2026/05/30

Y la luz se hizo

Rodas.                        

En el tránsito entre el Sábado Santo y el Domingo de Resurrección la luz salió de la iglesia de la Anunciación (Eκκλησία του Ευαγγελισμού), se extendió por la calle Eleftherias y la plaza del mismo nombre y estalló sobre el agua y los barcos del puerto de Mandraki.

Llegamos a Rodas para navegar desde allí hasta la isla de Symi, donde yo iba a dar por terminado el viaje a lo largo de la Línea Sacra de San Miguel. Si antes de llegar a Rodas habíamos pensado en celebraciones y festividades, estas nada tenían que ver con fiestas y rituales cristianos. Esperábamos poder recorrer los lugares en los que se celebraban las Halieia, fiestas con las que los rodios homenajeaban a Helios, patrón de la isla y dios de la luz. Las Halieia ya se conmemoraban cinco, seis, o siete siglos antes de que otras creencias adjudicasen a otro dios la victoria sobre las tinieblas, a un dios mucho más exigente para sus creyentes por reivindicarse como único y, por más exigente, menos festivo. Sin embargo, llegamos a Rodas en el momento de una de las festividades cristianas más importantes. En la recepción del hotel donde nos alojamos nos obsequiaron con una vela y nos invitaron a participar en la vigilia pascual de alguna de las iglesias de la ciudad. Elegimos la de la Anunciación por ser la catedral, estar junto al puerto y porque a media noche habría fuegos artificiales.

Llegamos con mucha antelación a las proximidades de la catedral. Desde nuestro alojamiento, no tuvimos más que seguir a las familias y grupos de personas que caminaban con velas hacia el puerto. Todavía circulaban coches por la calle Eleftherias, pero la gente ya ocupaba buena parte de la plaza, la terraza del edificio de correos (a la que se accede por dos escaleras laterales) y la acera que hay bajo ella. La calzada no tardaría en llenarse. Nos situamos en lo alto de las escaleras de la Fontana Grande, pegados al pilón en forma de cruz y frente a la fachada principal de la iglesia.

La megafonía lanzaba hacia la plaza y el puerto el canto monocorde de la liturgia que se desarrollaba dentro de la iglesia. En un momento dado la luz del templo se apagó. Minutos más tarde comenzaron a salir hacia la multitud candelas encendidas de las que los fieles de la plaza tomaban el fuego para las suyas. Unas llamas generaban otras para que el origen de todas ellas fuese solo uno.

Esta tradición del Fuego Sagrado está muy arraigada en todo el mundo ortodoxo. La fórmula canónica más perfecta para celebrar esta ceremonia del Fuego Sagrado y la Pascua de Resurrección exigiría esperar a que el fuego que se genera la tarde del Sábado Santo en el Santo Sepulcro(1), supuestamente de manera milagrosa, llegase a cada iglesia ortodoxa. Antiguamente se llevaba desde Jerusalén al resto del mundo ortodoxo en barcos, mulas y caravanas de camellos(2). Ahora se envía en vuelos chárter a Atenas, Moscú y otras iglesias autocéfalas. Cuando esto es difícil o materialmente imposible (supongo que para la mayoría de las iglesias lo será) el fuego, la llama inicial, se puede conseguir de otra manera; por ejemplo, utilizando la que se ha conservado durante todo el año con velas o cirios que han ido sustituyendo unos a otros. Sobre el supuesto milagro que cada Sábado Santo se produce en la presunta sepultura de Cristo hay referencias desde el siglo IX; sin embargo, muy pronto se empezó a denunciar el acontecimiento como engaño o fraude escandaloso. Se convirtió en milagro lo que no era más que una simple bendición de la luz acompañada de toda su parafernalia litúrgica y se promovió la creencia de que el prodigio se repite realmente cada año; una celebración conmemorativa a la que la magia atrae muchos más peregrinos que si solo se presentase como una serie de gestos rituales que se pueden reproducir en cualquier iglesia(3).

Cuando las llamas empezaban a multiplicarse desde la puerta de la iglesia, las campanas de la torre contigua ya estaban sonando y fuegos artificiales lanzados desde los muelles orientales del puerto estallaron en el cielo nocturno. Cascadas de luz, gigantescas palmeras y explosiones de bengalas que estallaban esparciendo diminutas estrellas llenaban el cielo y se reflejaban en el agua del puerto. Mientras, los oficiantes de la liturgia pascual salieron de la iglesia, ya iluminada, para dirigirse a un estrado contiguo a la Fontana Grande en la que estábamos. Pasaron entre una decena de soldados en posición de firmes y una banda de música a la que pocas oportunidades de actuar dieron durante toda la ceremonia. Los sacerdotes vestían dalmáticas doradas. Uno de ellos llevaba un icono que mostraba a los fieles. El tocado del oficiante principal era una corona dorada y de brillantes. Les siguieron hasta la tribuna varias decenas de hombres, unos vestidos de civil y otros con uniforme militar o de policía. Ni una sola mujer subió al estrado con ellos. Cantaron algunos salmos, a los que muchos fieles respondían, el oficiante principal pronunció un corto sermón y volvieron a la iglesia, en la que la liturgia pascual todavía duraría algunas horas más.

Abandonamos la plaza cuando esta se fue vaciando, pero antes de marchar entramos a la iglesia con mucha dificultad porque estaba abarrotada. La iluminación era tan grande que dentro parecía de día. El oficiante principal, probablemente el metropolitano, estaba de pie junto a un sitial de respaldo alto y mármol blanco, tan blanco que la luz que se reflejaba en él hacía destacar el lujoso hábito talar del prelado y la valiosa, brillante y dorada corona que cubría su cabeza. Aquella iluminación permitía llegar al último detalle de los frescos que cubrían todas las paredes. En la iglesia no cabían más fieles y deambular por ella era imposible. Los infieles nos fuimos.

El lunes volvimos a la catedral para observarla sin la multitud que la abarrotaba la noche pascual. A pesar de las numerosas lámparas de cristal, la iluminación era mucho más débil que la que lucía en el mismo inicio de la Pascua. Toda la decoración de la iglesia es de estilo bizantino, aunque apenas tiene un siglo de existencia. Se construyó entre 1924 y 1929, durante la ocupación italiana (1912-1947). Fue una iglesia católica, dedicada a San Juan, hasta que en 1948, Rodas quedó definitivamente vinculada a Grecia, como el resto del Dodecaneso. A partir de entonces el templo se convirtió en una iglesia ortodoxa dedicada a la Anunciación de la Virgen y consagrada como catedral(4). La Italia ocupante quiso reproducir en esta iglesia otra medieval de la Orden de los Caballeros de San Juan; aquella se encontraba en la ciudad fortificada de Rodas y una explosión de pólvora la destruyó en 1856.

Rodas ha estado habitada desde el neolítico y ha sido ocupada por todas las civilizaciones que se desarrollaron en el Egeo y por otros pueblos procedentes del continente, como los dorios y los jonios. La fusión de civilizaciones y pueblos produjo la cultura griega de la antigüedad. Después, Rodas, como al resto de la Helade, formó parte del Imperio Romano primero y del de Bizancio después. Más tarde estuvo durante unos dos siglos bajo el dominio de la Orden de los Caballeros de San Juan y casi cuatro siglos bajo el Imperio Otomano.

