2025/07/18

Hasta un extremo de la línea

 


Una línea solo es un concepto. No tiene más que una dimensión y ni siquiera puede proyectar sombra. Se puede simbolizar, pero no se puede asir, no se puede tocar, no se puede ver. Podríamos decir que tiene cierto parecido con los ángeles, que se pueden describir y representar, pero no existen. Aunque esta es una comparación algo exagerada, porque la línea sí tiene una dimensión.


Hace ocho años atravesé Francia e Italia para unir en un viaje cuatro puntos sobre los que la leyenda ha trazado una línea recta, una entelequia. Las balizas que señalan dichos puntos son construcciones admirables en lugares extraordinarios: Mont Saint Michel, Saint Michel d’Aiguille, Sacra di San Michele y el santuario de San Michele Arcangelo en el Monte Gárgano. Pero la quimérica línea se alarga más allá de los dos extremos de aquel viaje. Dos monasterios son otras dos balizas en la continuidad de la línea hacia el noroeste y otro par hacia el sureste. Los primeros son St. Michael’s Mount y Skellig Michael; para llegar a este último hay que internarse en el Atlántico Norte. Los otros dos son el Monasterio de San Miguel Arcángel de Panormitis, en la isla griega de Symi, y el Monasterio Stella Maris en el Monte Carmelo, en territorio palestino ocupado por Israel. En una línea imposible de asir siete santuarios dedicados a un ser ilusorio y quimérico; ocho si se añade el construido en la puntiaguda cima del Rocher d’Aiguille, que, aunque fuera de la imaginaria línea, se reivindica en ella.

La intención de completar aquel viaje, de llegar a todos los puntos sobre los que se traza la Línea Sacra de San Miguel Arcángel nunca se ha desvanecido. Ahora me dirijo al extremo noroeste de la línea, a la isla Skellig Michael. En futuros viajes llegaré a la isla mareal de St. Michael's Mount y a la isla Griega de Symi, donde terminará mi recorrido. Nunca tuve la intención de llegar al extremo sureste de la línea; no voy a pisar un territorio arrebatado a sus habitantes por el sionismo; no quiero contribuir, como despreocupado turista, a dar apariencia de normalidad a un estado gobernado por genocidas.


Al inicio de la línea

Si hubiese que situar el origen de la veneración a San Miguel en alguno de los santuarios distribuidos en la misteriosa línea, habría que hacerlo en el Monte Gargano. Sin embargo el inicio de la línea está en Skellig Michael, en el monasterio que dicen fundado por San Fionán; se trata del más inaccesible de ellos.

Las Skellig son dos islas alejadas más de doce km de la península irlandesa de Iveragh: Little Skellig (pequeña roca) y Skellig Michael (la roca de Miguel). En Little Skellig no se puede desembarcar y el acceso a Skellig Michael está limitado a un máximo de 180 personas por día. La travesía entre Portmagee o la isla de Valentia, al suroeste de Irlanda, solo puede realizarse entre mediados de mayo y finales de setiembre, y solo si el tiempo y el estado de la mar lo permiten. Con más de cuatro meses de antelación hice las reservas para dos tours hasta las islas Skellig: uno sin desembarco, al que Josune me iba a acompañar, y otro con desembarco en Skellig Michael. Encontré plazas disponibles para el 12 y 13 de junio del 2025. Sin embargo, reservar una plaza para desembarcar en Skellig Michael y visitar aquel espacio monacal no garantiza que puedas hacerlo. Si el estado de la mar impide la travesía y el desembarco en la fecha para la que se hizo la reserva, te quedarás en tierra sin poder llegar a tu destino.

Día y medio antes de nuestra llegada prevista a la isla de Valentia, recibimos un mensaje en el que se nos comunicaba que el día 12 de junio no se podría realizar la travesía por el estado del tiempo y de la mar. Nos ofrecieron la posibilidad de adelantarlo al día 11. Aceptamos, aunque tuvimos que madrugar para llegar a tiempo, porque nos encontrábamos lejos de Pormagee.

La pequeña embarcación, en la que viajábamos 9 personas y el piloto, fue juguete de las olas durante toda la travesía. El mar estaba agitado; el viento introducía en la cubierta el agua que se levantaba en las embestidas entre las olas y el barco y caía sobre nosotros. Al llegar a la cara este de Little Skellig el mar, protegido en aquel lado por la escabrosa isla, dejó de estar tan movido. Lo que desde lejos nos pudo parecer nieve sobre una superficie oscura desdibujada por la neblina no eran más que miles y miles de seres vivos que ocupaban cada cornisa disponible de aquel suelo vertical. Aquella negra y áspera roca era la residencia temporal de más de 25.000 parejas de alcatraces que anidan en los escarpes.

