 
(5) Gonzalo Puente Ojea 
desarrolla esta teoría en libros como: Ideología e historia. La formación del cristianismo como fenómeno ideológico; El evangelio de Marcos. Del cristo de la fe al Jesús a de la historia; El mito de Cristo. 

(6) Ver la entrada de este blog titulada Las acrópolis de Rodas. https://60etatikharagobidaiatzea.blogspot.com/2026/06/las-acropolis-de-rodas.html

(7) Petropoulos, G. (2012). Op. cit. p. 123

(8) Durante la pandemia del Coronavirus hubo un debate sobre la conveniencia del uso de este método de administrar la comunión. En el sitio RFE/RL News Site (RadioFreeEurope. RadioLiberty) se puede leer un artículo de Ron Synovitz sobre el debate:
Synovitz, R. (March 17, 2020). Traditionalists Stand Behind The Holy Spoon. https://www.rferl.org/a/coronavirus-vs-the-church-orthodox-traditionalists-stand-behind-the-holy-spoon/30492749.html
Son muy sorprendentes los argumentos utilizados por quienes defienden el uso tradicional de la cuchara para administrar la comunión: sostienen que lo que se administra en la comunión tiene propiedades metafísicas que hacen imposible el contagio.
 
(9) Petropoulos, G. (2012). Op. cit. p. 38

(10) Durante la pandemia del Coronavirus hubo un debate sobre la conveniencia del uso de este método de administrar la comunión. En el sitio RFE/RL News Site (RadioFreeEurope. RadioLiberty) se puede leer un artículo de Ron Synovitz sobre el debate:
Synovitz, R. (March 17, 2020). Traditionalists Stand Behind The Holy Spoon. https://www.rferl.org/a/coronavirus-vs-the-church-orthodox-traditionalists-stand-behind-the-holy-spoon/30492749.html
Son muy sorprendentes los argumentos utilizados por quienes defienden el uso tradicional de la cuchara para administrar la comunión: sostienen que lo que se administra en la comunión tiene propiedades metafísicas que hacen imposible el contagio.

(11) Petropoulos, G. (2012). Op. cit. p. 66

(12) Petropoulos, G. (2012). Op. cit. pp. 37-38

(13) Petropoulos, G. (2012). Op. cit. p. 261

2026/06/11

Las acrópolis de Rodas


La Isla de Rodas surgió del mar mucho antes de que algún ser humano llegase a ella y decidiese habitarla. La ciencia, la Geología en este caso, explica que la colisión entre las placas Africana y Euroasiática (la subducción de la primera bajo la segunda) fue la responsable de la formación de la isla hace unos tres o cuatro millones de años(1). Para un ser humano, cuya vida comparada con la duración del planeta o del universo en el que vive es menos que un suspiro, la explicación científica y los millones de años necesarios para todo el proceso pueden ser generadores de asombro, motivadores de curiosidad y, también, confirmadores de su propia intrascendencia. Pero cuando algo queda explicado y deja de ser cuestionable, se acaban las dudas, desaparece la incertidumbre y puede disiparse el interés. Ya no podemos inflamar la imaginación para moldear la realidad y se hace más difícil ser creativos. Dejamos de ser quienes deciden lo que ha sido, lo que es y lo que va a ser.

La mitología no sirve para esclarecer cómo surgieron las islas del Egeo. Los mitos no son hoy la fuente a la que acude quien tiene sed de conocimiento y curiosidad por comprender el universo, la naturaleza, el origen de la humanidad y la evolución de esta en el mundo. Pero las atemporales historias mitológicas se inventaron para explicar todo eso; también para compartir interpretaciones colectivas como pueblo, como cultura o como civilización. Estamos ya muy lejos del origen de los mitos griegos, sin embargo, siguen formando parte de nuestro acervo cultural. No necesitan obrar en nuestro sistema de creencias para que, con sus historias, podamos envolver muchos lugares a los que llegamos en una radiante y misteriosa atmósfera que proporciona más belleza a lo que ya de por sí la tiene. Y los mitos pueden llegar a encadenarse estrechamente con la historia real. Pueden hacer que lugares y personajes para los que tenemos fechas más o menos ciertas quedan estrechamente enlazados a otros de edades mitológicas y, por lo tanto, sin dimensión temporal. Eso es lo que pasa con Rodas y su historia.