Italia ocupó Rodas y la mayor parte de las islas del Dodecaneso durante más de treinta años, la mayor parte de ellos bajo el régimen fascista(5). Fue la potencia o imperio que menos tiempo ocupó Rodas, pero su presencia no pasa hoy desapercibida. En el itinerario que seguimos para llegar al puerto de Mandraki y a la ciudad medieval fortificada, desfilaron ante nuestros ojos numerosos edificios y complejos construidos durante la ocupación italiana. En el extremo norte de la isla se encuentra el Acuario de Rodas, construido en la década de 1930. Siguiendo la línea costera por la parte oriental pronto llegamos al Grande Albergo delle Rose, el Casino de Rodas, una imponente construcción inaugurada en 1927. Desde la plaza Kountuorioti, donde una estatua de la victoria alada levanta una corona de laurel con su mano derecha, se pueden observar las fachadas orientales del Palacio del Congreso, la de la sede del metropolitano de Rodas (la autoridad ortodoxa), la iglesia catedral de la Anunciación y su torre campanario exenta de 26 m de altura. La torre está casi sobre el espigón occidental de la bocana del puerto de Mandraki. Deja un estrecho paso entre ella y el borde del muelle occidental del puerto, paso que encontramos cerrado por unas vallas amarillas como protección ante un hipotético desprendimiento; a la altura de los vanos donde se sitúan las campanas se veía alguna grieta amenazante. 

Las esculturas de un ciervo y una cierva sobre dos columnas, una a cada extremo de la bocana, se han convertido en un emblema típico de la ciudad. Se inauguraron en 1947, cuando los británicos ocupaban la isla tras la Segunda Guerra Mundial e Italia ya no ejercía ningún control, aunque oficialmente estuviese bajo su soberanía. La Fontana Grande, frente a la entrada principal de la iglesia de la Anunciación, es una copia de una fuente medieval de Viterbo; la de Rodas se construyó al mismo tiempo que la iglesia. Antes de llegar a la puerta de Eleftherias para entrar en la ciudad medieval amurallada, se encuentra otro edificio construido durante la ocupación italiana: la Nea Agora o Nuevo mercado. 

Rodas era importante para el fascismo italiano por ser, en el Mediterráneo, el escaparate de su imperio. Sospecho (aunque solo me base en lo que a mi me pasó) que muchas de las personas que llegan como turistas a la isla no contemplan entre sus objetivos, antes de iniciar el viaje, el de disfrutar y recrearse con la arquitectura que el reino de Italia y el régimen fascista dejaron en la ciudad. Han pasado casi ochenta años desde que Rodas y las islas del Dodecaneso pasaron a formar parte de Grecia. En el sitio web(6)  https://www.greece-is.com/ leo que:

“la libertad sustituyó a la opresión fascista”

y que:

“el 7 de marzo de 1948, los habitantes de Rodas celebraron la incorporación de las islas del Dodecaneso al Estado griego, frente a edificios públicos que fueron fundados durante el período de ocupación italiana”.

La presencia italiana y la arquitectura propia de aquella época se muestran ante los ojos de las distintas tribus de turistas que invadimos la isla. Esta, la de los turistas, es la última civilización que ha llegado a ocuparla. La explotación turística en Rodas iniciada con los italianos se fue consolidando a partir de su integración en Grecia, así que, la nueva civilización lleva presente en la isla más del doble de lo que duró la ocupación italiana. ¿Conseguirá mantenerse tanto tiempo como la Orden de los Caballeros de San Juan? ¿Durará tanto como la ocupación otomana? Yo no puedo imaginar que esta moderna civilización dure cuatro siglos. Sin embargo, tampoco descarto que la personificación del Sol, ‒Helios, el viejo patrón de la isla‒ se haya convertido en un dios estacional y, aún muriendo en invierno, haga que al inicio de cada temporada se produzca un milagro similar al del Fuego Sagrado del Sábado Santo. Seguro que esa luz atraerá a multitudes de peregrinos.

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(1) Sitio web: https://www.vaticannews.va/es.html (consultado en: https://www.vaticannews.va/es/iglesia/news/2021-05/pascua-iglesia-oriental-santo-sepulcro-rito-fuego-sagrado.html)

(2) https://el.wikipedia.org/wiki/Άγιο_Φως

(3) El periodista Dimitris Alikakos inicio en 2018 una investigación sobre cómo se enciende el Fuego Sagrado en Jerusalén. En 2019 publicó el lbro Λύτρωση – Στο Άγιο Φως (Redención – Sobre el Fuego Sagrado). En su sitio web https://www.holyfirethetruth.com/?lang=en ofrece una exhaustiva información sobre el proceso y los resultados de su investigación, las demandas del patriarcado ortodoxo, las sentencias judiciales y las conclusiones a las que su trabajo conduce.

(4) https://rhodescathedral.gr/ (s.f.)

(5) Formalmente desde 1912 hasta 1948. Desde 1943 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial estuvo bajo control alemán. Después fue ocupada por los ingleses hasta que las islas del de Dodecaneso se entregaron a Grecia en 1948.

(6) Chrysafis, Y. (18 de setiembre de 2017) Sitio web: https://www.greece-is.com/ (Consultado en: https://www.greece-is.com/architecture-how-mussolini-and-the-italian-occupation-shaped-rhodes/)


2026/02/20

Dictadura y exilio



“Cuando mataron a mi padre, a mi madre solo le quedaron los ojos para llorar y las calles para correr”. Esta frase pronunciada por Carmen Vela hace que me quede anclado junto a su retrato con el oído pegado al altavoz por el que se escucha el documento sonoro. Su relato, de tres o cuatro minutos, se reproduce en bucle. Lo escucho varias veces para que esa frase quede fijada en mi memoria, para convertirla en el enganche en el que afianzar mi recuerdo de El camino errante, una exposición sobre el exilio en la Casa de América de Madrid.


Febrero no tiene más que una semana cuando salimos de la intermodal de Bilbao. Ya se ha tenido que hacer de día, pero un cielo gris que se deshace intermitentemente en zirimiri y los cristales tintados del autobús hacen que parezca de noche aún. Abro el libro que estoy leyendo, y que quiero terminar antes de llegar a Madrid: Barne zerbitzuak, de Katixa Agirre.

Superamos el puerto de Altube y levanto la vista del libro cuando estamos a punto de salir del valle de Kuartango. Observo las sierras de Badaia y de Arkamu cubiertas por un cielo opaco y gris que casi las roza. La primera, paralela a la autopista, se orienta de norte a sur, una rara dirección para las sierras y macizos vascos. La segunda, que sigue el eje del plegamiento pirenaico (este-oeste), llega casi perpendicular hacia nosotros desde el oeste y parece cerrarnos el paso. Entre las dos forman un embudo con la salida en el desfiladero de Subijana. La autopista nos escupe por él hacia Ribera Alta y Ribera Baja. Más tarde los monolitos rocosos del desfiladero de Pancorbo vuelven a apartarme de la lectura. Ya en La Bureba, el gris mate y oscuro nos cubre por arriba y el verde del cereal recién nacido se extiende a los lados hasta las montañas que cierran la llanura y cuyas cumbres más altas se esconden en las nubes.

Vuelvo al riesgo permanente de las protagonistas de Barne zerbitzuak que hacían llegar comida y medicinas a los presos (maridos, hermanos…) tras la caída de Bizkaia en 1937. Movían clandestinamente información confidencial entre las cárceles y el Gobierno Vasco en el exilio. La novela la protagonizan cuatro mujeres que fueron las precursoras de una nutrida red de espionaje, la red Álava, de la que treinta personas fueron detenidas en 1940.

Al acercarnos al puerto de Somosierra, Josune me señala el paisaje nevado y dejo a las protagonistas y sus compañeros de militancia escuchando las sentencias, muchas de muerte tras el primer juicio sumarísimo. Los interrogatorios y las torturas en Fomento, en los centros de reclusión en Claudio Coello para las mujeres y en Chamberí para los hombres y la cárcel de Ventas quedaron páginas atrás. El paisaje que veo es tan sombrío como el futuro que espera a los miembros de la red Álava. La tintura de los cristales del autobús hace que el paisaje recién nevado aparezca como una gran mancha de blanco ceniciento que se funde con un cielo de un gris plomizo.

