2026/06/02

Rodas. La isla del Sol

 


Llegando en barco al puerto de Rodas podemos imaginar la imagen del dios Helios elevándose sobre la bocana del puerto con un pie en el extremo de cada uno de los diques entre los que se abre la entrada. La mitología y relatos históricos fabulosos excitan la imaginación y nos hacen situarlo allí, aunque no fuese ese el lugar desde el que brilló su imagen como un deslumbrante faro diurno(1).

El Coloso de Rodas, una de las siete maravillas de la antigüedad, era la representación de Helios, la personificación del Sol. Venerado en Rodas como su protector y patrón, cada año se celebraban las Halieya, fiestas en su honor en las que había procesiones, juegos atléticos y un espectacular sacrificio ofrecido a la deidad. Este consistía en arrojar al mar una cuadriga tirada por cuatro caballos blancos. Era la representación del carro en el que el dios de la luz atravesaba el cielo cada día alumbrando a los mortales.

En Efesíacas, Jenofonte sitúa a sus enamorados protagonistas en Rodas en momentos en los que la ciudad celebraba las Halieya(2):

...había una magnífica fiesta pública en la que los rodios celebraban a Helios, y había procesión, sacrificios y muchedumbres de ciudadanos que celebraban la fiesta.

Tan orgullosos estaban los rodios del dios más querido por ellos, y tan agradecidos de su protección, que levantaron en su honor una estatua de brillante bronce. Por su tamaño y brillo tuvo que ser visible desde muy lejos para quienes navegaban hacia Rodas. Nosotros no podremos ver su resplandor. ¿Podremos al menos encontrar el sitio en el que se mantuvo en pie durante algunas décadas?

Quienes tampoco pudieron contemplar la gigantesca estatua del coloso en pie ni sus destellos fueron Antía y Habrácomes, los protagonistas de la historia de amor de Jenofonte. El coloso no permaneció sobre su pedestal más de 60 años; un terremoto lo derribó en 226 a.C., varios siglos antes de que Jenofonte situase a los amantes de Efesíacas en Rodas.

Tampoco brilló el coloso para los soldodos que volvieron de la guerra de Troya, si es que alguno lo hizo, porque, cuando aquella se produjo, aún faltaba un milenio para que el escultor Cares de Lindos hiciese la escultura. La Ilíada nos cuenta que los orgullosos rodios enviaron a Troya nueve naves(3). Las comandaba Tlepólemo y se ordenaban en tres grupos, uno por cada ciudad estado de la isla: Lindos, Ialisos y Camiro. Tlepólemo murió en Troya; setenta versos de la Ilíada(4) relatan el combate que sostuvo con Sarpedón, comandante de los licios. De quienes le acompañaron en aquellas naves nada se cuenta. Las gestas nunca se atribuyen a quienes acompañan al héroe; por muy necesarios que sean, son prescindibles en el relato.

Según Eratóstenes aquella guerra, que duró diez años, finalizó en el año 1184 a.C. Faltaban más de siete siglos para que las tres ciudades estado se uniesen formando una unidad política y fundasen la ciudad de Rodas (408 a.C.). El puerto de esta se convirtió en el principal de la isla. Durante la época arcaica, antes de la unificación de Lindos, Ialisos y Camiro, la navegación y el comercio ya eran sectores fundamentales.

Cuando Alejandro Magno murió y su imperio quedó dividido entre sus generales, Rodas estuvo del lado de Ptolomeo, que gobernaba Egipto. Demetrio I de Macedonia ‒hijo de Antígono, el más ambicioso de los generales de Alejandro y principal rival de Ptolomeo‒ sitió Rodas durante un año, pero no consiguió someterla. Demetrio se ganó el apelativo de Poliorcetes, sitiador de ciudades, por las enormes máquinas de guerra que utilizaba. Cuando se retiró de Rodas dejó abandonadas sus torres de asedio. Los rodios las vendieron. Con el dinero obtenido y el hierro y bronce fundidos se hizo el Coloso de Rodas.

Cuando el Imperio Romano se implantó en la Hélade, Rodas fue una aliada de Roma y, como tal, aprovechó su amistad con los poderes imperiales para mantener su independencia y su influencia en el Mediterráneo; llevó su apogeo comercial y marítimo a lo más alto(5). Pero cuando su independencia dejó de ser útil para los intereses del imperio, quedó integrada y sometida a Roma. Después, el Imperio Bizantino relevó al romano, la Orden de los Caballeros de Jerusalén sustituyó a Bizancio y el Imperio Otomano la ocupó durante casi cuatro siglos. Antes de quedar integrada en Grecia en 1948, fue el reino de Italia quien la ocupo. Desde entonces, la invade sobre todo el turismo.

Como turistas cumplidores con lo que de ellos se espera, nos disponemos a ver lo que hay que ver(6) en la más nueva que vieja ciudad de Rodas. Iniciamos un paseo en el extremo norte de la ciudad y de la isla, a la orilla del mar, junto al acuario construido muy entrado ya el siglo XX. Prácticamente todo lo que vemos mientras recorremos el paseo costero son construcciones levantadas durante la ocupación italiana. Antes de llegar al puerto de Mandraki, una de las excepciones es la mezquita y el cementerio otomano de Murat Reis; ambos, que parecen abandonados, piden a gritos una profunda rehabilitación. Llegamos al puerto por la plaza Kountuorioti. En los espigones de la bocana dos columnas reciben a quien entra en el puerto; la del espigón occidental sostiene en lo alto un ciervo, la del oriental una cierva. No es posible imaginarse el coloso con los pies apoyados donde se encuentran las columnas, a no ser que lo concibas de un tamaño muchas veces superior al que se le atribuye; la altura del coloso era de unos 33 m de alto, considerablemente menor que la distancia que separa el extremo de los espigones entre los que se abre la bocana. Donde sí lo sitúan algunos investigadores es en el extremo del muelle oriental del puerto en el lugar que ocupa la torre o fortaleza de San Nicolás; esta fue construida por la Orden de los Caballeros de San Juan.