Según algunas versiones mitológicas sobre el origen de Rodas, la isla debe su nombre a la ninfa Rodo. Helios, a quien Zeus se la regaló para compensarle porque no había estado en el reparto del cosmos entre los dioses olímpicos, tuvo siete hijos con ella. Tres de sus nietos fueron quienes fundaron las tres ciudades-estado de la isla, a las que dieron sus nombres: Yálisos, Camiros y Lindos(2). Estas ciudades fueron fundadas por dorios que, procedentes del Peloponeso, se establecieron en Rodas entre los siglos XI y X a. C. Varios milenios antes que ellos, durante el Neolítico, el ser humano ya había llegado a la isla y se había establecido en ella. Pasó mucho tiempo antes de la fundación o establecimiento de las tres ciudades-estado. La versión mitológica de que los fundadores fueron tres nietos de Helios origina algunas consecuencias: se borra toda la historia anterior y, como por arte de magia, en el mapa del tiempo desaparecen eones, edades y milenios. A escala humana es como si el surgimiento de la isla se hubiese producido solo dos generaciones antes de que los fundadores pusiesen la primera piedra a cada una de sus ciudades.

Hay leyendas que alimentan esa misteriosa atmósfera con la que envolvemos historias y lugares para mirarlos con más admiración. En Rodas nos hablan de otro personaje mitológico, un héroe a quien también se le atribuye la fundación de Lindos(3): Tlepólemo de Rodas. Este héroe dorio, hijo del dios Heracles y la mortal Astioquía, nos acerca a un mapa del tiempo más ajustado a nuestra capacidad de comprensión. En la Ilíada podemos leer su agitada historia(4) y, a través de ella, sospechar que los dorios que llegaron a Rodas y erigieron sus tres ciudades-estado eran fugitivos; quizás emigrantes de la época. Tlepólemo murió en la guerra de Troya(5). Aunque aquella guerra no se desarrollase como se relata en la Ilíada, sí hay consenso sobre las razones que la provocaron y la época en la que se pudo producir; esto nos deja más cerca de la historia que del mito, aunque se trate de una historia envuelta en leyendas. 

Entre todo lo que se conserva de la antigüedad en Rodas, lo más vinculado a las leyendas sobre sus fundadores, a la ninfa Rodo y al dios Helios lo buscamos en lo que el paisaje mantiene de sus antiguas ciudades. Comenzamos por la acrópolis de Lindos(6).

Acrópolis de Lindos

Salimos de la ciudad de Rodas por la carretera que sigue la costa oriental de la isla. Durante los primeros kilómetros, la sucesión de hoteles y edificios modernos se interpone entre nosotros y el mar cercano. Más tarde, cuando el paisaje deja de estar saturado del blanco de las construcciones costeras y el de las villas y chalets hacia el interior, los pinos visten las laderas montañosas y los olivos el paisaje agrícola más cercano a la costa. Poco antes de llegar a Lindos divisamos el pueblo desde arriba. Se exhibe tendido sobre un istmo que parece hundido entre el cerro de la acrópolis y el resto del territorio de la isla. Más allá, muy por encima del pueblo, la silueta de murallas, columnas y templos corona el monte que surge del mar.

Cuando pensamos en una acrópolis, quizás la primera imagen que visualicemos sea la de Atenas, un cerro rocoso, escarpado y fortificado lleno de templos en ruinas o restaurados, y siempre saturado de turistas. La de Lindos no puede competir con ella por el número de visitantes; mientras la de Atenas recibió 4.609.113 turistas durante 2025, la de Lindos “solo” 595.625, casi ocho veces menos(7). Pero en la comparación de las características que debe tener una acrópolis, la de Lindos las consuma todas. Se construyó en una colina que se eleva 116 m sobre el nivel del mar; las aguas del Egeo lamen su base y la protegen por tres de sus lados; en el cuarto, ocupando el istmo que une el cerro a la isla, se extiende el pueblo de Lindos. Todos los lados de la colina son tan abruptos que hacen difícil el acceso a la cumbre y la convierten en un lugar ideal para el culto, un lugar apartado, silencioso, protegido y seguro. La orografía separa el cerro del resto de la isla de la que forma parte, sin arrancarlo de ella, y otorga a la acrópolis unas vistas privilegiadas sobre el entorno.