Antes de llegar a Madrid termino de leer la historia novelada por Katixa Agirre. Luis Álava, quien dio nombre a la red, fusilado. Quienes se libraron del paredón o del garrote vil siguieron en la cárcel. Tras la prisión tendrían que soportar un largo exilio interior.

El exilio, ese es uno de los objetivos del viaje que nos ha traído a Madrid: El cuerpo errante, una exposición en la Casa de América sobre el que provocó la guerra y la represión de la dictadura franquista. Encuadrada en el proyecto Mapas de memoria de la UNED, muestra a través de documentos, cartas, imágenes, objetos y relatos sonoros diversas maneras de soportar y vivir el exilio. No aparecen nombres y apellidos importantes. Objetos que cimentan el recuerdo de familiares asesinados y voces de mujeres que conservan y transmiten la memoria de lo que ellas y sus seres queridos padecieron hacen presente la vivencia del exilio de personas corrientes.

Una de las experiencias que se muestran tiene una historia que llega hasta mediados de la década de los noventa del siglo pasado, más de cincuenta años después de terminada la guerra; es la de María Fernández Grandizo. Su padre y su marido habían sido asesinados por los franquistas en 1936. Dieciséis años más tarde detuvieron a su hijo Manuel, de veinte años. Tras varios meses encerrado, y con la seguridad de que iba a ser condenado, aprovechó un permiso carcelario para huir a México. Nunca volvió. Su madre inició una correspondencia que se mantuvo hasta que perdió la vista; luego mantuvo la comunicación por medio de cintas magnetofónicas. Buena parte de las mil quinientas cartas que María envió a su hijo cuelgan del techo de la sala; forman un bosque de papel y de palabras por el que hay que transitar. Al otro lado una maleta contiene el resto de las cartas, una grabadora y las cintas magnetofónicas. Tras visualizar un vídeo en el que se escucha la voz de una nieta de María que lee algunas de las cartas, vuelvo al bosque para buscar una fechada el 23 de noviembre de 1975. La encuentro:

“Queridísimo hijo, ¡al fin se fue! (…) Claro que no hemos estado clavados todo el tiempo ante la televisión. Lo que sí aguanté fue la jornada de hoy por curiosidad morbosa. Sobre todo no quise dejar de ver cómo lo depositaban en la fosa y tapaban con la losa. (¡Ahí, púdrete!, no pude menos de decir) (…)”.

Si las cartas de María construyen y conservan la memoria de una separación y un exilio duraderos, otros objetos portan en sí mismos un suceso momentáneo o un periodo de tiempo fosilizados. Objetos que guardan el recuerdo de vidas arrebatadas, vidas súbita y violentamente detenidas; que hablan de existencias a las que se les impidió crecer, progresar y construir futuro; que almacenan en ellos biografías completas, pero que siempre se rememoran a partir de los momentos más dolorosos, los últimos para algún ser querido.

Una foto rota y cosida puede servir para que el espectador se haga una idea de la crueldad de la represión de la dictadura franquista, represión alimentada con tortura, cárcel y fusilamientos. La misma foto ayuda a entender el dolor que el recuerdo provoca en quienes sobreviven al asesinado. Anastasio Godoy fue víctima de la represión. En 1941, con 29 años, no podía mantenerse en pie por una enfermedad contraída en prisión y lo fusilaron sentado en una silla. Desde la cárcel de Almodóvar del Campo, Ciudad Real, se había comunicado por carta durante dos años con su mujer Benita Lillo, que estaba presa en Gerona. Entre las pertenencias que tras el fusilamiento de Anastasio enviaron a su familia había una foto rota en varios trozos que había sido cosida. Guardada por Benita pudo ser el soporte para el recuerdo del tiempo vivido juntos, el hito a partir del que rememorar el futuro que solo pudieron imaginar, aunque la evocación de lo vivido y lo deseado tuviese que iniciarse siempre en recuerdos de un periodo y un hecho dolorosos.

Muchos objetos de la exposición almacenan memoria. Hay uno que conserva una parte material de la persona a quien se recuerda; es un saquito toscamente cosido que conserva una piedrecitas dentro. Las piedras están manchadas de sangre. La hermana de Ángel Ruiz, fusilado en Almagro en 1940, las recogió del lugar donde lo asesinaron y las guardó durante muchos años. Antes de morir se las entregó a Saturnina, la mujer de Ángel. Esta hizo una bolsita para guardarlas durante toda su vida en el delantal que llevaba. Hay que abrir una ventana para llegar al saquito que Saturnina llevó encima desde que llegó a sus manos. También para acceder al resto de elementos que se exponen en el espacio titulado Las pequeñas cosas. Son cajas cerradas que guardan en su interior historias de vida que se detuvieron violentamente. Sus protagonistas vieron desaparecer el camino que se habían trazado y tuvieron que buscar otro en el que, además de sobrevivir, portaron en su memoria el recuerdo y los anhelos de sus familiares desaparecidos. Saturnina, como el resto de protagonistas del espacio Las pequeñas cosas, fue envejeciendo mientras mantenía el recuerdo de su marido con el aspecto que tenía cuando se separaron.

La exposición se distribuye en varias salas y apartados que cuesta tiempo recorrer. Muchos de los objetos, cartas, escritos, vídeos y testimonios grabados con la voz de sus protagonistas o sus familiares dejan a la vista diversas maneras de vivir y soportar el exilio, formas diferentes de mantener el recuerdo de personas que el régimen dictatorial asesinó e hizo desaparecer, modos de comunicarse para sortear la censura y para que los mensajes llegasen a sus destinatarios… También se manifiesta en la muestra el miedo a contar, la ocultación de lo vivido a las siguientes generaciones por el temor a que sufriesen las mismas consecuencias. Y lo que la exposición también revela es que casi siempre son las mujeres quienes se ocupan del receptáculo de la memoria, conservan esta y la transmiten; a menudo, no por línea familiar directa.

La muestra nos impacta hasta el punto de que antes de abandonar Madrid volvemos a la Casa de América para llevarnos grabados algunos de los testimonios sonoros. La suerte hace que coincidamos con una visita guiada por los dos comisarios de la exposición. Al relatarnos su experiencia con varias de las personas que les han transmitido las historias, las vivencias y el significado sentimental de los objetos portadores de memoria, consiguen que quienes les escuchamos nos acerquemos emotivamente al sentimiento de quienes protagonizaron aquellas experiencias.

Me resisto a marchar sin grabar el documento sonoro de Carmen Vela. Para mi, la frase sobre lo que le quedó a su madre resume el sufrimiento que el golpe de estado y la dictadura sembraron durante tanto tiempo, algo de lo que ni quienes lo provocaron se arrepintieron ni quienes son sus sucesores ideológicos han hecho o harán.

“Cuando mataron a mi padre, a mi madre solo le quedaron los ojos para llorar y las calles para correr”.

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Cuatro días más tarde, el 14 de febrero, se clausuró la exposición, que permanecía abierta desde el 17 de diciembre. Más de 30.000 personas han visitado la muestra, convirtiéndola en la más visitada de la Casa de América en las últimas dos décadas. Una evidencia de que la memoria sobre los perseguidos durante la guerra y el franquismo interesa a mucha gente. No se puede eludir, por más que haya quienes se esfuercen en hacerlo o quieran blanquear las atrocidades cometidas por la dictadura.


