En la isla de Symi, en el mar Egeo, termina el viaje que inicié en 2017 para recorrer la Línea Sacra de San Miguel. En Symi se encuentra el último monasterio que voy a visitar de los situados en esa línea: el de San Miguel de Panormitis. Desde Skellig Michael, en el Atlántico norte, hasta este monasterio hay unos 3.500 km en una imaginada línea recta; imaginada, porque trazar una sobre la superficie terrestre es imposible. La supuesta línea se alarga unos 775 km más, hasta el Monte Carmelo, en Haifa. Pero nada se me ha perdido allí, donde no sería más que un turista. El turismo, a eso que llaman Tierra Santa, no deja de ser una herramienta más para blanquear un régimen y un estado ilícitos. No voy a viajar hasta el Monte Carmelo como si no hubiese ocurrido nada, como si la ocupación de Palestina y el desplazamiento o la eliminación de sus habitantes fuese algo legítimo, como si la violencia y los crímenes de lesa humanidad se pudiesen ignorar.
Rodas no iba a ser más que una escala necesaria para llegar a la isla de Symi. La primavera ya había comenzado cuando llegamos. Esta estación da comienzo cuando la duración del día y de la noche se igualan, cuando el viaje de Helios durante el día y el de su hermana Selene durante la noche duran lo mismo. A partir del equinoccio de primavera, el viaje de Helios atravesando el cielo diurno sobre su carro empieza a durar cada vez más que el de Selene. En Rodas ya no se venera a Helios, que fue el patrón de la ciudad fundada el 408 a. C. Sin embargo, los ciclos solar y lunar siguen vigentes para establecer las festividades. Los rituales con los que se manifiesta la devoción de creyentes a las deidades o a los espíritus que hacen de mediadores se fijan en calendarios con alguna precisión astronómica, aunque la arbitrariedad se acabe imponiendo al rigor.
El equinoccio de primavera es el acontecimiento astronómico en el que las iglesias oriental y occidental se fijan para establecer el momento del triunfo de la luz sobre las tinieblas. Celebran la resurrección de Cristo. El origen de esa celebración tiene unos cuantos milenios más de los que las iglesias cristianas le atribuyen, quizás tantos como las primeras sociedades agrícolas. El triunfo del sol, que empieza a superar a la noche para recuperar el espacio que esta le había arrebatado, supone el inicio del renacimiento de la naturaleza dormida. Ese momento no depende de la arbitrariedad de un calendario, por muy precisa o ajustada que sea la convención que lo establece. La de las iglesias cristianas es tan arbitraria que la fecha para celebrar el mismo supuesto acontecimiento puede distanciarse hasta 35 días.
Llegamos a Rodas el 12 de abril del 2026. A las 12 de la noche se celebraba la Pascua de Resurrección (la Pascua católica había sido una semana antes). Habían pasado 22 días desde el equinoccio, desde que el viaje diario del dios patrón de la isla, Helios, se iba alargando mientras el de su hermana Selene se acortaba. Pero en la catedral de Rodas, aquella era la noche del triunfo de la luz, y no era a Helios, la personificación del Sol, a quien se atribuía. A media noche, en la catedral que poco antes había quedado a oscuras, la llama de una vela encendida con fuego procedente de un supuesto milagro(1) comenzó a reproducirse en otras velas portadas por fieles; la multiplicación de las llamas continuó fuera de la iglesia entre la multitud congregada en la plaza. El cielo sobre el puerto de Mandraki se iluminó por los artificios pirotécnicos que estallaban esparciendo multitud de estrellas de todos los colores.
Ni Helios ni sus hermanas Selene y Eos fueron quienes motivaron nuestro viaje a Rodas; fueron San Miguel de Panormitis y la ubicación de este monasterio en la Línea Sacra de San Miguel. Llegar a Rodas e ignorar a Helios no es posible; pensar en esa isla del Egeo trae consigo imaginar el Coloso de Rodas, que era una representación de esa divinidad. Vincularlo con el triunfo de la luz cristiano durante el viaje no fue más que producto del azar, de la suerte de que nos sugiriesen acudir a la liturgia de la Pascua de Resurrección y de que la curiosidad nos llevase a presenciarla. A partir de ahí empezaron a asomar las comparaciones entre Helios y San Miguel en mi cabeza. Una fue la idea de que tanto Helios como San Miguel son portadores de la luz; Helios conduce el carro solar durante el día y San Miguel es el guerrero celestial que vence a las tinieblas. En el sistema de creencias a la que cada uno pertenece, coinciden también en que ambos están en un nivel más bajo que el que ocupa la divinidad o divinidades principales. Para el cristianismo los ángeles son seres espirituales creados antes que el mundo material(2), espíritus puros e inmortales, pero inferiores a su creador. En la mitología griega, Helios es del linaje de los titanes, las deidades primordiales; durante la Titanomaquia fueron derrotados por los dioses olímpicos y supeditados a su poder. Hay cierto parecido entre ambos, sin embargo, las diferencias son importantes. San Miguel vence a la oscuridad, derrota las tinieblas. Helios transporta la luz, no lucha contra la noche o la oscuridad; junto con sus hermanas Selene y Eos (los tres transportan o anuncian luz), regula el ciclo del día.