Para llegar a la acrópolis hay que atravesar las estrechas calles del pueblo llenas de tiendas. En el ascenso nos asomamos a la bahía de Lindos, al norte, y a la de San Pablo, una ensenada casi cerrada, al sur. El pueblo se extiende entre las dos; parece una bufanda blanca protegiendo el cuello que une el cuerpo de la isla con la acrópolis, que sería la cabeza. Desde el camino de subida se observa un paisaje precioso, enmarcado a menudo por el ramaje de los pinos y más espléndido a medida que se asciende a lo alto de la acrópolis. Entramos en ella.

Para llegar al recinto amurallado de la acrópolis hay que ascender por un escalera del siglo II a. C. El primer lugar al que se accede por ella son las construcciones realizadas unos cuantos siglos más tarde, durante la ocupación de los Caballeros de Jerusalén. Al inicio de la escalera hay un bajo relieve de un barco de guerra esculpido con mucho detalle; al parecer se utilizó para una estatua de bronce. Está tallado en la misma roca del farallón sobre el que, muchos metros más arriba, se asienta la muralla de la acrópolis.

Desde el Neolítico, todas las civilizaciones que han ocupado Rodas han intervenido en esta roca. Aunque los hallazgos arqueológicos tan antiguos sean pocos y esporádicos, estos dan testimonio de la ocupación humana del sitio desde hace entre seis mil y cuatro mil años; de ser así hace muchísimo tiempo ya que se llegaba a la cumbre del cerro para venerar a alguna deidad. El santuario más antiguo que se puede ver, al menos en los restos que de él quedan y en las restauraciones arqueológicas modernas, es el de Atenea Lindia. Ocupa el extremo sur de la parte más llana y alta de la acrópolis. Los paneles informativos indican que la fundación del santuario se produjo en el siglo IX a. C., pero que en la época micénica (unos cuantos siglos antes) ya había allí un santuario dedicado a Lindia, una deidad femenina prehelénica vinculada a la naturaleza y a la fertilidad. De cualquier modo, el primer templo de piedra se construyó en el siglo VI a. C. Dos siglos más tarde, tras sufrir un incendio, hubo que reconstruirlo.

Nada de lo que hoy se ve estaba en pie al inicio del siglo XX. Entre 1902 y 1905 una misión arqueológica danesa excavó la acrópolis hasta descubrir los cimientos de todos los edificios. Durante la ocupación italiana se restauró buena parte del sitio, principalmente los edificios de la antigüedad griega. Junto al objetivo de ensalzar los monumentos estaba también el propagandístico: el de justificación del dominio italiano en el Egeo por parte de la Italia fascista. Aquellas intervenciones realizadas entre 1936 y 1940, en las que se utilizó hormigón armado, tuvieron efectos perjudiciales para la conservación de los monumentos y contribuyeron a su deterioro. Como en otros monumentos antiguos en los que se utilizó hormigón armado para su restauración, también en la acrópolis de Lindos hubo “necesidad de restaurar lo ya restaurado”(8). Entre 2000 y 2005 arqueólogos griegos rehabilitaron de nuevo los restos del templo de Atenea Lindia y corrigieron errores de la restauración italiana: recuperaron la altura original de sus columnas, recolocaron correctamente bloques originales de piedra y sustituyeron los materiales que habían contribuido al deterioro por otros compatibles con la conservación del monumento. Mariana Esponda Cascajares(9) dice en su trabajo:

En los últimos años arqueólogos del Ministerio Griego de Cultura han trabajado para restaurar y proteger los restos antiguos del templo de Atenea. Estos arqueólogos han corroborado que el uso masivo de nuevos materiales de la restauración (italiana) se hizo sin tener cuidado con los restos arquitectónicos supervivientes. A este problema se debe añadir el creciente volumen de turistas.