En este enlace se pueden encontrar vídeos y pódcast sobre la exposición El cuerpo errante:

https://www.casamerica.es/exposiciones/el-cuerpo-errante


En un vídeo de la exposición se hacía referencia a Avelino García, fusilado en 1940. Su nieto, sorprendido de que los apellidos de sus primos no coincidiesen con ninguno de los suyos, empieza a buscar a quien fue su abuelo biológico. El vídeo que puede verse en el siguiente enlace es de Jorge Moreno, uno de los comisarios de la exposición El cuerpo errante; el estracto que se reproducía en la exposición procede de él. Avelino Chillarón, nieto de Avelino García, aunque su apellido sea otro, dice en el vídeo: 

"A mi padre le robaron al suyo, a mi abuela le robaron a su marido y a mi me robaron el poder sentarme en las rodillas de mi abuelo". 

 https://vimeo.com/85392380


 


2026/01/07

Muerte y resurrección de una lengua

¿Cómo mira el mundo la última persona hablante de una lengua? ¿Cómo lo interpreta, cómo lo nombra, cómo se integra en él? De hacer caso al mito ‒y de haber llegado a Mousehole hace dos siglos y medio‒ podríamos habérselo preguntado a Dolly Pentreath, a la que se quiere considerar la última hablante cuya lengua materna fue el córnico. Aunque el córnico no ha muerto, aún hoy es posible interpretar el mundo desde esa lengua.


Llegamos a Cornualles con el propósito de descubrir y visitar la mítica isla mareal de St. Michael’s Mount. Y el azar hizo que nos topásemos con la memoria de Dolly Pentreath cuando nuestra estancia en Cornualles llegaba a su fin. 

Media docena de pueblos se reparten toda la línea de costa en el arco más protegido de Mount’s Bay. En el extremo occidental está Mousehole. La pequeña población, de unos 540 habitantes, tiene un indudable atractivo turístico. Sin embargo no debe de ser tan atractiva para quienes allí nacen. En los primeros 20 años del siglo XXI ha perdido casi un tercio de su población (*1): 759 habitantes en 2001, 697 en 2011, 544 en 2021. En las poblaciones más cercanas del tramo de costa entre Mousehole y St. Michael’s Mount, como Newlyn, Penzance o Marazion, no ha habido crecimiento demográfico, pero la densidad de población es similar a la de comienzo de siglo.

En Mousehole es donde nació y vivió Dolly Pentreath, la mujer que es considerada la última hablante nativa de córnico. Se dice que nació hacia 1692, aunque no hay seguridad sobre ello, y murió en 1777. Si fuese cierto el dato sobre su año de nacimiento Dolly vivió 85 años. El debate sobre si fue la última persona cuyo idioma nativo era la lengua celta hablada en Cornualles nunca se ha cerrado; tampoco la controversia ante el planteamiento de que Dolly Pentreath solo habló córnico, su lengua materna. Es fácil sospechar que afirmaciones tan concluyentes sobre la última hablante y su monolingüismo tienen alguna falla, pero todo parece indicar que la generación de Dolly Pentreath vio notablemente reducido el número de hablantes de esa lengua. Quizás fue “la última generación criada hablando córnico desde su nacimiento” (*2). El córnico fue la que aquella generación ‒y las precedentes durante al menos dos milenios‒ utilizó para expresar el mundo y verse reflejada en él. Sin embargo, las dificultades para usarla más allá de los círculos local o socialmente más cercanos se hicieron tan considerables que el córnico dejó de ser el idioma utilizado en las relaciones sociales y acabó despareciendo de la esfera pública. Hasta su reciente y lenta recuperación. 

El córnico es una lengua celta de origen indoeuropeo emparentada con el galés y el bretón. Su decadencia comenzó por la expansión e imposición del inglés, en lo que la Iglesia y la monarquía tuvieron mucho que ver. 

En Cornualles (y otros condados del suroeste del reino de Inglaterra) se generaron rebeliones contra la corona a finales del siglo XV y primera mitad del XVI; los motivos fueron variados, siempre relacionados con el descontento en la base social (*3). En 1549 se produjo en Devon y Cornualles una rebelión popular en contra de la imposición del uso del inglés en los oficios litúrgicos. Aquella imposición se enmarca en el proceso de la Reforma inglesa, que se inició a partir de la negación de la autoridad papal por parte de Enrique VIII y la separación de la Iglesia anglicana de la de Roma. Aunque Enrique VIII defendió la mayor parte de la doctrina católica y el mantenimiento de la liturgia en las celebraciones, durante el reinado de su hijo Eduardo VI ‒que fue coronado a los nueve años y murió a los 15 sin llegar a reinar por sí mismo nunca‒ se impuso la utilización del ingles en los servicios litúrgicos de las iglesias, sobre todo en las zonas donde el catolicismo estaba más arraigado y las condiciones económicas de la mayoría de la población eran penosas, como en Cornualles. 

Los oficios litúrgicos se celebraban en latín, una lengua que el pueblo llano no entendía, pero la imposición del Book of Common Prayer (Libro de Oración Común) fue el detonante del levantamiento llamado Prayer Book Rebellion (Rebelión del Libro de Oración). La sublevación fue aplastada; más de 5.000 personas murieron y muchos rebeldes fueron cruelmente ajusticiados. A partir de la rebelión “el gobierno empezó a asociar el córnico con la sedición y el atraso” (*4). En 1549 la población de Cornualles era ya bilingüe, pero se sabe que había hablantes de córnico monolingües (*5). Los mismos líderes del levantamiento declaraban que “(…) por eso nosotros, los habitantes de Cornualles, de quienes algunos no entendemos inglés, rechazamos rotundamente este nuevo inglés” (*6). 

Desde aquel levantamiento, faltaba bastante más de un siglo para que naciese Dolly Pentreath. Durante ese tiempo ocurrió un hecho notable en la historia de Mousehole y del extremo más occidental de Cornualles. Entre el 2 y el 5 de agosto del 1595 una expedición naval enviada por la corona española desembarcó en la costa de Mount’s Bay e incendió las villas de Penzance, Newlyn y Mousehole (*7). En Mousehole sólo quedó intacta una casa: Keigwin Manor, la mansión de Jenkyn Keigwin, vivienda que ahora se llama Keigwin Arms. Una bala de cañón mató a su entonces propietario mientras este defendía el pueblo. 

La familia de Jenkyn Keigwin vendió la mansión y esta terminó convirtiéndose en un bar que fue “escenario de innumerables acontecimientos a lo largo de los siglos y sus muros han albergado a nobles y contrabandistas, tribunales forenses y damas de mala reputación. De hecho, las historias de borracheras, suciedad, crímenes y apariciones fantasmales podrían cambiar para siempre la perspectiva que se tiene de esta icónica casa” (*8). Quién sabe cuánto de realidad y cuánto de leyenda hay en esto. Pero los escollos para distinguir realidad y fantasía en relación a Dolly Pentreath son mucho mayores; de ella se dice que “vendía pescado, bebía cerveza, fumaba en pipa y maldecía a gritos en córnico” y que “también tenía fama de dedicarse a la brujería y la astrología” (*9). 

Tratando de armonizar la información que sobre la marcha busco en Internet sobre Mousehole y Dolly Pentreath, me imagino a mí mismo siguiendo los pasos de esta por las callejas de Mousehole para descubrir que “Pentreath solía sentarse a una mesa junto a la ventana del pub Keigwin Arms, beber, fumar y gritarles a los pescadores cuando llegaban al puerto” (*10). La imagino provocando o siendo víctima de más de una discusión o altercado, y que su famosa frase en córnico kronnekyn hager du (feo sapo negro) se escuchó a menudo en aquel pub. 

Pero tengo que volver a lo que me hizo parar, a lo que me motivó para interesarme por Musehole mucho más allá de su atractivo turístico: la idea de que allí vivió la última hablante monolingüe de córnico y el deseo de saber cómo la última persona hablante de una lengua que desaparecería con ella podía mirar el mundo y verse en él. 

El relativismo lingüístico plantea que la lengua moldea nuestra percepción de la realidad y, en cierta medida, configura nuestra mente. Sin pararme a elegir entre la gramática generativa y la opción relativista de que es la lengua que utiliza cada hablante la que conforma y armoniza lo que ve, lo que siente y lo que expresa, me inclino a creer que la lengua sí condiciona nuestra visión del mundo y la de todo lo que en él acontece (*11). Si Dolly Pentreath hubiese sido realmente la última hablante de córnico, con ella habría desaparecido un mundo que nadie más iba a mirar, ver y expresar. Si la lengua influye en la percepción del mundo, después de Dolly Pentreath nadie más lo podría ver como ella. 