La Orden de los Caballeros de San Juan ocupó Rodas algo más de dos siglos (1309-1522). Las murallas que hoy atravesamos para entrar en la ciudad medieval, numerosos palacios dentro de ella, iglesias y el imponente Palacio del Gran Maestre se deben a aquella orden militar. Pero no todo lo que en el interior de la murallas podemos ver es lo que originalmente construyeron los Caballeros Hospitalarios. Ya en el siglo XX, los italianos rehabilitaron profundamente la ciudad medieval, para muchos con un acierto cuestionable. En una página de rhodesprivatetours.com(7), una sitio web con información sobre Rodas, se puede leer:

Durante los años de la ocupación, los italianos llevaron a cabo, aprovechando la mano de obra local casi gratuita, un extenso programa de restauraciones. (…) Los métodos de restauración que utilizaron son objeto de una encarnizada crítica en la actualidad.

Pero los trabajos de restauración (y los de modernización y nuevas construcciones fuera de la ciudad medieval) de los italianos no respondieron a los mismos criterios durante todo el periodo de ocupación(8). Durante las dos primeras décadas, los arquitectos encargados de la rehabilitación de la ciudad habían optado por adoptar elementos orientales de la arquitectura local y conservar monumentos de la época otomana. Italia quiso convertir Rodas en el escaparate de su imperio colonial. Según Valerie McGuire(9) se planeó un programa para reinventar Rodas con edificios e instalaciones modernas, pero también con la restauración de monumentos históricos. Entre sus objetivos estaba el de ofrecer al turismo una imagen multicultural de la isla, que la vinculaba al pasado, y contraponerla con otra que fuese el reflejo de la modernidad de la metrópoli fascista. Se quería conseguir, además, la legitimación de la ocupación del Egeo y desviar las reivindicaciones griegas sobre las islas. La población de Rodas era griega en su mayoría, pero Italia no consideraba griegas a las islas del Dodecaneso sino una parte de su imperio colonial. Quisieron italianizar Rodas y convertirla en un escaparate de la cultura italiana y del pasado romano. Algunos periodos históricos de Rodas servían mejor que otros para legitimar el derecho de Italia sobre las islas del Dodecaneso. La romanización durante el Imperio Romano y la ocupación durante algo más de dos siglos por parte de los Caballeros de San Juan eran mejor coartada para el Imperio Colonial Italiano que los periodos helenístico, bizantino u otomano. Sobre esto, dice Valerie McGuire, es necesario destacar que la arquitectura medieval de los Caballeros de San Juan fue uno de los primeros distintivos del pasado cristiano que los arquitectos italianos se apresuraron a reinterpretar(10).

La primera vez que entramos en el recinto medieval lo hicimos por la puerta de Eleftherias o Puerta de la Libertad. Esta puerta, que se abre en la muralla y se integra perfectamente en ella, no la construyeron los Caballeros de San Juan; la abrieron los italianos en 1924 cuando ya estaba en el poder el régimen fascista. Un espectador despistado, como lo éramos nosotros cuando atravesamos la puerta y vimos su nombre en caracteres griegos, podría pensar que esa denominación hace referencia al sentimiento que los rodios (o los griegos por extensión) pudieron sentir al liberarse del dominio de alguna de las potencias o imperios que ocuparon la isla a lo largo de la historia. Y sí, hace referencia al fin del dominio del Imperio Otomano, pero la libertad que se celebra nada tiene que ver con lo heleno sino con lo romano: el Imperio Colonial Italiano es quien se adjudica la liberación del Imperio Otomano tras la victoria de Italia en la guerra italo-turca.

Conscientes de todo lo anterior nos adentramos en la ciudad medieval de Rodas. El domingo de Pascua, una fiesta importantísima para los ortodoxos, no encontramos ningún monumento, museo o edificio histórico abierto. Llegamos a la plaza de Symi donde están las ruinas del templo de Venus. El entorno medieval de la época de los Caballeros de San Juan y las remodelaciones de los italianos no contribuyen a que el templo despunte.

Dejándonos guiar por informaciones consultadas en Internet(11) por los carteles informativos de los edificios importantes y por el atractivo o la espectacularidad de fachadas, torres y calles recorremos un espacio ocupado por turistas como nosotros y, como la del domingo de Pascua es una fiesta que los ortodoxos celebran y santifican, con muchos comercios y servicios turísticos cerrados. Pasamos junto a la iglesia de Panagia tou Kastrou (Virgen del Castillo) y enseguida, a la altura del antiguo Hospital de los Caballeros, que ahora es Museo Arqueológico, iniciamos el ascenso por la calle Ippoton hasta llegar al palacio del Gran Maestre. El palacio está en lo alto de la ciudad amurallada. Hay arqueólogos e historiadores que sitúan el Coloso de Rodas aquí, un milenio y medio antes de que los Caballeros de Jerusalén se apoderasen de Rodas.

Seguimos la calle más alta de la ciudad medieval hasta salir por la puerta d’Amboise. Atravesamos el puente por el que se llega a la ciudad moderna y volvemos a entrar por el mismo sitio. Continuamos paseando por el bonito, acogedor y ancho pasaje a espaldas del palacio del Gran Maestre y por el barrio turco en lo alto de la ciudad. Dos hitos imprescindibles son la Torre del Reloj y la mezquita de Solimán. El esbelto minarete de esta, con dos plataformas circulares para los muecines, se eleva esbelto muy por encima de la cúpula semiesférica de la mezquita. Descendemos por la calle Socratous hasta la plaza Hipocratous. A los lados de la calle hay numerosas tiendas; muy
pocas estaban abiertas. En el centro de la plaza una fuente de mármol, remodelada durante la ocupación italiana, congrega a su alrededor cafeterías y terrazas para solaz de turistas; las escaleras de la biblioteca municipal son también un buen lugar para sentarse al sol y contemplar la fuente, la plaza y el paisanaje.