Los monumentos de la acrópolis están dispuestos en terrazas que van descendiendo desde el templo de Atenea. Los edificios que se levantaron durante la época helenística y romana fueron ocupando la colina hacia abajo. Entre el siglo III y I a. C. se fueron construyendo propileos o pórticos de entrada al templo, escalinatas de acceso, una estoa o gran galería pública cubierta… En la parte más baja quedan restos de un templo romano construido hacia el 300 d. c.

La acrópolis estuvo fortificada desde el siglo VI a. C. A lo largo del tiempo se le fueron añadiendo refuerzos, reformas y modificaciones. Durante el periodo bizantino se reforzó la muralla y se construyó una iglesia empleando materiales de templos antiguos; la iglesia es la de San Juan, cuyas ruinas están en la parte oeste de la ubicación de la gran stoa helenística. Las murallas que rodean hoy la cima del cerro se deben, sobre todo, a los Caballeros de San Juan. Levantaron murallas y torres sobre los cimientos antiguos para convertir el lugar en un recinto inexpugnable. Hoy conviven con el resto de las ruinas, pero no pueden ocultar ni empequeñecer lo que las columnas del templo de Atenea y de la gran estoa helenística evocan. Las vistas desde lo alto de la gran escalinata de los propileos no pueden ser más hermosas; más allá de las columnas de la estoa, exentas ahora porque la cubierta de la galería pública que se apoyaba en ellas ya no existe, se extiende el Egeo. A los pies del monte está la bahía de Lindos; después los cabos de San Emiliano y de Arcangelos se introducen como dedos en el mar.

En adelante, cuando pensemos en una acrópolis, también visualizaremos la de Lindos, quizás en primer lugar.

Acrópolis de Yálisos

Antes de abandonar la ciudad de Rodas para dirigirnos a Filerimos, pasamos junto a un monumento que ya nos anuncia el pasado glorioso de la antigua ciudad de Yálisos, una estatua monumental que adorna una rotonda en la que están representados Diágoras y dos de sus hijos(10), tres personajes de la aristocracia de Ialisos durante el periodo dórico de la isla, anterior a la fundación de la ciudad de Rodas en el 408 a. C. Diágoras, hijo del rey Damageto, se convirtió en una leyenda para sus contemporáneos por sus muchas victorias en la especialidad de pugilato; nueve de ellas en en los juegos que se celebraban en distintas ciudades de la Helade y dos en los Juegos Olímpicos. En los 89º Juegos Olímpicos, sus hijos Damageto y Aquesilao ganaron, respectivamente, en la modalidad de pancracio y en la de pugilato. Lo celebraron tomando a su padre y llevándolo en volandas alrededor del estadio. Diágoras murió en aquel momento de celebración. Dorieo, el menor de sus hijos, consiguió más victorias que su padre y sus hermanos; practicó el pancracio y llegó a acumular más de veinte coronas en distintos juegos, tres consecutivas en los Olímpicos. La tranquila plaza de la Ciudad Medieval de Rodas en la que se encuentra la mezquita de Recip Pasha lleva su nombre. Murió en el 395 a. C. ejecutado por los espartanos, de quienes había sido aliado durante la guerra del Peloponeso. A la muerte del hijo menor de Diágoras, solo habían pasado trece años desde que las tres ciudades rodias de Lindos, Yálisos y Camiros decidiesen unirse en el 408 a.C para fundar la de Rodas.

El tiempo y la historia acabaron con la familia de los Diagóridas dejando de ellos solo el recuerdo de sus gestas. La historia, acompañada por la naturaleza y el paso del tiempo, son también quienes han ido añadiendo capas sobre la ciudad en l que vivieron hasta ocultarla bajo otra apariencia. 