Rodeamos Little Skellig y nos acercamos a Skellig Michael por un mar otra vez movido. Excepto en los acantilados más verticales, un manto verde cubre la superficie de esta isla. En esta áspera protuberancia rocosa que surge de las agitadas aguas del Atlántico a ocho millas de la costa irlandesa, un pequeño grupo de monjes estableció su morada en el siglo VII. Construyeron su iglesia y sus moradas en dos pequeñas terrazas a unos 170 y 180 m s.n.m. La inhóspita isla estuvo ocupada permanentemente por monjes irlandeses hasta el siglo XII o XIII. Parece que nunca fueron mucho más de una docena.

Desde el mar agitado, con las nubes sobre los dos vértices más altos de la isla (185 m y 218 m) y con la neblina poniendo un velo semitransparente ante los ojos de quien miraba, distinguir las pequeñas construcciones en forma de cúpula me resultó imposible. Lo que sí pude distinguir fueron dos líneas grises ascendiendo sobre el manto verde, eran dos de las tres escaleras construidas para llegar al monasterio; la tercera se encuentra en la vertiente norte de la isla, frente a la que no pasamos. Cientos y cientos de escalones construidos en piedra seca, sin mortero, unen tres posibles puntos de desembarco con el monasterio. Cerca del agua no hay mas que roca y los escalones se esculpieron en ella.

Volvimos a la isla de Valentia empapados. Me aseguraron que las previsiones para dos días más tarde, fecha de mi reserva para el desembarco, anunciaban mejor tiempo y la mar estaría mucho más tranquila. Todavía no sabía que tampoco ese día se iban a producir desembarcos en la isla.

Un objetivo de larga espera

La víspera de la fecha elegida, al atardecer, recibí un mensaje que me conminaba a tener disponible mi teléfono desde las primeras horas del día por si tenían que comunicarme que se suspendía el viaje; no había seguridad de que el estado de la mar permitiese desembarcar en Skellig Michael. Por la mañana esperé en el centro de visitantes Skellig Experience hasta después de las diez confiando en que se disipasen las dudas en quienes tenían que decidir si el desembarco era posible o no. El premio para quienes esperábamos fue la decepción: las condiciones no permitían el desembarco.

Tenía dos opciones: que se me devolviese el precio pagado o que esperase a que los siguientes días se produjese alguna cancelación. Elegí la segunda con muy poca esperanza; era viernes y entrábamos en un fin de semana, unos días más demandados y con listas de espera. Nuestro plan de viaje solo contemplaba un día más en la zona; el domingo, de mañana, abandonaríamos la isla de Valentia y la península de Iveragh. El sábado volví a presentarme en el centro de visitantes con la remota esperanza de conseguir una plaza para mí. El día había amanecido luminoso y el tiempo se preveía inmejorable para la travesía y el desembarco. No tuve suerte.

Resignado a no pisar Skellig Michael y a no llegar hasta el monasterio paleocristiano de la isla, me mentalicé para abandonar Irlanda sin cumplir el objetivo que nos había llevado hasta el Condado de Kerry. Pero el día era luminoso y el mar entre el puerto de Portmagee y la Isla Valentia parecía tan en calma que consulté la posibilidad de volver a realizar el tour sin desembarco hasta las Skellig en lugar del reembolso de lo pagado. Para esa travesía sí había plazas disponibles y no me resistí a la tentación de volver a acercarme hasta las islas. Llamé a Josune, que todavía no había marchado del glamping en el que nos alojábamos en la isla de Valentia; fui a buscarla y, en la misma embarcación que unos días antes, repetimos la travesía. Esta vez con cielo despejado y mejor mar. Además del piloto nos acompañó como guía otro viejo marinero; grababa sus explicaciones con el móvil y después nos lo pasaba con la traducción al euskera. Pudimos observar con mucha más tranquilidad que tres días antes los escarpes repletos de alcatraces de Little Skellig, el vuelo y las inmersiones de los frailecillos, las numerosas aves marinas que sobrevolaban las islas y las aguas que aislaban a estas del resto del mundo, algunas focas y delfines… La observación de las empinadas laderas de Skellig Michael solo producía en mí añoranza por no poder ascender hasta el inicio de la línea que había provocado el viaje. De vuelta, esta vez secos, la frustración por la imposibilidad del desembarco ensombrecía la satisfacción que la travesía nos había proporcionado.