Más adelante, siguiendo por la calle Aristotelous y tras pasar la plaza de los Mártires Judíos, llegamos a las ruinas de la iglesia de nuestra Señora de la Merced. Sus tres ábsides y el espacio que ocupaba el templo son también un lugar donde descansar del lento paseo mientras se toma el sol. Muy cerca está la puerta de la Virgen. Esta tampoco estaba en las murallas construidas por los Caballeros de San Juan; la proyectaron los italianos para facilitar el tráfico de vehículos, aunque fue la administración griega quien la abrió en 1955(12). Por ella salimos de la ciudad antigua.

Volvimos algunos días más tarde para recorrer sus calles y entrar en algunos de los edificios de los que solo habíamos visto sus fachadas. El primero que visitamos fue la iglesia de Nuestra Señora del Castillo. Se construyó en el siglo XI y fue catedral ortodoxa. Poco antes de que los Caballeros de Jerusalén ocuparan la isla, un terremoto produjo importantes daños en la iglesia. Los nuevos dueños la transformaron en una basílica de tres naves y pasó a ser una iglesia de culto latino. Después, los otomanos la convirtieron en mezquita. En la actualidad está vacía y las paredes están desnudas; no hay mobiliario, ni ornamentación, ni elementos de culto; solo una exposición de iconos en la nave derecha y su ábside pueden atraer la mirada de quien al entrar queda absorto al contemplar el vacío encerrado en tres naves góticas; la desnudez de sus muros y sus bóvedas contribuye a engrandecer el espacio y elevar las bóvedas nervadas. Que no haya nadie en la iglesia mientras permaneces en ella agiganta su espacio y te empequeñece a ti.


Al otro lado de la calle, casi enfrente de la iglesia de Nuestra Señora del Castillo, se encuentra el museo arqueológico de Rodas. Se trata de un monumental y admirable edificio construido en el siglo XV que fue hospital de los Caballeros de Jerusalén. Como la iglesia, también el hospital se ha destinado a funciones diferentes dependiendo de quién ocupaba y gobernaba la isla; con los otomanos buena parte de él se convirtió en depósito de armas, aunque también fue hospital militar; los italianos lo restauraron y lo dedicaron a museo, la misma función que hoy tiene. En sus salas se exponen numerosos objetos, esculturas y elementos arquitectónicos de Rodas, de las tres ciudades estado que se unieron para fundarla y de otras islas del Dodecaneso. Destaca la imagen de Afrodita agachada (algo de lo que el turista ha venido a ver); con una rodilla en tierra levanta las manos y separa del cuerpo los cabellos para secarlos. La sala más grande no reúne esculturas ni otras obras de arte o restos arqueológicos, a excepción de varias losas funerarias pegadas a sus paredes laterales. Ocho pilares octogonales dividen la sala en dos naves diáfanas y sin divisiones; no hay nada que impida deambular por el recinto y, como en la iglesia de Nuestra Señora del Castillo, el vacío contribuye a la percepción del lugar como algo enorme. Los italianos restauraron el hospital para convertirlo en museo, pero hay elementos que se construyeron ex novo; uno de ellos es la escalera monumental sin barandilla que conecta el patio, que está rodeado de galerías abovedadas, con la galería de la primera planta. 

La fachada norte del complejo en el que está el museo arqueológico forma parte de la calle Ippoton o de los Caballeros. Se dice de ella que es la calle medieval mejor conservada de Europa. Mientras la recorremos para llegar al palacio del Gran Maestre en la parte alta de la ciudadela, no nos esforzamos en distinguir entre la piedra original y la finta pietra, una piedra o cemento coloreado que imita la utilizada para levantar los edificios medievales. En esta calle debe abundar. Los italianos reconstruyeron y restauraron edificios, fachadas, arcos y pavimento de la que debió ser la arteria principal de Rodas para devolverle su aspecto medieval. En ella estaban la mayoría de las posadas o albergues de los caballeros, que se agrupaban y organizaban por las lenguas de las ocho naciones de las que procedían.

El palacio del Gran Maestre acabó muy arruinado tras una explosión accidental de un polvorín otomano. Aquella explosión destruyó también la iglesia gótica de San Juan cercana al palacio. Para la reconstrucción de este los italianos utilizaron elementos originales, piedra nueva de canteras locales y técnicas de imitación como la finta pietra. Aunque mantuvieron la ubicación y el aspecto originales, trastocaron la estructura y la distribución de sus dependencias. En Italia y en su imperio colonial gobernaba el fascismo. Los objetivos y deseos de la monarquía y del fascismo se adivinan con claridad en el texto de la placa conmemorativa de la inauguración que hay a la entrada del enorme patio:

Durante el reinado de Su Majestad Víctor Manuel III, Rey de Italia y Albania, Emperador de Etiopía y siendo líder del fascismo y jefe de gobierno Benito Musolini, César María de Vecchi, Condes de Val Cismon, Gobernador de las Islas Italianas del Egeo Occidental, este antiguo castillo, construido por los Caballeros de San Juan en las inviolables costas romanas, sede del gobierno, ciudadela de la fortaleza de la ley y la religión de Roma, será restaurado y reconstituido, devolviendo poder y esplendor a su renovada historia. En el año del Señor de 1940, XVIII de la era fascista(13).