La antigua ciudad de Yálisos se extendía alrededor de la colina de Filerimos. Aquí, a 267 m de altura, estuvo su acrópolis. En Filerimos hay restos antiguos, pero abundan más los de las épocas bizantina y de la Orden de los Caballeros de San Juan. Se puede decir que también los dejaron los italianos en el siglo XX durante su ocupación, ya que en alguna medida modificaron la apariencia del entorno(11)

No se conserva ningún edificio de los que ocupaban la antigua acrópolis; solo algunas hileras de sillares sobre los cimientos del templo de Atenea Polias. Este santuario se levantó en el siglo IV a. C.; medio milenio antes la colina ya era un lugar habitado y de culto. Sobre parte del templo de Atenea se construyó una basílica paleocristiana. De aquella iglesia se conserva un baptisterio del que se ven los restos al sur de la iglesia de Nuestra Señora de Filerimos, casi pegados a ella; esta, restaurada por los italianos, se construyó en el siglo XIV. Los restos del templo de Atenea están al oeste, tan cerca de de la iglesia como los del baptisterio. Durante la dominación otomana la iglesia sufrió un progresivo deterioro por su abandono. Mientras duró la posterior ocupación italiana, principalmente en la década de 1930, se reconstruyó la iglesia; añadieron un monasterio para su cuidado, restauraron el castillo de los Caballeros de Jerusalén e intervinieron en el paisaje que rodea el conjunto de la antigua acrópolis. 

El esfuerzo del fascismo en sus intervenciones de rehabilitación en Rodas y en las de nuevo desarrollo urbanístico(12) se debieron en buena medida al interés de convertir la isla en un escaparate propagandístico del imperio y del fascismo italiano en el Mediterráneo. Pusieron especial cuidado en hacer resplandecer el legado de la Orden de los Caballeros de San Juan, ya que ese patrimonio histórico de la orden se adaptaba mejor a la idea de posesión de la isla por parte de la potencia heredera del imperio romano, del que también la isla formó parte. Los fundadores de la orden fueron comerciantes amalfitanos; su procedencia italiana y su vinculación con la Iglesia Latina servían también para legitimar la posesión de Rodas y resto de las islas del Dodecaneso. La torre de la iglesia de Nuestra Señora de Filerimos muestra un ejemplo del empeño de dar mayor visibilidad a la etapa de ocupación de los caballeros de Jerusalén: una enorme cruz de Malta, emblema de los caballeros de San Juan, adorna la fachada oeste de la torre. Frente a los restos del templo de Atenea Polias, la cruz sobresale de la torre como si se tratase de una gran divisa adherida a ella que confirma a quién pertenecen aquellos dominios.

El entorno es sumamente atractivo. A los pies de la colina, hacia el norte, se extiende la ciudad de Yálisos moderna, el mar Egeo y la cercana costa de Turquía. Todo el sitio arqueológico está poblado de pinos que, además de proporcionar sombra, enmarcan los edificios y el paisaje; en un solo encuadre adornado con sus ramas, puedes incluir el paraje más cercano, el mar, el cielo, varios milenios de historia y el recuerdo de varias civilizaciones. Numerosos ejemplares de una especie animal, que las civilizaciones antiguas no conocieron, deambulan por el cerro proporcionando al bosque colores que el bosque no tiene, son los pavos reales. Quizás su función sea turística, pero la colina no necesita adornos que la hagan atractiva. Sus gritos, que parecen quejas, quedan atrás cuando abandonamos el lugar de la antigua acrópolis.


Acrópolis de Camiros

De las tres ciudades estado que se unieron para fundar la de Rodas en el 408 a. C., Camiros era la mas alejada del emplazamiento de la nueva ciudad. Se situaba al oeste de la isla, apenas a un km de la costa. El templo de Atenea se situaba a unos 120 m sobre el nivel del mar, en la acrópolis que dominaba la ciudad. Al contrario que la de Yálisos, la acrópolis de Camiros no ha sido colonizada por templos de religiones de un solo dios. La antigua Camiros no desapareció por haber sido conquistada y hecha desaparecer bajo edificios de nuevas civilizaciones. El terremoto que en 227 a. C.(13) hizo caer el Coloso de Rodas la afectó de manera relevante. Algo menos de cuatro siglos más tarde, en el 142 d. C., otro terremoto volvió a destruirla. Después, la naturaleza y el tiempo escondieron los restos. Entre el 1852 y el 1864(14) se llevó acabo la primera campaña arqueológica moderna que los puso a la vista.