Dolly Pentreath fue una mujer pobre, hija de un pescador de Mousehole, que trabajó desde niña y hasta su vejez vendiendo pescado en Newlyn y Penzance. Según el mito, que ya en su vida comenzó a configurarse alrededor de su nombre, Dolly Pentreath era una mujer de carácter huraño y esquivo que insultaba en córnico a cualquiera que la molestara al cruzarse en su camino. En la construcción del mito sobre su persona y sobre ser la última hablante nativa de córnico tuvo una influencia capital Daines Barrington, un erudito inglés. Tras entrevistarla, publicó un informe en el que la presentaba como la última hablante de córnico nativa. Tuvo tanta repercusión que Dolly se hizo muy popular en vida. Aunque el córnico no despareció con ella, esa es la versión que ha prevalecido. 

Se consideraba que a principios del siglo XIX el córnico era una lengua extinta. Sin embargo, hay autores que sostienen que el idioma sobrevivió como lengua de ámbito doméstico (*12). Henry Jenner fue un investigador de las lenguas celtas e impulsor del resurgimiento del córnico. En su libro A Handbook of the Cornish Language (1904) (*13) hace un repaso de la situación del idioma durante los siglos XVIII y XIX. Tal como expone el autor siempre hubo personas en Cornualles que conocían el córnico, pero no asegura que fuese un idioma de uso común ni siquiera en aislados reductos familiares o de trabajo. La publicación de este libro se considera como el inicio de la recuperación del córnico. 

En 2009 la UNESCO modificó la clasificación del córnico como “extinto” para etiquetarlo como “en peligro crítico de extinción” (*14). En la actualidad el córnico se está recuperando y hay cientos de hablantes que pueden usar con fluidez el idioma de Cornualles. Todavía se necesitará mucho tiempo, esfuerzo, protección y promoción para que el córnico abandone el estatus de “en peligro crítico de extinción”. 

Como dice Niwlen Ster, “the last speaker of Cornish hasn’t even been born yet” (el último hablante de córnico aún no ha nacido; en córnico: Drefen ny veu genys hwath an diwettha Kerneweger ). Lo dice en un artículo cuyo título en castellano es “Matando a Dolly” (*15) (“Ladha Dolly” en córnico). Dice la autora que “ni siquiera el creador accidental del mito de Dolly creía realmente que Pentreath fuera la “última hablante de Cornualles”. Se refiere a Daines Barrington, el erudito inglés (hijo de un vizconde) que entrevistó a Dolly Pentreath y convirtió en mito a la supuesta última hablante de córnico. Según Niwlen Ster, Daines Barrington y otros anticuarios como él preferían ver morir una lengua antes que comprobar que seguía viva. Se trataba de personajes que provenían del núcleo imperial; para ellos quienes hablaban aquella lengua de una tierra de medio salvajes eran de otra clase. Unos clasistas y colonialistas como ellos solo podían mezclarse con unos pobres de pueblo convirtiendo el encuentro en un entretenimiento condescendiente. El mito de Dolly Peltrath, dice Newlen Ster, fue creado por el clasismo y el colonialismo y “no nos protege de ellos, los protege a ellos de nosotros”. 

Aquellos clasistas ingleses no fueron los únicos que alimentaron el mito de la última hablante de córnico. En 1860, 83 años después de la muerte de Dolly Pentreath, Louis Lucien Bonaparte (*16) contribuyó a erigir un monumento en el cementerio de la parroquia de Paul en el que aquella fue enterrada. Con ello apuntaló la versión de que aquella mujer había sido la última hablante nativa de córnico y toda la leyenda que sobre ella se había generado, incluyendo la afirmación de que era monolingüe. No sé si Dolly Pentreath conocía el inglés y hasta que punto. Quizás no lo pudiese utilizar de una manera fluida. Según se cuenta sus últimas palabras fueron: "Me ne vidn cewsel Sawznek!" o, lo que es lo mismo, "¡Yo nunca hablaré inglés!". Si las completamos con una frase que supuestamente utilizaba a menudo para dirigirse a los pescadores y a quienes la molestaban, la última frase de la supuesta última hablante nativa de córnico pudo haber sido: "¡Yo nunca hablaré inglés, feo sapo negro!". Si el córnico configuraba la percepción que Dolly Pentreath tenía del mundo, sus últimas palabras retratarían su impermeable desprecio a la lengua del imperio. Quizás el imperio quiso arrinconar el córnico hasta hacerlo desaparecer. Pero el córnico sigue vivo, porque el último hablante de córnico aún no ha nacido.

(*1) https://www.citypopulation.de/en/uk/southwestengland/cornwall/E63007079__mousehole/


(*2) https://news.exeter.ac.uk/faculty-of-humanities-arts-and-social-sciences/cornish-continued-to-be-used-throughout-the-19th-century-long-after-the-death-of-dolly-pentreath-new-book-shows/

(*3) https://jacobinlat.com/2025/01/la-lucha-de-clases-contra-el-capitalismo-comenzo-con-una-rebelion-en-el-campo-ingles/

(*4) https://en.wikipedia.org/wiki/Prayer_Book_Rebellion

(*5) Language Death and Revival in the British Isles: Two Case Studies. Tesis doctoral presentada por Christopher Langmuir Thomson en el Departamento de Lengua Inglesa de la Universidad de Sevilla 2015.
Consultada en: https://idus.us.es/items/afca47a2-8814-497b-bd75-0ba58997d9e8

(*6) https://en.wikipedia.org/wiki/Prayer_Book_Rebellion

(*7) https://en.wikipedia.org/wiki/Raid_on_Mount's_Bay

(*8) https://cornishbirdblog.com/the-keigwin-arms-mousehole-ghosts-smuggling-bad-behaviour/

(*9) https://www.ebsco.com/research-starters/history/dolly-pentreath

(*10) Idem.
 
(*11) Entiendo, no sé si con acierto suficientemente contrastado, que la gramática generativa es innata a todo ser humano independientemente de la lengua que utilice y por tanto anterior a la concreción del mundo que cada hablante contempla y puede expresar. Para el relativismo lingüístico, en cambio, cada lengua influye de manera diferente en nuestra visión del mundo y en el modo en el que lo vemos y lo expresamos.

(*12) https://www.bbc.co.uk/voices/multilingual/cornish_history.shtml

(*13) Se puede leer aquí: https://www.gutenberg.org/files/26192/26192-h/26192-h.htm

(*14) Atlas de las lenguas del mundo en peligro.
Ver en: https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000189453?posInSet=2&queryId=f41e9f6e-613f-4d28-ac1b-b83c4154772a

(*15) El artículo se puede leer en https://sordya.net/ (Sordya es Kernewek, que significa levantarse, emerger, provocar e instigar). El enlace para el artículo es este: https://sordya.net/2023/07/07/killing-dolly-ladha-dolly/#notennow

(*16) “Uno de los más importantes promotores de los estudios de la lengua vasca”. Louis Lucien Bonaparte dedicó buena parte de su vida a los estudios lingüísticos, centrándose en los idiomas del Reino Unido, pero, sobre todo, en el euskera. Para este idioma contó con la amistad y la ayuda de Antoine d’Abbadie y del guipuzcoano Claudio Otaegui, que era cuñado de la última esposa de d’Abbadie.
Ver: https://aunamendi.eusko-ikaskuntza.eus/es/bonaparte-louis-lucien-1813-1891/ar-32829/