Que el culto y la veneración a seres improbables (por no decir inexistentes) surja, se mantenga o predomine podría deberse a varios factores. La creación del mito o la creencia puede deberse a la necesidad de dotar de sentido a lo que no se comprende, al deseo de trascender o superar lo racionalmente conocido y al miedo a la nada una vez finalizado el ciclo vital. La necesidad, el deseo y el miedo ayudan a que la creencia perdure una vez establecida; pero para que se perpetúe es más importante que acabe siendo el eje central de los valores de una comunidad, el soporte para legitimar normas, prohibiciones, premios y castigos; a partir de ahí ya puede ser una religión. En cuanto a los preceptos, las religiones politeístas son flexibles; las monoteístas, dogmáticas. El escritor y viajero Jacques Lacarrière dice al respecto:
“Aparte de los sacrificios y los ritos ‒intercambios de buenos modos entre seres terrestres y celestes en los que unos daban lo que podían y otros lo que querían‒, los griegos podían sentirse liberados de los dioses. Estos no los acosaban hasta lo más hondo de sí mismos, en sus pensamientos secretos, en su vida interior, como el Dios inquisidor de la Biblia, que pide cuentas al ser humano con relación a sus deseos y sus sueños”(3).
Amalgama de civilizaciones y creencias
En Rodas (y en el resto del Egeo), se establecieron a lo largo de milenios las civilizaciones minoica, micénica y doria. Después llegó el turno de los imperios: el Imperio Romano, el Imperio Bizantino, la Orden de los Caballeros Hospitalarios de Jerusalén y el Imperio Otomano; tras el otomano y hasta finalizar la Segunda Guerra Mundial, las islas del Dodecaneso fueron ocupadas por el Imperio Colonial Italiano. Han sido muchas civilizaciones e imperios y ha pasado demasiado tiempo para que pervivan las creencias primitivas. La sustitución de unas creencias por otras ha podido ser más o menos rápida, más o menos forzada y más o menos violenta. Las sociedades con religiones politeístas se han podido adaptar mejor al cambio que las del dios único. Para las primeras tenemos el ejemplo del Imperio Romano; en los territorios conquistados permitía el culto a los dioses locales, los identificaba como suyos o les adjudicaba atributos de los dioses latinos. Para las del dios único sobran ejemplos de lo contrario; son dogmáticas, y se podría decir que su actitud impositiva y la violencia forman parte de su esencia. En Rodas no son escasos los ejemplos de apropiación, sustitución o destrucción de templos y lugares de culto por parte de civilizaciones que se impusieron o desplazaron a otras. Parece que los más agresivos han sido los ocupantes de religiones monoteístas. Cuando su presencia ha sido hegemónica en la isla, han utilizado los templos paganos como canteras para construir sus iglesias. Aun siendo religiones cuyo dios es el mismo, sus templos también sufrieron transformaciones o destrucción cuando unas religiones sustituían a otras: el Imperio Bizantino convierte un templo pagano en iglesia; la Orden de los Caballeros Hospitalarios de San Juan transforma una iglesia ortodoxa bizantina en templo católico; los otomanos convierten en mezquitas iglesias que fueron cristianas; los italianos destruyen algunas mezquitas y transforman otras en iglesias…Que en Rodas se haya mantenido el recuerdo del dios Helios, y que toda persona que visita la isla lo rememore, se debe en buena medida a que aquí estuvo una de las siete maravillas de la antigüedad: el Coloso de Rodas que lo representaba. El culto a aquella deidad estuvo muy arraigado en Rodas. Con el auge del cristianismo, la veneración a Helios fue decayendo hasta acabar prohibida, como todos los ritos paganos, a finales del siglo IV d. C.
Unos 35 kilómetros separan Rodas de Symi, la isla en la que está el monasterio de San Miguel de Panormitis. Este monasterio es el lugar de veneración a San Miguel más importante del Dodecaneso. No es el único; solo en la isla de Symi hay otras nueve iglesias o lugares de culto dedicados a San Miguel. En el libro History and miracles of Panormitis, el teólogo y monje del monasterio de Panormitis Georgios V. Petropoulos dice que esas iglesias son vestigios de una herejía del primitivo cristianismo relacionada con la veneración a los ángeles. Sin embargo, añade, hoy son “claras expresiones de la devoción local a los ángeles”(4). San Pablo, el verdadero fundador del cristianismo(5), combatió aquella herejía en la carta a los colosenses, pero el cristianismo se ha sabido adaptar siempre para integrar en su doctrina las prácticas de supersticioso fervor hacia los espíritus. Algo se parece a los romanos en esto: convertir una superstición en devoción propia, e incluso adjudicarle santo patrón en sustitución del anterior.