Durante el ascenso a lo más alto del sitio arqueológico vamos dejando a nuestra izquierda (a cotas más bajas que el camino que seguimos) los niveles inferiores del yacimiento. Desde el lugar que ocupaba el templo de Atenea hay una vista excelente sobre toda el área y sobre el Egeo. Los restos de la antigua ciudad ocupan la ladera que desciende hasta el nivel más bajo de la colina. A los lados de la calle central, que une el ágora con la acrópolis, las paredes perimetrales de edificios y viviendas de época helenística se distribuyen en un orden geométrico bien definido.

El templo de Atenea hay que imaginarlo sobre la roca desnuda que corona el lugar. Delante de él se ven los restos de una cisterna con capacidad para 600.000 litros; en ella se recogía el agua para abastecer a la población. El depósito quedó oculto bajo la larga estoa de unos 200 metros que se construyó delante del templo. Las líneas marcadas por sus restos permiten adivinar la monumentalidad de la galería que tenía la ciudad a sus pies.

El ágora estaba sobre una terraza artificial en el nivel más bajo de la ciudad. En este espacio hay restos de un templo dedicado a Apolo, un santuario con varios altares y una plaza llamada la Casa de las Fuentes.

En los alrededores no hay poblaciones importantes y la comarca circundante sigue siendo un territorio agrícola como lo fue cuando Camiros pudo llegar a tener más de 3.000 habitantes. Las numerosas piezas de cerámica encontradas en el yacimiento, necesarias para comerciar con vino, aceite y otros productos, indicarían que la producción agrícola era la actividad más importante. A partir de la fundación de la ciudad de Rodas debió empezar un declive que los terremotos ultimaron. La mayoría de las piezas de cerámica y otros elementos encontrados en las ruinas están ahora en museos de varias ciudades europeas.

Hoy somos los turistas quienes visitamos su santuario, recorremos la calle principal de la ciudad y nos imaginamos a sus antiguos habitantes conviviendo en el ágora. Muchos de los actuales visitantes procederán de Londres y París, en cuyos museos Británico y del Louvre, respectivamente, se conservan muchas de la piezas de cerámica extraídas de Camiros. Si Atenea tuviese el poder de hacer resurgir la ciudad desde sus ruinas y devolver a la vida a quienes la veneraban en su templo, los ciudadanos de Camiros descubrirían que no podrían comerciar con vino, aceite y otros productos porque los recipientes necesarios para ello han desaparecido del lugar. Tendían que invocar el favor de la diosa que, además de sabia y buena estratega, es patrona de los alfareros.


Acrópolis de la ciudad de Rodas

Para nuestra última visita a la Ciudad Medieval de Rodas entramos por la Puerta de la Marina, atravesamos el barrio turco, ascendemos hasta la plaza de Kleovoulo y salimos por la puerta de Amboise. Antes de llegar a la ciudad medieval hemos pasado por el puerto de Mandraki y tras salir de ella llegaremos a la acrópolis. Puerto, ciudad y acrópolis son lugares en los que se asegura que estuvo el Coloso de Rodas. Tras visitar la última, ¿podremos decir que hemos estado donde el coloso estuvo?

La acrópolis de la ciudad de Rodas se encuentra en el que hoy se llama monte Smith (antes, Agios Stefanos). El parque en el que se ubica el sitio arqueológico ocupa una docena de hectáreas. Se trata de una extensa zona verde con espacios en los que afloran restos antiguos, más evidentes y rehabilitados donde estuvo la antigua acrópolis o ciudad alta. Desde la calle Diagoridon se puede acceder a la parte baja del parque. Siguiendo la calle hasta la parte más alta llegamos a la entrada más cercana a los templos de la acrópolis. Durante el ascenso, vemos a nuestra izquierda, al otro lado de la valla que cierra el parque, varios de los espacios y restos de edificios de la época helenística. Ya en la acrópolis, encontramos monumentos parcialmente reconstruidos; de otros solo se ven trozos esparcidos por el suelo o áreas delimitadas por líneas de lo que fue su perímetro.