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Hay una canción popular sobre Dolly Peltreath que, sin hacer caso al mito de que fue la última hablante nativa de córnico, describe en pocas estrofas su dura vida de trabajo como vendedora de pescado. Se puede escuchar aquí: 
https://www.google.com/search?sca_esv=00fe40e04878748b&sxsrf=AE3TifNWTxbfPwvxpZhxShLVHpZnIZTEOg:1764229303295&udm=7&fbs=AIIjpHx4nJjfGojPVHhEACUHPiMQA7xZwAaEOXZSyoNSOb3VyMAXFNFhptW4GMdYByMgYAn35WZEDHPKbdxfsVwCTJ9A5lPbx3iuZF6nVFLaymRjm7l_WQZDxyWh7lzbU4OYsHh3pVSS3tpAtjJZ9hMcJJjRl-qYcQB8NiEJHUFYlvTg7AKSg1tTAe6E1hGA9OyzHLiiLske&q=dolly+pentreath+lyrics&sa=X&ved=2ahUKEwibmrOn6pGRAxW6R_4FHXTnGaAQtKgLegQIFRAB&biw=1280&bih=551&dpr=1#fpstate=ive&vld=cid:d5b37cc6,vid:Pic1G-ezvq8,st:0 

Esta es la letra, por si quieres cantarla: 

DOLLY PENTREATH
(Natalie McGrath/Claire Ingleheart) 

Sops:     Dolly Pentreath was a Mousehole maid 
All:        Whey hey, a Mousehole maid 
Sops:     She was Cornish of tongue and a fish jowster by trade
All:        Whey hey Dolly Pentreath

All Chorus: Lay down them fish ‘gainst the cellar wall 
                    Then don’t forget the salt to cover them all
                     Lay down then fish ‘gainst the cellar wall
                     There’s seven more baskets from this day’s haul. 

 Sops:     With her ‘cowal’ strapped daily, against her back 
 All:        Whey hey against her back 
 Sops:     She moves through the day ‘til dark shadows crack 
 All:         Whey hey Dolly Pentreath 
 ---------
All Chorus:
 -------- 
Sops:     This weight of labour scored lines on her face 
All:        Whey hey, lines on her face 
Sops:     All the gathering and carrying, all over the place
All:        Whey hey Dolly Pentreath
--------
All Chorus:
--------
Basses:  When Dolly was old , to be lain in the ground
All:        Whey hey lain in the ground
Sops:     They found pilchards in her pockets for a jowster she was bound
All:        Whey hey Dolly Pentreath 
---------
All Chorus: X2

2025/12/31

St Michael's Mount


 


St Michael’s Mount es una isla mareal en el extremo occidental de Cornualles protegida por la bahía de Mount’s Bay. Quizás nunca habría llegado a ella de no haberme empeñado en descubrir qué oculta el mito de la línea sacra de San Miguel, la que supuestamente trazó la espada del arcángel cuando envió al diablo a los infiernos. Este montículo es el segundo hito de la legendaria línea que tiene su inicio en un lugar inhóspito y extraordinario: la isla irlandesa de Skellig Michael.


Cornualles nos recibió a mediados de octubre con cielos grises, nublados, con una atmósfera aquejada de una neblina casi imperceptible, pero que difuminaba los detalles y las siluetas del paisaje. Nuestro destino era Mount’s Bay o, con más precisión, la mítica isla mareal de St Michael’s Mount que es la que da nombre a la bahía. La visión de la isla mareal había durado apenas unos segundos cuando en un traqueteo del tren que nos llevaba desde Londres a Penzance sacudió también mi sopor. La imagen que obtuve, un relámpago de tiempo, fue la única real que había en mi memoria cuando, ya de noche, nos acercamos hasta el borde del mar. La oscuridad lo cubría todo y la luz artificial no dibujaba los bordes de la bahía. Detrás teníamos la mortecina claridad de los andenes de la estación de tren de Penzance, que ni siquiera llegaba a la playa, aunque ayudaba a sospechar, más que a ver, la espuma de las olas rompiendo en la orilla. Más allá el mar se sumergía en la oscuridad absoluta. Sabíamos que estaba allí porque lo oíamos. Para ver el cerro que había motivado nuestro viaje a Cornualles tuve que proyectar en una pantalla negra e infinita el relámpago grabado desde el tren en mi memoria. St Michael’s Mount estaba allí, a menos de cuatro kilómetros de nuestros ojos. Había esperado encontrar un monte coronado por una construcción iluminada y solo veía tinieblas, si las tinieblas se pueden ver. Tuvimos que esperar hasta la mañana siguiente para contemplar St Michael’s Mount y la bahía.

Lo que por la noche la oscuridad ocultaba era todo lo que había más allá de la tierra: el mar. Durante el día, lo que siempre oculta este son los restos de un bosque que hace miles de años ocupaba lo que ahora cubre el agua. Al este, a pocos kilómetros, se mostró ante nosotros St Michael’s Mount en cuanto comenzamos a caminar por el sendero de la costa. La difusa neblina desaliñaba las líneas y los detalles, pero ya estábamos a un paseo del destino de nuestro viaje. Hacia el sur, a nuestra derecha mientras avanzábamos hacia la isla mareal o de frente cuando nos parábamos a contemplar la bahía, se abría el mar que en sus profundidades oculta el bosque sumergido más grande de Cornualles. No lo veíamos, sin embargo pudimos evocarlo durante todo el recorrido entre Penzance y Marazion, desde donde accederíamos a St Michael’s Mount.

Un bosque sumergido

La artista Emma Smith(1), con la colaboración y la participación activa de numerosos residentes de West Penwith, ideó una instalación permanente que con sus 85 esculturas de madera invoca el bosque sumergido en Mount’s Bay(2). En ocho puntos entre Penzance y Marazion puedes parar para apoyarte en una de las esculturas mientras imaginas el bosque, para enmarcar St Michael’s Mount en el hueco de alguna de ellas, para llevar la mirada al horizonte imaginando el corredor terrestre que hace muchos miles de años conectaba esta tierra con Europa… La evocación del bosque provoca que la isla mareal de St Michael’s Mount desaparezca; deja de ser un elemento aislado, ya no es un promontorio que atrae la atención, ya no es tan sugerente como para residenciar allí milagros fascinantes. De seguir existiendo el bosque, San Miguel no atraería a nadie hasta aquí; no habría isla mareal ni el monte destacaría, a no ser que caminases hacia él desde el sur o el suroeste, donde ahora solo hay mar. Hace cuatro milenios los blanquecinos acantilados meridionales sobresalían sobre las copas del arbolado haciéndose visibles desde lejos. Su visibilidad y su alineación con otros parajes sagrados o mágicos elegidos como lugares de culto ya lo habían convertido en un santuario(3).


En West Penwith los mitos y las tradiciones orales que los mantienen vivos se apoyan en creencias mucho más viejas que el cristianismo. Para cuando San Juan relató en el Apocalipsis que Miguel y sus ángeles declararon la guerra al dragón(4), hacía varios milenios que los seres humanos habían construido megalitos en Penwith y las islas Scelly. El culto a San Miguel entre los cristianos no se popularizó hasta los siglos VI o VII, varios cientos de años después del alumbramiento del Apocalipsis. El lugar desde el que la devoción al arcángel se difundió por Europa es el monte Gárgano, uno de los hitos que se alinean en la misma línea sacra que St Michael’s Mount. Antes de que el culto a San Miguel llegase aquí, un territorio mítico había desaparecido en el mar: la isla llamada Lyonesse(5). Estaba situada, según la leyenda, frente a la costa de Cornualles, a la altura de las islas Scelly; quedó sumergida cuando el rey Arturo murió. ¿Hasta allí llegaba el bosque que ahora solo podemos evocar?