No es necesario abandonar Rodas y llegar a Symi para encontrar lugares de culto dedicados a San Miguel. En la primera no son pocas las iglesias y lugares dedicados a él. Una de ellas está en un pueblo que le debe su nombre: Arcángelos. En el interior de la isla, en otro pueblo llamado Laerma, hay un monasterio del siglo XI; antes ya hubo allí una iglesia construida en el siglo V sobre un templo que estuvo dedicado a Apolo, el dios que entre los romanos sustituyó o suplantó al griego Helios. Pero el lugar más llamativo hace referencia expresa a San Miguel de Panormitis. Está en una estrecha gruta en la que la luz solo es producto de la devoción. En la carretera que recorre la costa occidental de la isla, ya a la salida de la ciudad de Rodas, una bandera señala el lugar donde se encuentra, un lugar en el que es imposible congregar multitudes. Entre la carretera y el paseo peatonal que sigue la línea de costa hay una franja de acantilado. A media altura se abre la cavidad, a la que se accede desde la carretera y desde el paseo.
La gruta está llena de exvotos. Iconos de varios tamaños con imágenes de San Miguel, la Virgen y santos; muchas escobas, que se depositan como promesas hechas al arcángel; numerosas velas que consumen el oxígeno en la estrecha y profunda cueva y caldean el recinto hasta convertirlo en un espacio bochornoso y opresivo. Al fondo de la gruta no llega la luz natural y el altar en el que hay un crucifijo flanqueado por algunos iconos solo recibe la luz de las velas que tiene a sus pies. Cerca de la entrada, donde la luz natural todavía permite leer sin esfuerzo, en un par de folios plastificados (uno en griego y otro en inglés), pude leer un resumen de la historia de la devoción en esta cueva:
Cueva del Arcángel Miguel Panormitis.
Hace unos años, el día de los Arcángeles (8 de noviembre), el señor Stergios, mientras daba una charla en las rocas bajas, vio una pequeña bolsa flotando en el mar. Sin dudarlo, se metió en el agua y, al abrirla, vio que contenía un pequeño icono de Panormitis. Lo interpretó como una señal del Arcángel y sintió la necesidad de hacer algo. Así que construyó una pequeña lámpara de aceite en el camino principal de arriba. Un día, mientras la lámpara ardía, algo cayó y rodó por las rocas. En su intento por recuperarlo, descubrió esta cueva, que estaba cubierta de arbustos y piedras y no era visible. Desde entonces, esta cueva es considerada la morada del Arcángel Miguel, y la gente lo honra allí con reverencia. En esta cueva, uno siente verdaderamente su presencia y que es su cueva.
En el exterior de la gruta (y en los accesos, tanto desde la carretera como desde el mar) no faltan objetos ofrecidos como exvotos: iconos, pequeñas cruces de madera, guijarros con mensajes escritos en ellos... Me llamó especialmente la atención la cantidad de espadas y puñales adheridos a la roca del acantilado rodeando la imagen de San Miguel. Mientras permanecimos en Rodas fueron varias las veces que recorrimos el paseo marítimo y en todas accedí a la gruta. Siempre había gente repitiendo los mismos gestos rituales en la cueva o esperando tener sitio para entrar en ella. En tres momentos diferentes vi a personas que parecían las encargadas de tener cuidado el lugar, las tres con actitudes y talantes dispares, pero repitiendo las mismas acciones: antes o después de sus muestras de devoción y de sus gestos rituales, retiraban las velas consumidas, barrían la entrada y sahumaban la cueva y la entrada con incienso. Una de ellas, un hombre de mediana edad, me explicó que no hacía mucho tiempo que se veneraba en aquel lugar a San Miguel de Panormitis, pero que el descubrimiento de la gruta se puede considerar un milagro de San Miguel. El tiempo va adornando poco a poco el supuesto prodigio.
La isla de Symi y San Miguel de Panormitis
La capital de Symi es una postal. Cuando el ferry se adentra en la bahía, la ciudad aparece al fondo y el árido y pardo paisaje se torna en una acuarela de colores pastel en la que predominan ocres y azules. Las casas de estilo neoclásico y tejados de teja roja van conquistando las escarpadas laderas desde el mar hacia arriba; desde Gialos, el puerto, hasta Chorio, la parte alta. Los turistas y toda clase de comercios y servicios a su disposición lo invaden todo. En la protegida bahía fondean algunos yates de lujo más grandes y con más espacio que cualquiera de las casas de Symi. Quienes llegan a la isla para visitar el monasterio de San Miguel de Panormitis ya pueden sentirse cerca de su destino; una bandera de fondo azul con una cruz blanca y la imagen de San Miguel destaca en las instalaciones administrativas del puerto.