La reconstrucción del palacio se diseñó para convertirlo en una residencia de lujo para Víctor Manuel III y Musolini(14). Pero el poder y el esplendor de monarquía y fascismo duraron poco; el fascismo fue derrotado y los italianos se libraron de la monarquía en 1946 mediante un referéndum.

Volvimos un día más a la ciudad medieval para pasear por ella. Entramos por la puerta de de la Marina. Solo la calzada asfaltada que discurre al norte de las murallas separa estas del puerto comercial. Desde el borde del muelle, habilitado con un pasaje de madera al otro lado de la carretera, no hay espacio para observar de una sola mirada el conjunto defensivo. La propia puerta, el acceso al interior de la ciudad, queda empequeñecida por el impresionante tamaño de las dos torres que la flanquean. El que en otro tiempo tuvo que parecer un acceso inexpugnable a quien llegase a él desde el mar es el hoy el primero por el que los turistas que llegan en grandes cruceros invaden la ciudad medieval.

Llegamos por calles estrechas hasta la plaza Dorieus en busca de la mezquita de Recep Pasha y la iglesia de San Fanurio. En la plaza, apartada del centro y de las calles más frecuentadas, hay algunos árboles que extienden sus ramas sobre las terrazas de algunas tabernas. La mezquita y la fuente contigua a ella confieren a la plaza un aspecto oriental. La iglesia de San Fanurio, con entrada en la calle del mismo nombre, está al oeste y no se accede a ella desde la plaza. Es una iglesia construida en el siglo XII, transformada en mezquita por los otomanos y ahora en una oscura iglesia ortodoxa. Desde fuera nada impresiona, su entrada es anodina. Las paredes de la nave, que vista desde el nártex parece un túnel oscuro, están cubiertas de frescos oscurecidos por la humedad.


A medida que nos alejamos hacia el norte para llegar a la parte más alta del recinto medieval, las calles están cada vez más concurridas. Por detrás del palacio del Gran Maestre llegamos a la puerta d’Amboise y salimos a la ciudad nueva para ascender hasta la antigua acrópolis de Rodas. Quizás allí encontremos el lugar en el que se alzó el Coloso de Rodas, la gigantesca imagen de Helios.


(1) Spinelli, A., Lapatin, K., & Daehner, J.M. (2017). Artistry in BronzeThe Greeks and Their Legacy XIXth International Congress on Ancient Bronzes. Getty Publications. https://muse.jhu.edu/book/74914.
Según Ursula Vedder, de la Comisión de Historia Antigua y Epigrafía del Instituto Arqueológico Alemán de Múnich, el coloso pudo estar situado junto al templo de Helios en la acrópolis de Rodas. Un trabajo de esta autora sobre el modo en el que pudo ser fundido el bronce para la estatua se puede leer aquí: https://muse.jhu.edu/pub/331/edited_volume/chapter/2593189

(2) Jenofonte de Éfeso (1979). Efesíacas. Traducción de Julia Mendoza. Madrid: Editorial Gredos.
En una nota de esta edición (p. 306) se dice que las fiestas se celebraban cada cada cuatro años, con juegos gimnásticos y musicales y una gran procesión.

(3) Ilíada II. 653-658

(4) Ilíada V. 628-698.

(5) Aragón Perez, Alberto. Rodas desde el el siglo IV a.C. hasta la conquista de Roma. En Ab Initio (2012), revista digital para estudiantes de Historia Vol. 3 Núm. 6, pp. 3-28.
Consultado en: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3959263

(6) Se atribuye a Chesterton la frase: El viajero ve lo que ve, el turista ve lo que ha venido a ver.

(8) McGuire, V. (2018). Bringing the Empire Home: Italian Fascism’s Mediterranean Tour of Rhodes. California Italian Studies, 8(2). http://dx.doi.org/10.5070/C382038749
Obtenido de: https://escholarship.org/uc/item/9kd9m5tk
L'anno del signore 1940, xviii dele era fascista

(9) McGuire, V. op. cit.:”The local administration, under the direction of Mario Lago (governor of the islands from 1923–36), planned an ambitious program to reinvent Rhodes through state-of-he-art amenities as well as restoration of the island’s historical monuments, which included architecture and artwork from the Hellenistic, Roman, Christian Crusader, and Ottoman periods”. (pp. 1 y 2)

(10) McGuire, V. op. cit.

(12) nuevatribuna.es (página citada)

(13)   regnando sua maesta vittorio Emanuele iii re d'italia e di albania imperatore di etiopia e sendo duce del fascismo capo del gobernbenito musolini cesare maria de vecchi coniti di val cismon gobernatore delle isoli italiani di il egeo ovesto antico castiglio edificato dai caivaleri di san giovanni sopra inviolati balvardi romani sede del goberno citadella della fortaleza difesa della civilta occidentale del diritto e della religione di roma restavro e ricostitui ridonando potenza e splendore a la sua estoria rinovata.


2026/05/30

Y la luz se hizo

Rodas.                        

En el tránsito entre el Sábado Santo y el Domingo de Resurrección la luz salió de la iglesia de la Anunciación (Eκκλησία του Ευαγγελισμού), se extendió por la calle Eleftherias y la plaza del mismo nombre y estalló sobre el agua y los barcos del puerto de Mandraki.

Llegamos a Rodas para navegar desde allí hasta la isla de Symi, donde yo iba a dar por terminado el viaje a lo largo de la Línea Sacra de San Miguel. Si antes de llegar a Rodas habíamos pensado en celebraciones y festividades, estas nada tenían que ver con fiestas y rituales cristianos. Esperábamos poder recorrer los lugares en los que se celebraban las Halieia, fiestas con las que los rodios homenajeaban a Helios, patrón de la isla y dios de la luz. Las Halieia ya se conmemoraban cinco, seis, o siete siglos antes de que otras creencias adjudicasen a otro dios la victoria sobre las tinieblas, a un dios mucho más exigente para sus creyentes por reivindicarse como único y, por más exigente, menos festivo. Sin embargo, llegamos a Rodas en el momento de una de las festividades cristianas más importantes. En la recepción del hotel donde nos alojamos nos obsequiaron con una vela y nos invitaron a participar en la vigilia pascual de alguna de las iglesias de la ciudad. Elegimos la de la Anunciación por ser la catedral, estar junto al puerto y porque a media noche habría fuegos artificiales.