A pesar del colchón de días de estancia en la isla de Valentia en previsión de que hubiese que cambiar la fecha de la travesía con desembarco en Skellig Michael, tendría que irme de Irlanda sin cumplir el objetivo que me había llevado hasta allí. Cada uno de los días que la travesía se frustró lo habíamos aprovechado para recorrer con calma la península de Iveragh, la isla de Valentia, el Anillo de Kerry…

Nos sorprendieron los acantilados de Kerry, cerca de Portmagee, y el recorrido y ascensión hasta Bray Head, en la isla de Valentia. Entre Terranova y este último lugar se instaló el primer cable telegráfico transatlántico; la cumbre de Brary Head vinculada a aquellos primeros cables transatlánticos es uno de los atractivos que se ofrecen a los turistas. Para nosotros su atractivo estaba en las vistas de las islas Skellig durante gran parte del recorrido, vistas que también son excelentes desde los acantilados de Kerry.

Recorrimos la playa y las dunas de Rossbeigh Strand bajo la lluvia. El sol lució el día que llegamos a la abadía de Ahamore, en una pequeña isla a la que se accede a pie desde la playa de Derrynane; se trata de unas ruinas bien conservadas convertidas en cementerio.

Algunos días antes el sol no fue tan generoso cuando visitamos la abadía de Ballingskelligs, cerca de la playa del mismo nombre. Se trata de las ruinas de otra abadía convertida en cementerio. A esta abadía agustina es a donde se trasladaron los monjes de Skellig Michael cuando abandonaron como residencia permanente la isla.

Castillos, mansiones y abadías conservadas en su ruina adornan a menudo el paisaje irlandés. Ya estaba convencido de que abandonaría la costa suroeste de Irlanda con la imagen de los paisajes que había descubierto, la de las islas desdibujadas por la neblina contempladas desde lejos, la de las escaleras que subían desde el mar buscando un monasterio paleocristiano, la de las ruinas de una abadía a la que volvieron los monjes de una congregación que ocupo permanentemente Skellig Michael durante seis siglos…; pero me iría sin el recuerdo de mis pies hollando los lugares que aquellos monjes habían habitado y adaptado a sus ascéticas necesidades.

Cuando quedaban menos de doce horas para alejarnos de la península de Iveragh y la resignación ya había negado hasta el más mínimo espacio a la esperanza, recibí un mensaje en mi móvil: si seguía interesado en desembarcar en Skellig Michael tenía una plaza disponible.

Confirmé mi asistencia.

2025/03/07

EL NACIMIENTO DE DOS RÍOS

 


Dos surgencias. Una espectacular en su inicio, la otra un humilde hilo de agua. La primera nace con decisión y emprende con vocación oceánica su corto recorrido en dirección al mar más alejado de su primera fuente. La segunda surge con timidez, sin ruido ni alharacas; el líquido que mana de la tierra se desliza sin atrevimiento, como si tuviese dudas de elegir entre el lejano océano o el más cercano mar. Las dos son el nacimiento de un río; la primera el del río Cuervo, la segunda el del Tajo.



Río Cuervo

El río Cuervo nace en el parque natural de la Serranía de Cuenca. El lugar más visitado y fotografiado de este río son las cascadas que salvan la barrera que el agua ha construido durante millones de años al depositar sobre el suelo por el que discurre el carbonato cálcico diluido en ella. Las cascadas son espectaculares cuando el caudal es abundante, más aún cuando en invierno se congelan. El nacimiento está a medio km de distancia y 40 m por encima de ellas.

Llegamos al paraje, declarado monumento natural en 1999, desde Vega del Codorno. Entre los barrios de La Cueva y El Perchel la mansedumbre del río, oculto por la maleza en buena parte del tramo, no permitía presagiar el soberbio espectáculo que nos esperaba a unos 3 o 4 km y 140 m más arriba. Tras un corto paseo desde el aparcamiento habilitado para su visita, nos colocamos ante el escenario en el que el agua del río Cuervo interpreta el acto más brillante y seductor de todo su recorrido. En la ancha chorrera formada por numerosas cascadas, el agua fluye por un ciclorama tridimensional que ella misma ha construido y sigue moldeando. La parada es obligatoria antes de llegar al manantial que brota de una cueva; el agua que de este mana desde el interior de la montaña viene cargada de sales carbonatadas disueltas en ella; en el exterior se vuelven insolubles y van formando la toba sobre la que las vistosas cascadas se deslizan.