Ensenadas y profundas bahías definen el contorno irregular de la isla. De vocación marinera por fuerza, su economía ha estado siempre muy vinculada al mar. La pesca de esponjas y su comercio fue una importante fuente de ingresos en el pasado, sobre todo en el siglo XIX; otra fue la construcción naval. De la primera quedan los comercios locales destinados a la venta de esponjas a turistas y algunas estatuas de bronce de célebres buceadores; una de ellas dedicada a un legendario buceador (Stathis Hatzis) de la época en la que se pescaba en apnea, otra de otro famoso pescador de esponjas que ya trabajaba con escafandra. Un barco esculpido en la roca de un acantilado sobre el puerto (copia de la nave esculpida en la colina de la acrópolis de Lindos, en Rodas(6) evidencia la importancia que tuvo la construcción naval. Hoy la economía se sustenta sobre todo en el turismo, actividad en la que se puede incluir el peregrinaje, que también atrae visitantes a la isla.
El destino de los peregrinos que llegan a Symi es San Miguel de Panormitis, al borde de otra bahía al sur de la escarpada isla. A las 06:45 tomamos el primer autobús, que salía desde el puerto de Symi; en media hora llegamos a Panormitis. Viajamos con algunas personas que iban a trabajar; no subieron ni peregrinos ni más extranjeros. La isla tiene una altura máxima de 616 m s.n.m. y la carretera supera los 550. Antes de llegar pudimos divisar el monasterio cada vez que el autobús se asomaba hacia él desde la sinuosa carretera. Detrás del monasterio, los pinos cubren la ladera. Delante, una ensenada se abre hacia el noreste, pero su entrada es tan estrecha que la convierte en un puerto natural; al observarla sin abarcar toda su extensión, parece un lago.
El complejo monástico ocupa varios cientos de metros. Los edificios que se extienden hacia los lados siguen la línea arqueada de la costa y parecen extremidades que pretenden abrazar la bahía. Buena parte de ellos se construyeron durante la ocupación italiana de las islas del Dodecaneso; otros se edificaron cuando el Dodecaneso ya formaba parte de Grecia.
“Después de la liberación, la actividad de construcción en las casas de huéspedes continuó sin interrupción. La mayoría de los edificios se erigieron entre 1960 y 1972”(7).
Sobre el origen del monasterio no hay nada concluyente. Según algunas fuentes hay constancia arqueológica de que la zona fue un lugar de culto; quizás la primera iglesia dedicada a San Miguel estuvo donde antes había estado un templo dedicado a Apolo. Georgios V. Petropoulos afirma que ese es el punto de vista de “investigadores del pasado” que “hoy no son aceptados”. Asegura que ningún hallazgo arqueológico corrobora que el actual monasterio ocupe el mismo espacio que un lugar de culto primitivo, aunque en algún lugar cercano haya restos de antiguas construcciones. El monje, cuyo libro compré en la tienda del monasterio, no es tan exigente para exigir pruebas que ratifiquen todo lo que cuenta sobre el origen de la devoción a San Miguel en Panormitis o sobre los milagros que se atribuyen al arcángel. Sobre algunos de los prodigios se escuda en la tradición para describirlos de una manera acrítica, para narrarlos con un relato que facilite la creencia en ellos a quien quiera hacerlo, pero sin hacer una afirmación tajante sobre su veracidad. No sé si entre los ortodoxos se utiliza el mismo ardid que el que utilizan los católicos para mentir sin sentirse culpables al hacerlo: la restricción mental; de cualquier modo, lo que hace este monje teólogo se parece bastante a esa ventajosa reserva mental. En el catolicón del monasterio hay un fresco que representa al arcángel San Miguel transportando dos columnas de mármol, una roca que no puede proceder de la isla, para la construcción de la iglesia. Petropoulos justifica la creencia de que San Miguel transportó las columnas recurriendo a la tradición y a la piedad del pueblo. Para él la rica tradición popular sustituye con supuesta solvencia las escasas referencias históricas sobre la fundación del monasterio.
Las leyendas sobre la fundación del monasterio repiten otras que ya se utilizaron para describir la de otros complejos monásticos dedicados a San Miguel. La del transporte de las columnas por el arcángel es similar a la historia que se cuenta sobre la fundación de la Sacra de San Miguel en el monte Pirchiriano. También allí hay un fresco que representa al arcángel transportando las vigas para construir la iglesia. En el caso de la Sacra, la razón por la que San Miguel intervino era que no quería que el monasterio se construyese donde su fundador pretendía hacerlo(8). Este conflicto entre los promotores de la construcción de un templo y el santo o virgen a quien se quiere dedicar se da en muchos sitios. En Panormitis fue el icono que allí se venera el que se empeñaba en volver al lugar donde una mujer lo había encontrado. Ella lo llevó a su casa para darle culto en su iconostasio personal. El icono desaparecía para volver a aparecer bajo el arbusto junto al que fue encontrado. En sueños, San Miguel hizo saber a aquella mujer que lo que quería era permanecer para siempre en Panormitis. Y allí le construyeron su primera capilla(9).