Llegamos con mucha antelación a las proximidades de la catedral. Desde nuestro alojamiento, no tuvimos más que seguir a las familias y grupos de personas que caminaban con velas hacia el puerto. Todavía circulaban coches por la calle Eleftherias, pero la gente ya ocupaba buena parte de la plaza, la terraza del edificio de correos (a la que se accede por dos escaleras laterales) y la acera que hay bajo ella. La calzada no tardaría en llenarse. Nos situamos en lo alto de las escaleras de la Fontana Grande, pegados al pilón en forma de cruz y frente a la fachada principal de la iglesia.

La megafonía lanzaba hacia la plaza y el puerto el canto monocorde de la liturgia que se desarrollaba dentro de la iglesia. En un momento dado la luz del templo se apagó. Minutos más tarde comenzaron a salir hacia la multitud candelas encendidas de las que los fieles de la plaza tomaban el fuego para las suyas. Unas llamas generaban otras para que el origen de todas ellas fuese solo uno.

Esta tradición del Fuego Sagrado está muy arraigada en todo el mundo ortodoxo. La fórmula canónica más perfecta para celebrar esta ceremonia del Fuego Sagrado y la Pascua de Resurrección exigiría esperar a que el fuego que se genera la tarde del Sábado Santo en el Santo Sepulcro(1), supuestamente de manera milagrosa, llegase a cada iglesia ortodoxa. Antiguamente se llevaba desde Jerusalén al resto del mundo ortodoxo en barcos, mulas y caravanas de camellos(2). Ahora se envía en vuelos chárter a Atenas, Moscú y otras iglesias autocéfalas. Cuando esto es difícil o materialmente imposible (supongo que para la mayoría de las iglesias lo será) el fuego, la llama inicial, se puede conseguir de otra manera; por ejemplo, utilizando la que se ha conservado durante todo el año con velas o cirios que han ido sustituyendo unos a otros. Sobre el supuesto milagro que cada Sábado Santo se produce en la presunta sepultura de Cristo hay referencias desde el siglo IX; sin embargo, muy pronto se empezó a denunciar el acontecimiento como engaño o fraude escandaloso. Se convirtió en milagro lo que no era más que una simple bendición de la luz acompañada de toda su parafernalia litúrgica y se promovió la creencia de que el prodigio se repite realmente cada año; una celebración conmemorativa a la que la magia atrae muchos más peregrinos que si solo se presentase como una serie de gestos rituales que se pueden reproducir en cualquier iglesia(3).

Cuando las llamas empezaban a multiplicarse desde la puerta de la iglesia, las campanas de la torre contigua ya estaban sonando y fuegos artificiales lanzados desde los muelles orientales del puerto estallaron en el cielo nocturno. Cascadas de luz, gigantescas palmeras y explosiones de bengalas que estallaban esparciendo diminutas estrellas llenaban el cielo y se reflejaban en el agua del puerto. Mientras, los oficiantes de la liturgia pascual salieron de la iglesia, ya iluminada, para dirigirse a un estrado contiguo a la Fontana Grande en la que estábamos. Pasaron entre una decena de soldados en posición de firmes y una banda de música a la que pocas oportunidades de actuar dieron durante toda la ceremonia. Los sacerdotes vestían dalmáticas doradas. Uno de ellos llevaba un icono que mostraba a los fieles. El tocado del oficiante principal era una corona dorada y de brillantes. Les siguieron hasta la tribuna varias decenas de hombres, unos vestidos de civil y otros con uniforme militar o de policía. Ni una sola mujer subió al estrado con ellos. Cantaron algunos salmos, a los que muchos fieles respondían, el oficiante principal pronunció un corto sermón y volvieron a la iglesia, en la que la liturgia pascual todavía duraría algunas horas más.

Abandonamos la plaza cuando esta se fue vaciando, pero antes de marchar entramos a la iglesia con mucha dificultad porque estaba abarrotada. La iluminación era tan grande que dentro parecía de día. El oficiante principal, probablemente el metropolitano, estaba de pie junto a un sitial de respaldo alto y mármol blanco, tan blanco que la luz que se reflejaba en él hacía destacar el lujoso hábito talar del prelado y la valiosa, brillante y dorada corona que cubría su cabeza. Aquella iluminación permitía llegar al último detalle de los frescos que cubrían todas las paredes. En la iglesia no cabían más fieles y deambular por ella era imposible. Los infieles nos fuimos.

El lunes volvimos a la catedral para observarla sin la multitud que la abarrotaba la noche pascual. A pesar de las numerosas lámparas de cristal, la iluminación era mucho más débil que la que lucía en el mismo inicio de la Pascua. Toda la decoración de la iglesia es de estilo bizantino, aunque apenas tiene un siglo de existencia. Se construyó entre 1924 y 1929, durante la ocupación italiana (1912-1947). Fue una iglesia católica, dedicada a San Juan, hasta que en 1948, Rodas quedó definitivamente vinculada a Grecia, como el resto del Dodecaneso. A partir de entonces el templo se convirtió en una iglesia ortodoxa dedicada a la Anunciación de la Virgen y consagrada como catedral(4). La Italia ocupante quiso reproducir en esta iglesia otra medieval de la Orden de los Caballeros de San Juan; aquella se encontraba en la ciudad fortificada de Rodas y una explosión de pólvora la destruyó en 1856.