Llegar cuando el monte es isla

Poco antes de llegar a Marazion quedó a nuestra espalda el último grupo de esculturas de madera que evocaban el bosque sumergido. Frente a nosotros teníamos St Michael’s Mount rodeado en su totalidad por el mar a la hora que llegamos. Dejamos de evocar el bosque y a los legendarios Arturo y Ginebra, Merlín, Tristán e Isolda… Descendimos a la playa para no tener entre nosotros y el monte nada más que el mar, que separa la isla de la tierra firme y la individualiza intermitentemente al ritmo de las mareas.

Teníamos a algo menos de 400 metros un lugar legendario que habitualmente se compara con el Mont Saint Michel de Normandía. La comparación ha llegado al extremo de utilizar una foto de la isla mareal normanda para promocionar el turismo en St Michael’s Mount de Cornualles(6). Las comparaciones no hacen más que infravalorar uno de los elementos comparados y predispone al desdén de quien observa estos. Proyectando el recuerdo de Mont Saint Michel en St Michael’s Mount se echa en falta mucho de lo que hace deslumbrante e imponente al primero: la altura del monte acrecentada por la soberbia iglesia construida en la cumbre; el San Miguel deslumbrante del pináculo de la torre; la vasta llanura de barro, más que de arena, que lo rodea en marea baja… Pero St Michael’s Mount tiene su propio atractivo y no hay que dejarse influenciar por el recuerdo de Mont Saint Michel.

Las visitas a St Michael’s Mount y el modo de acceder al monte están regulados por los fenómenos naturales de las mareas y las estaciones. Entre el 1 de noviembre y mediados de marzo solo es posible hacerlo a pie cuando la marea no cubre el camino de adoquines de granito que une el monte con Marazion. Durante el invierno la isla solo se abre en horas y periodos seleccionados, y no se pueden visitar ni el castillo ni la iglesia integrada en él(7). A mediados de octubre, cuando nosotros llegamos, todavía funcionaban los servicios de transporte marítimo para turistas. El monte solo se abría entre las 10:00 y las 17:00. Las posibilidades de acceso a pie eran reducidas o nulas en los horarios en los que se podía visitar. En una corta y rápida travesía fuimos desde un muelle de Marazion hasta el puerto de la isla mareal. El barco cruzó por encima de la calzada de granito que, como el bosque que antes habíamos evocado, estaba oculta bajo el agua.

Las casas, los comercios y otros establecimientos turísticos se distribuyen tras el puerto y miran a Marazion, al norte de la isla mareal. Por detrás del pequeño pueblo, hacia el sur, se va elevando el monte hasta los 80 metros sobre el nivel del mar. Un castillo lo corona; dentro de este está la iglesia. Las fachadas meridionales del castillo se asoman hacia el mar sobre grises escarpes. Las paredes prolongan los cantiles y el color de estos hacia el cielo. El nombre del monte en córnico es Karrek Loos yn Koos (roca gris en el bosque). ¿Los grises acantilados fueron los que hicieron que el monte destacase en medio del bosque que antes evocábamos?

Un pasado opaco

Los arqueólogos consideran que caben pocas dudas de que en este monte, bien alzándose desde el bosque, bien desde el mar, se hayan desarrollado siempre actividades humanas(8). Sin embargo, no parece haber nada claro sobre la historia de este monte anterior al siglo V ni nada definitivo sobre la sincronía de monasterio y castillo normando. El atractivo del monte ha podido estar siempre vinculado a su singularidad, al encanto fascinante que esta le otorga, al culto y a la magia. La seducción debió crecer cuando el bosque quedó sumergido y el mar convirtió el cerro en isla, una isla mareal que a partir de entonces se convirtió en prácticamente inexpugnable.

La limitada y cambiante posibilidad de acceso por tierra debió contribuir a la fascinación, tal como hoy lo hace. Los dueños de St Michael’s Mount y National Trust aprovechan muy bien esa peculiaridad para atraer y satisfacer a los más de 350.000 visitantes que cada año acuden a esta intermitente isla. En la tienda de National Trust se pueden encontrar libros y folletos con “referencias al romántico y dramático pasado del Monte: sus legendarios gigantes, su priorato medieval, su castillo frecuentemente asediado, su casa señorial, su ajetreado puerto y su bullicioso pueblo”(9). Pero, como Peter Herring afirma en la publicación a la que hago referencia, “without excavation caution is still advised” (sin excavación, se recomienda precaución). Dice que los arqueólogos erráticos (“wandering archaeologists”) que producen tanto libro y folleto deben imaginar que todo está dicho y no hay mucho trabajo de arqueología que hacer.

Ver y, sin querer hacerlo, comparar

Subimos al castillo y recorrimos varias dependencias en su interior: pasillos, salones, biblioteca… Se exponían armas, mapas, fotos, documentos… Casi todo relacionado con la familia que es dueña del complejo desde que el coronel John St Aubyn lo compró en 1659. Uno de sus descendientes sigue teniendo allí residencia y, vinculado a National Trust, gestiona el negocio turístico de la isla. No faltan elementos sorprendentes por inesperados, como un trozo de un abrigo que Napoleón usó en la batalla de Waterloo o un gato momificado “souvenir de un viaje de algún Aubyn a Egipto”. Nada sobre San Miguel y su línea sacra, nada sobre las leyendas o los milagros que se le atribuyen hasta que llegamos a la iglesia, y no mucho en ella. La iglesia y la torre que se eleva desde esta coronan la roca sobre la que se construyeron. El templo está rodeado de dependencias del castillo medieval. Una de sus fachadas se asoma en su totalidad a la terraza norte desde la que accedimos al interior. Se trata de una iglesia de estilo gótico construida en el siglo XIV sobre otra anterior.

He dicho más arriba que al visitar St Michael’s Mount no deberíamos dejarnos influenciar por el recuerdo de Mont Saint Michel. Pero yo había llegado al monte siguiendo los hitos sobre los que se ha elaborado la leyenda de la línea sacra de San Miguel. Antes de ir, conocía la mayoría de los lugares sobre los que se sitúan dichas marcas y no pude evitar las comparaciones al entrar en la iglesia. St Michael’s Mount no tiene ni la grandeza ni el atrevimiento que hacen admirables Mont Saint Michel en Normandía y la Sacra di San Michele en el monte Pirchiriano. Tampoco puede llegar a la sorprendente audacia de Saint Michel d’Aighile (una iglesia de Le Puy en Velay) construida sobre la punta de una aguja (aunque la ubicación de esta se aparta de la línea sacra, la pequeña iglesia se reivindica en ella). Y qué decir de la complejidad de los espacios cavernarios del monte Gárgano, donde se originó la devoción a San Miguel y se empezaron a inventar las historias y milagros del ángel más agresivo. Y en cuanto a la singularidad del paisaje, nada se puede acercar a la asombrosa localización elegida para construir un monasterio como el de la isla irlandesa de Skellig Michael, a menos de 250 millas hacia el noroeste de St Michael’s Mount.

La imagen de San Miguel ni siquiera ocupa un lugar privilegiado en la iglesia de la isla mareal de Cornualles. De tamaño muy reducido está situada sobre un capitel adosado a poca altura en la parte baja del arco del tramo trasero del templo. No puede llevar allí más de 47 o 48 años ya que, si hacemos caso a la placa que acompaña al capitel, este se colocó después de 1978 tras la muerte del tercer barón de St Levan. La inscripción de la placa dice así: Capital of pilaster thought to have been part of the original monastery building placet here in memory of the THIRD LORD St LEVAN by his widow and family(10). Aquí tampoco se hace referencia a la escultura, que a mí me recordó a la moderna estatua de Paul Moroder dë Doss que hay a la entrada de la Sacra di San Michele, en el valle de Susa. No me la recordó por el tamaño, lo hizo porque la pequeña imagen de St Michael’s Mount representa, igual que aquella, a un San Miguel algo más indulgente de lo que se muestra en la mayoría sus representaciones derrotando al dragón o al diablo; mantiene la espada en alto sosteniéndola por la hoja, no por la empuñadura. El arma parece así más cruz que espada. La mano izquierda se gira con la palma hacia arriba como si tratase de ayudar o de convencer al diablo. Sin embargo, la imagen ofrece una apariencia algo inquietante por las aspereza de sus líneas y lo escabroso de todo su volumen. En la estatua de la Sacra di San Michele (colocada en 2005), de líneas más suaves y superficies más pulidas, el perfil más benigno que el habitual del arcángel es más evidente por la falta de violencia en el gesto; allí ni siquiera sujeta la espada en la mano, la tiene a un lado hincada en la roca.