El monasterio que hoy vemos se construyó en 1783, quizás como una rehabilitación de otro anterior. En los siglos siguientes, sus dependencias han ido creciendo a lo largo de la orilla de la bahía frente a la que se encuentra. El elemento más característico es la torre que se levanta sobre el arco de entrada; la combinación de los estilos barroco y neoclásico de la obra concuerdan con la época en la que el monasterio se construyó o rehabilitó, sin embargo la construcción de la torre se llevó a cabo entre 1905 y 1911.
Pasamos bajo la torre para llegar al patio en el que se encuentra el catolicón. Era pronto y la iglesia estaba casi vacía. En seguida dio comienzo una misa. Peregrinos que habían pernoctado en el monasterio fueron llenando la iglesia poco a poco. El acto litúrgico duró unas dos horas. Lo seguimos desde dos de los bancos con reposabrazos altos pegados al muro trasero del templo. Más que a lo que oíamos sin entender, prestábamos atención a los gestos rituales de los fieles, al deambular de los oficiantes entre el santuario y la nave, al trajín de idas y venidas de un monje que recogía papelitos escritos que le daban los fieles y reponía las velas que estos iban consumiendo. Los oficiantes actuaban en el santuario, al otro lado del iconostasio; de vez en cuando se asomaban al espacio de los fieles para bendecirlos, recitar los textos litúrgicos e incensar. En algún momento del rito salieron a la nave portando un libro con tapas de plata para mostrarlo a las personas asistentes, a las que también incensaban. Tres hombres situados cerca del iconostasio recitaban con un canto monocorde los textos que tenían delante; a pesar de mi ignorancia del idioma que utilizaban, entendí algunas palabras que repetían a menudo: theos, thanatos, kirios… Prácticamente todas las personas que llenaban la iglesia se acercaron a los oficiantes cuando estos administraron la comunión. Nunca lo había visto y me llamó poderosamente la atención, porque me pareció un método excelente para la reproducción de pandemias; el oficiante utiliza una cucharilla larga para tomar del cáliz lo que va a administrar, lo introduce en la boca de quien comulga y repite la misma operación con la siguiente persona sin haber limpiado ni cambiado la cucharilla(10). Al terminar el oficio religioso se repartieron entre quienes habían comulgado unos trozos de pan que parecían pequeñas porciones de bizcocho. Más tarde supe que se trataba de antídōron (Ἀντίδωρον), un pan bendecido, pero no consagrado, que se reparte después de la comunión. A la salida de la iglesia, una vez acabada la misa, un monje siguió ofreciendo parte del antídōron que había sobrado y pudimos probarlo.
La mayoría de los peregrinos abandonaron la iglesia y el patio. Quizás necesitaban un reparador desayuno después del obligado ayuno anterior a la comunión. En la iglesia solo quedaban unas pocas personas que veneraban el icono de San Miguel de Panormitis o esperaban para hacerlo. El catolicón no es muy grande, la iluminación artificial generosa. Más de una docena de lámparas de araña cuelgan del techo; de un par de cables entre las paredes laterales penden otras más sencillas. Un arco central divide la iglesia en dos tramos del mismo tamaño. El arco se apoya en los capiteles de dos columnas integradas en las paredes laterales. De cada una de las columnas surgen otros dos arcos que se apoyan en columnas de los extremos de la pared contraria; en cada uno de los tramos se forma así una bóveda de crucería cuyas nervaduras son los arcos. Las paredes, las bóvedas y los arcos están cubiertos de frescos y pinturas.
Casi pegado al iconostasio que separa la nave del santuario, está el venerado icono de San Miguel. En una tabla de 2,20 x 1,30 m, el ángel estaría representado a tamaño real si fuese humano; ¿pero cómo se puede representar a tamaño real un espíritu? En el icono el ángel aparece de pie sobre el cadáver de un hombre. Con la mano derecha empuña la espada, con la izquierda levanta el alma envuelta en pañales del hombre que hay bajo sus pies. Una cubierta de orfebrería en plata reproduce todo el cuerpo del arcángel, excepto la cara; la plata tampoco cubre el cuerpo del hombre fallecido. Esta manera de representar a San Miguel simboliza la creencia de que él es quien se encarga de llevar las almas y presentarlas en el juicio final. Hay una palabra griega para definir esta función: psicopompos (ψυχοπομπός), que se puede traducir como guía o conductor de almas (psique, alma, y pompos, guía o transmisor). Con esa palabra se nombraba a quienes tenían la función de escoltar hasta el Hades a los recién fallecidos. Hermes y Caronte eran psicopompos para los antiguos griegos(11).
El monje que durante la misa no dejaba de ir de un lado a otro empezó a preparar la iglesia con varios elementos portátiles claramente destinados a la celebración del bautismo. No se dirigió expresamente a nosotros, pero dejó claro que le molestábamos. Abandonamos la iglesia.