Rodas ha estado habitada desde el neolítico y ha sido ocupada por todas las civilizaciones que se desarrollaron en el Egeo y por otros pueblos procedentes del continente, como los dorios y los jonios. La fusión de civilizaciones y pueblos produjo la cultura griega de la antigüedad. Después, Rodas, como al resto de la Helade, formó parte del Imperio Romano primero y del de Bizancio después. Más tarde estuvo durante unos dos siglos bajo el dominio de la Orden de los Caballeros de San Juan y casi cuatro siglos bajo el Imperio Otomano.

Italia ocupó Rodas y la mayor parte de las islas del Dodecaneso durante más de treinta años, la mayor parte de ellos bajo el régimen fascista(5). Fue la potencia o imperio que menos tiempo ocupó Rodas, pero su presencia no pasa hoy desapercibida. En el itinerario que seguimos para llegar al puerto de Mandraki y a la ciudad medieval fortificada, desfilaron ante nuestros ojos numerosos edificios y complejos construidos durante la ocupación italiana. En el extremo norte de la isla se encuentra el Acuario de Rodas, construido en la década de 1930. Siguiendo la línea costera por la parte oriental pronto llegamos al Grande Albergo delle Rose, el Casino de Rodas, una imponente construcción inaugurada en 1927. Desde la plaza Kountuorioti, donde una estatua de la victoria alada levanta una corona de laurel con su mano derecha, se pueden observar las fachadas orientales del Palacio del Congreso, la de la sede del metropolitano de Rodas (la autoridad ortodoxa), la iglesia catedral de la Anunciación y su torre campanario exenta de 26 m de altura. La torre está casi sobre el espigón occidental de la bocana del puerto de Mandraki. Deja un estrecho paso entre ella y el borde del muelle occidental del puerto, paso que encontramos cerrado por unas vallas amarillas como protección ante un hipotético desprendimiento; a la altura de los vanos donde se sitúan las campanas se veía alguna grieta amenazante. 

Las esculturas de un ciervo y una cierva sobre dos columnas, una a cada extremo de la bocana, se han convertido en un emblema típico de la ciudad. Se inauguraron en 1947, cuando los británicos ocupaban la isla tras la Segunda Guerra Mundial e Italia ya no ejercía ningún control, aunque oficialmente estuviese bajo su soberanía. La Fontana Grande, frente a la entrada principal de la iglesia de la Anunciación, es una copia de una fuente medieval de Viterbo; la de Rodas se construyó al mismo tiempo que la iglesia. Antes de llegar a la puerta de Eleftherias para entrar en la ciudad medieval amurallada, se encuentra otro edificio construido durante la ocupación italiana: la Nea Agora o Nuevo mercado. 

Rodas era importante para el fascismo italiano por ser, en el Mediterráneo, el escaparate de su imperio. Sospecho (aunque solo me base en lo que a mi me pasó) que muchas de las personas que llegan como turistas a la isla no contemplan entre sus objetivos, antes de iniciar el viaje, el de disfrutar y recrearse con la arquitectura que el reino de Italia y el régimen fascista dejaron en la ciudad. Han pasado casi ochenta años desde que Rodas y las islas del Dodecaneso pasaron a formar parte de Grecia. En el sitio web(6)  https://www.greece-is.com/ leo que:

“la libertad sustituyó a la opresión fascista”

y que:

“el 7 de marzo de 1948, los habitantes de Rodas celebraron la incorporación de las islas del Dodecaneso al Estado griego, frente a edificios públicos que fueron fundados durante el período de ocupación italiana”.

La presencia italiana y la arquitectura propia de aquella época se muestran ante los ojos de las distintas tribus de turistas que invadimos la isla. Esta, la de los turistas, es la última civilización que ha llegado a ocuparla. La explotación turística en Rodas iniciada con los italianos se fue consolidando a partir de su integración en Grecia, así que, la nueva civilización lleva presente en la isla más del doble de lo que duró la ocupación italiana. ¿Conseguirá mantenerse tanto tiempo como la Orden de los Caballeros de San Juan? ¿Durará tanto como la ocupación otomana? Yo no puedo imaginar que esta moderna civilización dure cuatro siglos. Sin embargo, tampoco descarto que la personificación del Sol, ‒Helios, el viejo patrón de la isla‒ se haya convertido en un dios estacional y, aún muriendo en invierno, haga que al inicio de cada temporada se produzca un milagro similar al del Fuego Sagrado del Sábado Santo. Seguro que esa luz atraerá a multitudes de peregrinos.

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(1) Sitio web: https://www.vaticannews.va/es.html (consultado en: https://www.vaticannews.va/es/iglesia/news/2021-05/pascua-iglesia-oriental-santo-sepulcro-rito-fuego-sagrado.html)

(2) https://el.wikipedia.org/wiki/Άγιο_Φως

(3) El periodista Dimitris Alikakos inicio en 2018 una investigación sobre cómo se enciende el Fuego Sagrado en Jerusalén. En 2019 publicó el lbro Λύτρωση – Στο Άγιο Φως (Redención – Sobre el Fuego Sagrado). En su sitio web https://www.holyfirethetruth.com/?lang=en ofrece una exhaustiva información sobre el proceso y los resultados de su investigación, las demandas del patriarcado ortodoxo, las sentencias judiciales y las conclusiones a las que su trabajo conduce.

(4) https://rhodescathedral.gr/ (s.f.)

(5) Formalmente desde 1912 hasta 1948. Desde 1943 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial estuvo bajo control alemán. Después fue ocupada por los ingleses hasta que las islas del de Dodecaneso se entregaron a Grecia en 1948.