Rodas se fundó en el 408 a. C. Los paneles informativos nos van situando en la historia temporal de las ruinas y vestigios que tenemos a la vista. Son restos de templos y edificios públicos construidos a partir de la fundación, la mayoría en periodo helenístico. El templo construido en la cota más alta del recinto sagrado estaba dedicado a Apolo. Leemos en el panel correspondiente:

“El templo original fue construido después del sinecismo(15) del 408/7 a. C. y la fundación de la ciudad de Rodas. El templo períptero dórico conservado (…) data de después del terremoto de 2027-2026 a. C.”

El terremoto que derribó el Coloso de Rodas también hizo caer el templo de Apolo Pitio original. Lo que nosotros vemos es una reconstrucción parcial realizada por los italianos en 1937 y 1938. En la actualidad se encuentra rodeada de andamios para evitar el derrumbe. La reconstrucción italiana se hizo con las prácticas habituales de la época:

El método de la restauración “escenográfica” fue la técnica de “estructura mixta” que utilizaba un núcleo de hormigón armado en combinación con nuevas piedras de biocalcarenita y la integración de muy pocos elementos arquitectónicos antiguos; así, la reconstrucción extensa del Templo se llevó a cabo utilizando materiales de hormigón y cemento, elementos de acero y fragmentos del material original, de acuerdo con las prácticas de la época. […] Lamentablemente, las extensas obras realizadas durante la restauración italiana aceleraron el deterioro del templo(16). 

También los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial contribuyeron a su deterioro.

Junto al templo de Apolo Pitios había otro que los italianos atribuyeron a Artemisa. Sin embargo, tal como se informa en el lugar donde estuvo el templo que se supuso dedicado a la hermana de Apolo:

“hoy en día, la mayoría de los investigadores asocian los restos de los edificios en la terraza más prominente de la acrópolis con el culto al dios Helios, el dios patrón de la ciudad. Según las diferentes propuestas que se han sugerido, aquí se colocaba el carro de Helios, obra del famoso escultor del siglo IV a. C., Lisipo, o la famosa estatua del Coloso de Rodas, o el templo de Helios propiamente dicho con el carro del dios en su cella”.

En la misma acrópolis, al norte del templo de Apolo, había otro dedicado a Atenea Polias y Zeus Polieo como protectores de la ciudad. De este no quedan más que los cimientos y los restos de alguna columna.

A partir de su fundación la ciudad crece en un territorio que no tenía por qué estar despoblado. De hecho los restos de los templos están en un lugar en el que ya se tributaba culto a diversos espíritus o deidades. Era, además, un punto ideal para la vigilancia, ya que desde la acrópolis el mar es visible al norte, al este y al oeste. La nueva ciudad requería más que templos. En la explanada que hay bajo la acrópolis estaban algunos de los espacios y edificios públicos que la ciudad necesitaba: el gimnasio, la biblioteca, el odeón y el estadio.


El Odeón (no se trata del teatro que tuvo la ciudad, que aún no ha sido descubierto) está reconstruido en su mayor parte; en él pueden acomodarse unas 800 personas. Su capacidad contrasta con la del estadio contiguo, que podía albergar 28.000 espectadores. El estadio que se conserva se construyó después del terremoto del 227 o 2026 a.C. El anterior tenía una orientación este-oeste, transversal al que vemos. En aquel, si los atletas corrían en dirección a la acrópolis tendrían ante sí al Coloso de Rodas, sobresaliendo por encima del muro que hay tras el Odeón. Las Halieia, las fiestas que cada cuatro años se celebraban en honor a Helios, se desarrollaban aquí. A aquellas fiestas, torneos y juegos deportivos acudían concursantes y espectadores de otras ciudades de la isla y de fuera de ella.

Nosotros, convencidos ya de que el Coloso de Rodas estuvo en la acrópolis e imaginando haber pasado a sus pies, abandonamos el sitio. Salimos a la calle Diagoridon, atravesamos la ciudad moderna hacia el norte y nos acercamos hasta el mar en las cercanías del monumento que representa a Diágoras levantado por sus hijos. Aquel campeón de Yálisos, coronado en varias ocasiones en los Juegos Olímpicos, los Ístmicos, los Nemeos y los Píticos, murió cuarenta años antes de la fundación de Rodas. No pudo conocer la ciudad ni el magnífico estadio que en ella se construyó, pero Rodas sí recuerda sus gestas.