El monasterio tiene dos museos, los dos estaban cerrados por obras. En el patio se concentraban peregrinos con sus equipajes; habían llegado en autobús. Mientras contemplábamos el monasterio desde la orilla de la bahía, un barco atracó en el muelle. Comenzaron a desembarcar grupos de personas, casi todos compuestos por miembros de varias generaciones. En cada grupo familiar había una o varias personas con niños en brazos o empujando coches de bebé; se dirigían al monasterio para la ceremonia del bautismo, la que estaba preparando el monje al que molestaba nuestra presencia en el catolicón. Todo el mundo vestía con supuesta elegancia, como si acudiesen a una celebración cuya importancia obligase a descartar la comodidad y el estilo informal de turistas y peregrinos, aunque, en estos también, la vestimenta puede servir para saber quien llega por curiosidad y quien por devoción.
Los muelles y el embarcadero se sitúan ante la entrada y la torre del monasterio. En frente, a unos 500 m, el estrecho paso entre el mar Egeo y la ensenada. Hay un camino que recorre toda la orilla y rodea la bahía por el norte. Lo seguimos para llegar al promontorio en el que acaba. En el punto más alto de la colina se levanta un molino de viento ya inútil; casi pegado a él un búnker de la Segunda Guerra Mundial protege un cañón que apunta hacia el Egeo. Las vistas sobre el conjunto de los edificios del monasterio son excelentes. A la vuelta, los visitantes se habían multiplicado y eran ya multitud: viajeros que llegaban en autobús y se dirigían al monasterio arrastrando sus maletas; colas a la entrada esperando a que les asignasen habitación; turistas que llegaban en ferry para una corta visita… Volvimos al patio abarrotado de gente para entrar en la tienda. Compré una pequeña y prescindible guía sobre Symi y el libro History and miracles of Panormitis de Georgios V. Petropoulos. Quería saber más sobre la historia del monasterio, pero lo de los milagros tuvo tanta o más importancia para decidir la compra; tenía curiosidad por saber cómo se contaban.
Regresamos por la tarde a la capital de la isla. Al día siguiente navegaríamos hasta Rodas, donde aún volveríamos a la gruta de San Miguel de Panormitis. Me atraía y, aunque sabía que no lo iba a conseguir, pensaba que quizás podría entender la razón de que el hallazgo accidental de un icono perdido o desechado consiguiese atraer tanta gente a aquella cueva. La devoción de algunas personas que había visto allí era tan grande que se transformaban al acercarse a la gruta.
Mientras llegaba el momento del último paseo por el sendero costero junto al que está la cavidad, los milagros relatados en el libro que había comprado quizás me diesen alguna pista.
Los milagros de San Miguel de Panormitis
Desde la incredulidad, la curiosidad me lleva a interesarme por los milagros de San Miguel de Panormitis. Para conocerlos me dejo guiar por Georgios V. Petropoulos, teólogo y monje de Panormitis. En el libro que ya he mencionado explica la historia del monasterio y relata muchos milagros.
Una leyenda sobre la construcción del monasterio relata que fue San Miguel quien transportó las columnas de mármol de las que surgen los arcos de las cúpulas de crucería del catolicón. Otra cuenta el descubrimiento del icono de San Miguel bajo un hibisco. De darlas por ciertas habría que llegar a la conclusión de que aquellos fueron auténticos milagros. Petropoulos explica que: los milagros son sucesos extraordinarios, pero verdaderos, ajenos a las leyes de la naturaleza; validan las enseñanzas de la iglesia; y son obras innegables de la omnipotencia divina, aunque se produzcan indirectamente con la intervención de santos, reliquias o iconos(12). Las dos leyendas mencionadas reúnen esas condiciones, sin embargo, Petropoulos no las incluye en los tres capítulos que dedica a los milagros. Las menciona en el dedicado a la fundación del monasterio y se limita a decir que son la tradición y piedad populares las que sostienen esas afirmaciones.
En la segunda parte del libro define qué son los milagros y relata más de tres docenas atribuidos a San Miguel de Panormitis. Empieza marcando el terreno de juego: es imprescindible la fe para identificarlos y entenderlos; quienes carecen de fe y están fuera de la iglesia ni los pueden entender ni pueden estar bajo la protección del arcángel. Afirma que cualquier curación milagrosa fuera de la iglesia solo puede tener lugar con la mediación de espíritus malignos. Quizás porque esto último puede parecer excesivo, el autor admite que San Miguel también puede socorrer a quienes se apartan de la iglesia por pereza, por escepticismo o por instalarse en el pecado sin haber renegado de ella.
Clasifica los milagros en tres apartados. En el primero transcribe narraciones de creyentes devotos que pidieron la intervención del arcángel para curar sus enfermedades, para que les concediese superar una supuesta esterilidad y poder tener hijos, para logar la conversión de terceras personas, para que les ayudase en diversos trances… En el segundo relata milagros similares a los anteriores, pero publicados por el monasterio en sus publicaciones periódicas. En el tercero explica los milagros relacionados con varios objetos que se muestran en el museo (cerrado por obras cuando estuvimos en Panormitis). Incluye, también como milagrosa, la ayuda que accidentalmente consiguió el monasterio para la construcción de la torre.