(6) Chrysafis, Y. (18 de setiembre de 2017) Sitio web: https://www.greece-is.com/ (Consultado en: https://www.greece-is.com/architecture-how-mussolini-and-the-italian-occupation-shaped-rhodes/)


2026/02/20

Dictadura y exilio



“Cuando mataron a mi padre, a mi madre solo le quedaron los ojos para llorar y las calles para correr”. Esta frase pronunciada por Carmen Vela hace que me quede anclado junto a su retrato con el oído pegado al altavoz por el que se escucha el documento sonoro. Su relato, de tres o cuatro minutos, se reproduce en bucle. Lo escucho varias veces para que esa frase quede fijada en mi memoria, para convertirla en el enganche en el que afianzar mi recuerdo de El camino errante, una exposición sobre el exilio en la Casa de América de Madrid.


Febrero no tiene más que una semana cuando salimos de la intermodal de Bilbao. Ya se ha tenido que hacer de día, pero un cielo gris que se deshace intermitentemente en zirimiri y los cristales tintados del autobús hacen que parezca de noche aún. Abro el libro que estoy leyendo, y que quiero terminar antes de llegar a Madrid: Barne zerbitzuak, de Katixa Agirre.

Superamos el puerto de Altube y levanto la vista del libro cuando estamos a punto de salir del valle de Kuartango. Observo las sierras de Badaia y de Arkamu cubiertas por un cielo opaco y gris que casi las roza. La primera, paralela a la autopista, se orienta de norte a sur, una rara dirección para las sierras y macizos vascos. La segunda, que sigue el eje del plegamiento pirenaico (este-oeste), llega casi perpendicular hacia nosotros desde el oeste y parece cerrarnos el paso. Entre las dos forman un embudo con la salida en el desfiladero de Subijana. La autopista nos escupe por él hacia Ribera Alta y Ribera Baja. Más tarde los monolitos rocosos del desfiladero de Pancorbo vuelven a apartarme de la lectura. Ya en La Bureba, el gris mate y oscuro nos cubre por arriba y el verde del cereal recién nacido se extiende a los lados hasta las montañas que cierran la llanura y cuyas cumbres más altas se esconden en las nubes.

Vuelvo al riesgo permanente de las protagonistas de Barne zerbitzuak que hacían llegar comida y medicinas a los presos (maridos, hermanos…) tras la caída de Bizkaia en 1937. Movían clandestinamente información confidencial entre las cárceles y el Gobierno Vasco en el exilio. La novela la protagonizan cuatro mujeres que fueron las precursoras de una nutrida red de espionaje, la red Álava, de la que treinta personas fueron detenidas en 1940.

Al acercarnos al puerto de Somosierra, Josune me señala el paisaje nevado y dejo a las protagonistas y sus compañeros de militancia escuchando las sentencias, muchas de muerte tras el primer juicio sumarísimo. Los interrogatorios y las torturas en Fomento, en los centros de reclusión en Claudio Coello para las mujeres y en Chamberí para los hombres y la cárcel de Ventas quedaron páginas atrás. El paisaje que veo es tan sombrío como el futuro que espera a los miembros de la red Álava. La tintura de los cristales del autobús hace que el paisaje recién nevado aparezca como una gran mancha de blanco ceniciento que se funde con un cielo de un gris plomizo.

Antes de llegar a Madrid termino de leer la historia novelada por Katixa Agirre. Luis Álava, quien dio nombre a la red, fusilado. Quienes se libraron del paredón o del garrote vil siguieron en la cárcel. Tras la prisión tendrían que soportar un largo exilio interior.

El exilio, ese es uno de los objetivos del viaje que nos ha traído a Madrid: El cuerpo errante, una exposición en la Casa de América sobre el que provocó la guerra y la represión de la dictadura franquista. Encuadrada en el proyecto Mapas de memoria de la UNED, muestra a través de documentos, cartas, imágenes, objetos y relatos sonoros diversas maneras de soportar y vivir el exilio. No aparecen nombres y apellidos importantes. Objetos que cimentan el recuerdo de familiares asesinados y voces de mujeres que conservan y transmiten la memoria de lo que ellas y sus seres queridos padecieron hacen presente la vivencia del exilio de personas corrientes.

Una de las experiencias que se muestran tiene una historia que llega hasta mediados de la década de los noventa del siglo pasado, más de cincuenta años después de terminada la guerra; es la de María Fernández Grandizo. Su padre y su marido habían sido asesinados por los franquistas en 1936. Dieciséis años más tarde detuvieron a su hijo Manuel, de veinte años. Tras varios meses encerrado, y con la seguridad de que iba a ser condenado, aprovechó un permiso carcelario para huir a México. Nunca volvió. Su madre inició una correspondencia que se mantuvo hasta que perdió la vista; luego mantuvo la comunicación por medio de cintas magnetofónicas. Buena parte de las mil quinientas cartas que María envió a su hijo cuelgan del techo de la sala; forman un bosque de papel y de palabras por el que hay que transitar. Al otro lado una maleta contiene el resto de las cartas, una grabadora y las cintas magnetofónicas. Tras visualizar un vídeo en el que se escucha la voz de una nieta de María que lee algunas de las cartas, vuelvo al bosque para buscar una fechada el 23 de noviembre de 1975. La encuentro:

“Queridísimo hijo, ¡al fin se fue! (…) Claro que no hemos estado clavados todo el tiempo ante la televisión. Lo que sí aguanté fue la jornada de hoy por curiosidad morbosa. Sobre todo no quise dejar de ver cómo lo depositaban en la fosa y tapaban con la losa. (¡Ahí, púdrete!, no pude menos de decir) (…)”.