Las sugerentes configuraciones que surgen hacen que el agua se distribuya por un ancho espacio y caiga por numerosas cascadas. Algunas de las frágiles formas por las que el río se escurre parecen una capa con capucha que en su oscuro interior protege del agua a algún misterioso y negro ser que no vemos.

Después de su vistosa exhibición, el río Cuervo discurre hacia el noreste durante unos 39 km. No será él quien haga llegar sus aguas hasta el río Tajo; aunque nace con arrogancia no es más que un afluente secundario que tiene que entregarse al Guadiela para que este sea quien se las ofrezca al Tajo.


Río Tajo

Hacia el sureste, a unos 20 km en línea recta, 33 por carretera y a 1.600 m s.n.m., hay un humilde manantial que surge de la tierra, a 170 metros más de altitud que el del río Cuervo. Es tan modesto que el agua que de él fluye parece no saber hacia dónde dirigirse. En los primeros tramos, casi marcando la divisoria de aguas atlántico-mediterránea, el río se esconde para volver a aparecer más tarde, como si tuviese vergüenza de mostrarse o dudas de que mar elegir. Pero es el Tajo desde el principio, aunque el lugar de su nacimiento no sea más que una atracción turística y no un monumento natural como el del río Cuervo.

El río en su nacimiento no llama la atención, lo que sí lo hace es el Monumento al Nacimiento del río Tajo. Se trata de un grupo escultórico con cinco figuras metálicas. En una de ellas se representa la península ibérica y el curso del río Tajo en ella. Otras tres representan a las provincias en las que se forma: un toro representa a Teruel; una estrella sobre un cáliz, a Cuenca; un caballero en su caballo, a Guadalajara. El padre Tajo está representado por la monumental escultura de un titán con una hendidura que recorre todo su cuerpo; es una alegoría del Tajo y del surco de más de 1.000 km que el río abre al atravesar la mayor parte de la península. Las barbas del titán serian el agua tras el deshielo; la hendidura que recorre la escultura de arriba a abajo (ensanchándose a medida que desciende), la tajadura que divide la península en dos.

El nacimiento del Tajo necesita un exagerado monumento artificial para atraer la atención de quienes atraviesan los Montes Universales entre Castilla la Mancha y Aragón. Lo descubrimos cuando desde Vega del Codorno nos dirigíamos a Albarracín. Poco después de Tragacete tomamos la carretera CM-2119, coronamos el puerto de El Cubillo de 1.617m y enlazamos con la A-1704. Cinco km después, a la altura de una pronunciada curva, muy cerca de la carretera y a nuestra izquierda, divisamos el desmesurado monumento, más atractivo turístico por sí mismo que por el río que allí nace.

Nuestro itinerario hizo que dejásemos atrás el Tajo, pero estar en su nacimiento provocó la idea de un futuro viaje desde su primera fuente hasta la desembocadura. Como otras veces un viaje nos sugería otro. Aún solo es una idea, pero su realización dejará pequeño el modesto objetivo de viajar para ver unas espectaculares cascadas. La surgencia del río Cuervo es arrogante y espectacular, aunque solo es el prolegómeno de un río breve, efímero. El modesto y tímido manantial del Tajo no atrae por sí mismo, sin embargo anuncia una larga travesía por regiones y paisajes diversos antes de entregarse al océano Atlántico. Allí, en Lisboa, construyeron un puente de 17 km para unir las dos orillas del estuario que se forma en su desembocadura. 

¡El del Tajo sí que es un camino de crecimiento!




Nacimiento del río Tajo






Nacimiento del río Cuervo

2024/11/27

Athos y Olimpo

 

Un viaje a Grecia.

Lugares dispares fundidos en un solo recuerdo (y 3)


Hay lugares que no se pueden pensar sin otros a los que nuestro recuerdo los vincula, los adhiere, los une hasta convertirlos en uno solo al evocarlos.

 


Athos y Olimpo son dos montañas a las que las creencias y los mitos han proporcionado la fama que atrae a multitud de viajeros. Los mitos las unen, las creencias las separan. Al Mytikas, la más alta cumbre del Olimpo, ascienden alpinistas; también a la cumbre del Athos, pero en esta son mucho más abundantes los peregrinos.