Caminar por una calzada sumergida

Abandonamos la iglesia y el castillo. En el descenso hacia el pequeño poblado y el puerto volvimos a pasar por alguna terraza con una batería de cañones y al lado de algunas garitas de vigilancia construidas con sillares de granito. Recorrimos de nuevo la escalera de los peregrinos y, apenas esbozada en un par de carteles, una leyenda, a la que no habíamos prestado atención cuando ascendíamos, se insinuó a nuestro paso: la de una gigantesca y espantosa bestia que habitaba el monte y aterrorizaba los territorios circundantes; el pozo del gigante y una piedra de la que se asegura que fue su corazón son las reliquias que cimentan el mito de la bestia y el de Jack el Matagigantes(11), y sitúan en el monte una de las más importantes hazañas del joven Jack.

En el poblado esperamos a que la marea bajase lo suficiente como para dejar al descubierto todo el camino de adoquines de granito que une Marazion con el monte. La calzada estuvo cubierta por el agua hasta muy poco antes de la hora de cierre de la isla, pero pudimos volver a Marazion por ella. Para llegar a Pensanze recorrimos de nuevo el sendero costero. Paramos en cada uno de los lugares en los que las figuras elaboradas por Emma Smith evocan el bosque sumergido, ocho sitios desde los que volvimos la mirada hacia St Michael’s Mount. El sol se acercaba al horizonte y, cuando las nubes se lo permitían, iluminaba el monte desde donde estuvo el bosque antes de que el mar lo cubriese.

Volvimos a Marazion algunos días más tarde. No visitaríamos de nuevo el castillo y la abadía, pero queríamos llegar a la isla por la calzada de granito y observar como se convertía en isla lo que, cada día, es península durante algunas horas. Durante el tiempo que estuvimos en Cornualles, los periodos de tiempo en los que poder acceder a pie a la isla mareal o no coincidían con el horario de visita o eran muy cortos. Cuando llegamos a Marazion apenas quedaba media hora para transitar por la calzada. Mientras caminábamos hacia St Michael’s Mount el agua ya golpeaba con suavidad los bordes del camino en algunos tramos; cuando volvíamos, tras un corto paseo por el poblado cercano al puerto, el mar fue cubriendo la mayor parte de la calzada y tuvimos que caminar sobre el agua. En lo alto de una roca de la playa de Marazion nos sentamos para tratar de secar al sol nuestro calzado. Pudimos observar cómo el mar rodeaba el monte en su totalidad y lo separaba de la tierra. Tuvimos que abandonar la roca en la que estábamos porque el mar también la acabaría tragando.

Los milagros de San Miguel (12)

En Marazion hay una iglesia diseñada en el siglo XIX por el arquitecto James Piers St Aubin(13), de la familia de los dueños de St Michael’s Mount; era primo del entonces Lord St Levan de St Michael's Mount. La iglesia, que sustituía a otra, se consagró en 1861 y está dedicada a Todos los Santos, no a San Miguel. Fue en 2016 cuando el templo se adornó con una pintura de la artista Zoe Cameron en la que el tema principal, no el único, es un supuesto milagro de San Miguel. Dicho milagro consistió en que el ángel alertó a unos pescadores del peligro que corrían durante una tempestad y los envió a que se protegiesen en en la costa de la isla mareal. A cambio les pidió que construyesen una iglesia en ella.

Para que San Miguel pudiese establecerse como patrón o protector en los lugares más emblemáticos en los que logró hacerlo, tuvo que competir, superar y sustituir otros mitos y leyendas. Como se trata de un espíritu no puede haber vestigios físicos de su paso por esos lugares, a pesar de que en algunas iglesias se hayan venerado reliquias de San Miguel, como alguna supuesta pluma del ángel. Hubo que recurrir a los milagros. El de St Michael’s Mount no es un milagro tan increíble como otros que se le atribuyen; no es inconcebible que quienes creyéndose seguros de perecer y logran sobrevivir atribuyan su salvación a un milagro. Aquel prodigioso salvamento justificó la construcción de una iglesia en la cumbre del monte y la apropiación de mitos ancestrales.

En la mayoría de las atracciones turísticas, la atmósfera que envuelve la visita de quien acude a ellas está provocada, en muy buena medida, por la promoción de la atracción. En St Michael’s Mount no hay nada tangible que se pueda atribuir a San Miguel. En cambio, las hazañas de Jack el Matagigantes se pueden imaginar al ver el gran corazón convertido en piedra del gigante que mató en la isla; también al pasar junto al pozo en el que supuestamente lo arrojó. La exhibición de la historia de los dueños del complejo, de sus viajes, su poder y su manera de vivir dejan también en un segundo plano las leyendas sobre San Miguel. Una buena y repetida propaganda consigue que quien va a verla vea lo que hay que ver(14). Que San Miguel no sobresalga en la atmósfera que envuelve la visita a la isla mareal, se puede deber a que entre lo que se viene a ver hay cosas mucho más atractivas, tangibles y, sobre todo, más fotogénicas.




1 https://www.emma-smith.com/about/

2 https://newlynartgallery.co.uk/activities/gwelen/

3 https://www.ancientpenwith.org/cliffcastles.html

4 Apocalipsis 12:7-9

5 Page, M. y Ingpen, R. (1988). Enciclopedia de las cosas que nunca existieron (p. 126). Anaya.
[ En pdf: https://ia600608.us.archive.org/26/items/EnciclopediaDeLasCosasQueNuncaExistieron1988/Enciclopedia%20de%20las%20cosas%20que%20nunca%20existieron%20-%201988.pdf ]

6 https://www.traveler.es/articulos/st-michaels-mount-cornualles-que-hacer-que-ver

7 https://stmichaelsmount.co.uk/plan-your-visit/opening-times-2025-26/

8 Herring, P. (1993). St Michael's Mount: recent and future work. Cornish Archaeology, 32 (pp 153–159). Se puede descargar en pdf desde: https://cornisharchaeology.org.uk/2022/08/19/volume-32-1993/

9 Idem. “...mainly through reference to the Mount's romantic and dramatic past: its legendary Giants, medieval priory, oft-besieged castle, stately home, busy harbour and bustling village”.
 
10 “Capitel de pilastra que se cree que formó parte del edificio original del monasterio, colocado aquí en memoria del TERCER SEÑOR ST LEVAN por su viuda y su familia”. Sobre Barón St Levan ver: https://en.wikipedia.org/wiki/Baron_St_Levan

11 https://www.haunted-britain.com/st_michael's_mount.htm

12 https://es.wikipedia.org/wiki/Liber_de_apparitione_Sancti_Michaelis

13 Newberry, Patrick John (2022) The Life and Works of James Piers St Aubyn, Architect (1815-1895). Doctoral thesis, The University Of Buckingham (pp 143-148).
Para descargar pdf:
https://bear.buckingham.ac.uk/642/1/1507089%20Newberry%2C%20Patrick%20-%20Thesis%20.pdf

14 Se atribuye a Chesterton la frase: El viajero ve lo que ve, el turista ve lo que vino a ver.



Y la luz se hizo

Rodas.                         En el tránsito entre el Sábado Santo y el Domingo de Resurrección la luz salió de la iglesia de la Anunciació...