En los dos primeros apartados son los creyentes quienes, de manera individual, definen como milagrosos los hechos que narran. Tras haber hecho una promesa para conseguir el auxilio del arcángel en situaciones que creen no poder superar, acontece lo que deseaban. La sorpresa de obtener lo que no esperaban tras una invocación desesperada convierten su experiencia individual en milagro. Abundan los relatos de fieles que al no conseguir tener descendencia hacen votos a San Miguel de Panormitis; tras tragar la mecha de una lámpara ofrecida al arcángel y frotarse el vientre con el aceite en la que ardió, la madre queda embarazada. Otros dan por milagrosas curaciones de tumores malignos, la detención de un incendio al llegar las llamas a imágenes o iconos de San Miguel, la desaparición de verrugas… Los éxitos en algunas operaciones quirúrgicas también se presentan como milagros.
Los relatos sobre algunos exvotos valiosos del monasterio exigen una elaboración más compleja. Hay que dotar de historia al objeto porque no se pueden contar ni sensaciones ni experiencias sentidas como extraordinarias por el propio objeto. Pero son referentes del supuesto milagro que experimentó quien depositó la ofrenda; la historia del oferente (y las versiones que otros creyentes replican) sí se pueden recrear. Son cuatro los milagros reseñados en el último capítulo; en tres de ellos hay cierto regusto de xenofobia.
Uno de los objetos es un pato de plata. Se trata de una ofrenda que el capitán de un barco que había atracado en la ensenada de Panormitis hizo a San Miguel. El capitán, que era cristiano ortodoxo, se dirigió al monasterio para rezar ante el icono de San Miguel y hablar con el higúmeno. Los marineros eran unos infieles otomanos que no quisieron entrar en el monasterio. Uno de ellos mató un pato que nadaba en la ensenada, lo cocinó y se lo comió. Cuando volvió el capitán, se dispusieron a abandonar el puerto, pero por muchos esfuerzos que hicieron el barco no avanzaba. El capitán sospechó que los marineros turcos le habían robado algo a San Miguel de Panormitis. El marinero que había matado el pato lo confesó y el capitán volvió al monasterio para prometer a San Miguel que en un próximo viaje compensaría el robo con un pato de plata. Tras la promesa el barco pudo zarpar sin dificultades.
Otro de los milagros en el que estuvieron mezclados los otomanos se cuenta para explicar la presencia en el monasterio de una valiosa lámpara que había adornado el palacio de Versalles durante el reinado de Luis XIV. Georgios V. Petropoulos dice que su origen “se verifica históricamente”(13). La lámpara, que unos marineros habían prometido a San Miguel de Panormitis para que les salvase durante una tormenta, se salvó milagrosamente gracias al engaño entre fieles ortodoxos. La lámpara no llegó a Panormitis porque, con insidias, se la sustrajeron al capitán de los marineros que la habían prometido; se quedó adornando la iglesia de la Asunción de la Virgen en la isla de Hidra. El higúmeno de esta iglesia había tomado parte en el engaño al capitán. Lo que no había sido más que un fraude basado en el embuste acabó convirtiéndose en un supuesto milagro. Cuando durante la ocupación otomana los turcos exigieron la entrega de muchas riquezas bajo la amenaza de destrucción del monasterio (en 1815, dice Georgios V. Petropoulos), la lámpara estaba en la iglesia de Panagia de Hidra y se salvó. ¿Hará otro milagro San Miguel cuando en el juicio final pese las almas de aquellos fieles embusteros? ¿Hará desaparecer los pecados contra la verdad de aquellos devotos creyentes para que su peso no influya en la balanza? De cualquier modo tampoco será un milagro espectacular, porque las iglesias cristianas nunca han sido muy rigurosas a la hora de anunciar castigos para la mentira.
El presentado como milagro que permitió la construcción de la torre del monasterio también tiene fecha, ocurrió en 1905, el año que se iniciaron los trabajos para construir la torre que hoy es imagen icónica de Panormitis. El monasterio necesitaba mulas de carga para el transporte de las piedras con las que se construiría el vistoso campanario. Una noche de tormenta, un barco que navegaba con un cargamento de acémilas fue victima de una violenta tormenta. Su capitán, que era turco, se encomendó a San Miguel y pudo refugiarse en el puerto del monasterio. Cuando fue a hacer una buena donación y el higúmeno se enteró de que el barco cargaba decenas de mulas, el abad consiguió que todos los animales se quedasen al servicio del monasterio.