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1 https://science.nasa.gov/earth/earth-observatory/rhodes-greece-77079/

2 https://www.worldhistory.org/trans/es/1-534/rodas/

3 https://lugaresyotrascuriosidades.net/lindos-la-joya-de-rodas/#comments

4 Ilíada II. 653-670

5 Ilíada V. 628-698

6 Para informarnos sobre sitios arqueológicos de Rodas consultamos la información facilitada por medio de carteles in situ y, entre otros, los siguientes sitios: http://odysseus.culture.gr/h/3/eh30.jsp, del Ministerio de Cultura y Deportes griego (2012); https://www.grecia.info/es/, guía de viajes y turismo en Grecia; https://www.urbipedia.org/, archivo de arquitectura, y otros.

7 Hellenic Republic. Hellenic Statistical Authority (17 April 2026); consultado en: https://www.statistics.gr/documents/20181/a49a7dd9-68ec-3596-4a83-efd8176b4a15

8 Mariana Esponda Cascajares. (2010) Zonas arqueológicas de Italia y Grecia restauradas con hormigón armado. Valoración de su estado. Loggia, Arquitectura & Restauración 22-23 (pp. 38-59). (Sobre Lindos: pp.49-51). DOI: https://doi.org/10.4995/loggia.2010.3035

9 Idem

10 Álvarez, J. (2020, 4 de marzo). Diágoras de Rodas, el campeón olímpico que falleció cuando era llevado a hombros por sus hijos, también campeones. La brújula verde. Sitio: https://www.labrujulaverde.com/ (consultado en: https://www.labrujulaverde.com/2020/03/diagoras-de-rodas-el-campeon-olimpico-que-fallecio-cuando-era-llevado-a-hombros-por-sus-hijos-tambien-campeones)

11 http://odysseus.culture.gr/h/3/eh351.jsp?obj_id=7942

12 ”The local administration, under the direction of Mario Lago (governor of the islands from 1923–36), planned an ambitious program to reinvent Rhodes through state-of-he-art amenities as well as restoration of the island’s historical monuments, which included architecture and artwork from the Hellenistic, Roman, Christian Crusader, and Ottoman periods”; en:
McGuire, V. (2018). Bringing the Empire Home: Italian Fascism’s Mediterranean Tour of Rhodes. California Italian Studies, 8(2). http://dx.doi.org/10.5070/C382038749
Obtenido de: https://escholarship.org/uc/item/9kd9m5tk

13 Triantafyllou, Ioanna; Papadopoulos, Gerassimos A. Historical co-seismic uplift rates in the eastern Hellenic Subduction Zone: the case of Rhodes Island (2021). DOI: 10.1127/zfg/2021/0669
También en: Geological evidence of tsunamis and earthquakes at the Eastern Hellenic Arc: correlation with historical seismicity in the eastern Mediterranean Sea. (2012). Research in Geophysics, 2(2), e12.
Consultado en: https://journals.pagepress.net/rg/article/view/rg.2012.e12 .
(En otras fuentes se dice que el terremoto ocurrió en el 226 a. C.).

14 https://www.urbipedia.org/hoja/Camiros

15 Unión de varios pueblos o ciudades para formar una nueva entidad política. En este caso, la unión de las ciudades estado de Lindos, Ialisos y Camiros para fundar Rodas.

16 Apostolopoulou, M., Keramidas, V., Galanaki, N., Kalofonou, M., Skoula, C., Karoglou, M., Delegou, E. T., Mouzakis, C., Bakolas, A., Moropoulou, A., Pikoula, M., Kalagri, A., Farmakidou, E., & Michailidou, M. (2019). A Study on the Historical Materials of the Apollo Pythios Temple in Rhodes and the Evaluation of Potential Restoration Materials. Heritage, 2(1), 988-1022. https://doi.org/10.3390/heritage2010065
Ver también nota 8.








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