Si las cartas de María construyen y conservan la memoria de una separación y un exilio duraderos, otros objetos portan en sí mismos un suceso momentáneo o un periodo de tiempo fosilizados. Objetos que guardan el recuerdo de vidas arrebatadas, vidas súbita y violentamente detenidas; que hablan de existencias a las que se les impidió crecer, progresar y construir futuro; que almacenan en ellos biografías completas, pero que siempre se rememoran a partir de los momentos más dolorosos, los últimos para algún ser querido.

Una foto rota y cosida puede servir para que el espectador se haga una idea de la crueldad de la represión de la dictadura franquista, represión alimentada con tortura, cárcel y fusilamientos. La misma foto ayuda a entender el dolor que el recuerdo provoca en quienes sobreviven al asesinado. Anastasio Godoy fue víctima de la represión. En 1941, con 29 años, no podía mantenerse en pie por una enfermedad contraída en prisión y lo fusilaron sentado en una silla. Desde la cárcel de Almodóvar del Campo, Ciudad Real, se había comunicado por carta durante dos años con su mujer Benita Lillo, que estaba presa en Gerona. Entre las pertenencias que tras el fusilamiento de Anastasio enviaron a su familia había una foto rota en varios trozos que había sido cosida. Guardada por Benita pudo ser el soporte para el recuerdo del tiempo vivido juntos, el hito a partir del que rememorar el futuro que solo pudieron imaginar, aunque la evocación de lo vivido y lo deseado tuviese que iniciarse siempre en recuerdos de un periodo y un hecho dolorosos.

Muchos objetos de la exposición almacenan memoria. Hay uno que conserva una parte material de la persona a quien se recuerda; es un saquito toscamente cosido que conserva una piedrecitas dentro. Las piedras están manchadas de sangre. La hermana de Ángel Ruiz, fusilado en Almagro en 1940, las recogió del lugar donde lo asesinaron y las guardó durante muchos años. Antes de morir se las entregó a Saturnina, la mujer de Ángel. Esta hizo una bolsita para guardarlas durante toda su vida en el delantal que llevaba. Hay que abrir una ventana para llegar al saquito que Saturnina llevó encima desde que llegó a sus manos. También para acceder al resto de elementos que se exponen en el espacio titulado Las pequeñas cosas. Son cajas cerradas que guardan en su interior historias de vida que se detuvieron violentamente. Sus protagonistas vieron desaparecer el camino que se habían trazado y tuvieron que buscar otro en el que, además de sobrevivir, portaron en su memoria el recuerdo y los anhelos de sus familiares desaparecidos. Saturnina, como el resto de protagonistas del espacio Las pequeñas cosas, fue envejeciendo mientras mantenía el recuerdo de su marido con el aspecto que tenía cuando se separaron.

La exposición se distribuye en varias salas y apartados que cuesta tiempo recorrer. Muchos de los objetos, cartas, escritos, vídeos y testimonios grabados con la voz de sus protagonistas o sus familiares dejan a la vista diversas maneras de vivir y soportar el exilio, formas diferentes de mantener el recuerdo de personas que el régimen dictatorial asesinó e hizo desaparecer, modos de comunicarse para sortear la censura y para que los mensajes llegasen a sus destinatarios… También se manifiesta en la muestra el miedo a contar, la ocultación de lo vivido a las siguientes generaciones por el temor a que sufriesen las mismas consecuencias. Y lo que la exposición también revela es que casi siempre son las mujeres quienes se ocupan del receptáculo de la memoria, conservan esta y la transmiten; a menudo, no por línea familiar directa.

La muestra nos impacta hasta el punto de que antes de abandonar Madrid volvemos a la Casa de América para llevarnos grabados algunos de los testimonios sonoros. La suerte hace que coincidamos con una visita guiada por los dos comisarios de la exposición. Al relatarnos su experiencia con varias de las personas que les han transmitido las historias, las vivencias y el significado sentimental de los objetos portadores de memoria, consiguen que quienes les escuchamos nos acerquemos emotivamente al sentimiento de quienes protagonizaron aquellas experiencias.

Me resisto a marchar sin grabar el documento sonoro de Carmen Vela. Para mi, la frase sobre lo que le quedó a su madre resume el sufrimiento que el golpe de estado y la dictadura sembraron durante tanto tiempo, algo de lo que ni quienes lo provocaron se arrepintieron ni quienes son sus sucesores ideológicos han hecho o harán.

“Cuando mataron a mi padre, a mi madre solo le quedaron los ojos para llorar y las calles para correr”.

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Cuatro días más tarde, el 14 de febrero, se clausuró la exposición, que permanecía abierta desde el 17 de diciembre. Más de 30.000 personas han visitado la muestra, convirtiéndola en la más visitada de la Casa de América en las últimas dos décadas. Una evidencia de que la memoria sobre los perseguidos durante la guerra y el franquismo interesa a mucha gente. No se puede eludir, por más que haya quienes se esfuercen en hacerlo o quieran blanquear las atrocidades cometidas por la dictadura.


En este enlace se pueden encontrar vídeos y pódcast sobre la exposición El cuerpo errante:

https://www.casamerica.es/exposiciones/el-cuerpo-errante


En un vídeo de la exposición se hacía referencia a Avelino García, fusilado en 1940. Su nieto, sorprendido de que los apellidos de sus primos no coincidiesen con ninguno de los suyos, empieza a buscar a quien fue su abuelo biológico. El vídeo que puede verse en el siguiente enlace es de Jorge Moreno, uno de los comisarios de la exposición El cuerpo errante; el estracto que se reproducía en la exposición procede de él. Avelino Chillarón, nieto de Avelino García, aunque su apellido sea otro, dice en el vídeo: 

"A mi padre le robaron al suyo, a mi abuela le robaron a su marido y a mi me robaron el poder sentarme en las rodillas de mi abuelo". 

 https://vimeo.com/85392380


 


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