Por último hay uno en el que San Miguel interviene para salvar a un bebé. Según la descripción de Petropoulos ocurrió en Rodas a finales del siglo XIX. Una mujer que trabajaba vendimiando había llevado a su hijo con ella. Dejó al niño protegido del sol y metido en una cesta mientras ella recolectaba uvas en compañía de otras mujeres. Seguramente miraba a menudo la improvisada cuna. En uno de esos momentos vio que una serpiente se estaba enrollando alrededor del niño. Se acordó del icono que alguna vez había visitado en Symi e Invocó a San Miguel pidiendo su auxilio. En el cielo apareció un ave que voló en picado hacia la cesta. Atrapó y mató a la serpiente y con ella en el pico desapareció entre las nubes. Pocos días después, la madre peregrinó a Panormitis y depositó a los pies del icono de San Miguel la figura de un ave con la serpiente atrapada en el pico y una cuna de plata colgando del mismo. Ahora es uno de los tesoros que se exhiben en el museo.
Según Georgios V. Petropoulos, todos estos milagros se conservan gracias a la tradición oral de los devotos creyentes. Siente la obligación de contarlos, pero da la impresión de que huye de hacer una categórica afirmación de que realmente se produjeron.
En ninguno de los monasterios de la Línea Sacra de San Miguel que había visitado antes había conocido tal proliferación de milagros atribuidos al arcángel. Cualquiera de los acontecimientos extraordinarios que se relatan como milagrosos podría experimentarlo un incrédulo o un ateo. Pero entonces no serían milagros porque quienes mediarían para que se produjese el hecho milagroso serían espíritus malignos ayudando a un impío, según Petropoulos. Para la teología, sin fe (en el sentido religioso que se la da a esa palabra) no hay milagro porque el milagro es un signo para quien tiene fe y solo quien tiene fe puede entenderlo. Con esa premisa, el debate sobre milagros entre creyentes y ateos es imposible. El ateo no puede atribuir sucesos extraordinarios a algo inexistente como un espíritu. El creyente puede hacerlo porque tiene fe, lo que le hace creer que hay dioses o espíritus que pueden superar y someter las leyes naturales. Como para el creyente la fe es un don, el ateo está invalidado para entender, porque se le ha negado ese don; el ateo está incompleto. Pensándolo bien el supuesto don de la fe tiene que ir siempre acompañado de un sentimiento de soberbia. Si como creyente te crees merecedor de un don que tu dios todo poderoso niega al incrédulo, este será para ti el culpable de no merecerlo, aunque no sepas por qué. El favor que ese dios te concede te perfecciona, te completa. Al ateo, en cambio, le falta algo, está lisiado. Quizás no se noten, pero en quien así piensa no faltan la vanidad y la arrogancia. En eso consiste el pecado de soberbia, que para el cristianismo es un pecado capital y la fuente de todos los demás.
Yo no voy a debatir con teólogos. No estoy capacitado. Me falta el don que se concede a los creyentes. En Panormitis acaba para mí la supuesta línea Sacra de San Miguel. Lo que sí me atrevo a asegurar es que ni en una esfera ni en un geoide puede trazarse una línea recta.
(1) Ver la entrada de este blog titulada “Y la luz se hizo”.
(2) Al menos, para alguna de las posturas que se debaten sobre el tema en esa disciplina que, para disfrazarse de ciencia, se autodenomina Teología.
(3) Lacarrière, J. (2009) Verano Griego. 4.000 años de Grecia cotidiana. (Trad.: D. Fernández Jiménez). Revista Altaïr S.L. (Trabajo original publicado en 1975).
Este
libro retrata la Grecia de mediados del siglo XX y su gente, la
Grecia anterior a la invadida por el turismo. Para quienes Grecia ha
sido un destino recurrente, leerlo sirve para contrastar el país al
que queríamos creer haber viajado con aquel al que realmente
queríamos viajar.
(4) Petropoulos, G. (2012). History and miracles of Panormitis (Holy Monastery of Panormitis, Ed.). Eftalofos S.A.
(5) Puente Ojea………………………….
(7) Petropoulos, G. (2012).
(7) Petropoulos, G. (2012).
(8) Durante la pandemia del Coronavirus hubo un debate sobre la conveniencia del uso de este método de administrar la comunión. En el sitio RFE/RL News Site (RadioFreeEurope. RadioLiberty) se puede leer un artículo de Ron Synovitz sobre el debate:
Synovitz, R. (March 17, 2020). Traditionalists Stand Behind The Holy Spoon. https://www.rferl.org/a/coronavirus-vs-the-church-orthodox-traditionalists-stand-behind-the-holy-spoon/30492749.html
Son muy sorprendentes los argumentos utilizados por quienes defienden el uso tradicional de la cuchara para administrar la comunión: sostienen que lo que se administra en la comunión tiene propiedades metafísicas que hacen imposible el contagio.
(9) Petropoulos, G. (2012). Op. cit. pp 66
Son muy sorprendentes los argumentos utilizados por quienes defienden el uso tradicional de la cuchara para administrar la comunión: sostienen que lo que se administra en la comunión tiene propiedades metafísicas que hacen imposible el contagio.
(11) Petropoulos, G. (2012). Op. cit. pp 66
(12) Petropoulos, G. (2012). Op. cit. pp 37-38
(13) Petropoulos, G. (2012). Op. cit. pág. 261