El Olimpo era el lugar en el que vivían los dioses de la mitología clásica, deidades paganas para el cristianismo y las religiones del Dios único. Athos también hace referencia a un personaje de aquella mitología: el monte no sería más que la roca bajo la que Poseidón dejó sepultado al gigante Athos durante la gigantomaquia, la guerra entre gigantes y dioses olímpicos en la que estos resultaron victoriosos. Sin embargo, no son los mitos o las historias sobre aquellas deidades las que los actuales dueños y habitantes de Athos creen y, creencia incluida, comparten con la mayoría de quienes les visitan, por más que las historias que ahora se recuerdan allí sobre seres excepcionales, sobrenaturales y milagrosos sean tan inverosímiles como los relatos de los mitos sobre dioses, semidioses, ninfas, musas...

Las cumbres del Olimpo están desnudas. A partir de los 2.500 m los árboles desaparecen y la vegetación escasea, a excepción de alguna pradera de altura como la Meseta de las Musas. Desde esta las cumbres más altas del Olimpo se presentan cercanas y soberbias, y en ellas solo la roca es visible. La cumbre del Stefany (2.911 m), por su forma curvada, bien podría ser el respaldo del trono de Zeus. Detrás aparece el vértice del Mytikas (2.918 m). Ningún resto dejaron aquí los dioses olímpicos; las personas que creían en ellos tampoco construyeron nada para venerarlos en estas alturas, porque el Olimpo era un lugar inaccesible para los seres humanos.

La cima del Athos, en cambio, está coronada por un templo dedicado a la Transfiguración del Salvador (Μεταμόρφωση Σωτήρος/Metamorfosi Sotiros). A 2.033 metros sobre el nivel del mar la cubierta de la iglesia supera en altura el vértice rocoso del monte. En este hay incrustada una cruz a la que los peregrinos han fijado numerosas ofrendas: rosarios, cruces y pulseras manufacturadas cuelgan en ella sacudidas por el viento. Si el pie de Hera tocó la cumbre del Athos cuando desde el Olimpo se dirigía a Lemnos para ayudar a los aqueos en la guerra de Troya(*1), su huella ya está borrada, sepultada bajo una iglesia, alojada en el olvido. 

Desde la cumbre, dirigiendo la mirada hacia el noroeste, se domina toda la península del Monte Athos y se distinguen muchos de los monasterios ortodoxos y otras dependencias monásticas que se distribuyen por toda ella. Mirando en cualquier otra dirección solo es el mar lo que se divisa. A pesar del esfuerzo de la subida ‒iniciada en la misma orilla del mar‒ y las horas necesarias para llegar a la cumbre, el Egeo se ve tan cerca que parece posible lanzar una piedra y hacerla caer en él.

Athos y Olimpo son dos montañas de mitología compartida en el pasado más lejano, pero en el presente las motivaciones para ascender a cada una de ellas, aunque no antagónicas, suelen ser muy diferentes. En el caso de Athos se trata de un presente que tiene ya un milenio de antigüedad y está impregnado de creencias; para la mayoría de quienes lo ascienden, son estas la motivación para enfrentarse al esfuerzo de escalarlo.

Jacques Lacarrière, en Verano Griego(*2), hace una clara diferenciación entre lo que los dioses paganos exigían a los seres humanos y lo que el cristianismo les impone:

“Aparte de los sacrificios y los ritos ‒intercambios de buenos modos entre seres terrestres y celestes en los que unos daban lo que podían y otros lo que querían‒, los griegos podían sentirse liberados de los dioses. Estos no los acosaban hasta lo más hondo de sí mismos, en sus pensamientos secretos, en su vida interior, como el Dios inquisidor de la Biblia, que pide cuentas al ser humano con relación a sus deseos y sus sueños.”

Era ya octubre cuando ascendimos desde el mar hasta la cumbre del Athos. Al atardecer, la sombra de la montaña fue avanzando hacia oriente, como en una huida, y dibujando su silueta en el Egeo; Plinio el Viejo escribió que en el solsticio de verano el monte Athos proyectaba su sombra sobre el foro de una de las ciudades de la isla de Lemnos, según él a ochenta y siete mil pasos del monte(*3). Hacia occidente buscamos la silueta del macizo del Olimpo; como nos había enseñado el monje cocinero del monasterio de Símonos Petra esperamos a que el sol se pusiese para verla destacar recortada bajo la rojiza claridad del cielo, pero las nubes en el horizonte lo impidieron.

Una quincena de peregrinos ortodoxos de distintas procedencias, eslavos la mayoría, rezaron y cantaron sus oraciones en el pórtico que protege la entrada de la iglesia en su fachada sur. Al otro lado, entre la pared trasera de la iglesia y la pirámide rocosa en cuyo punto más alto se incrusta una cruz, nosotros buscamos un lugar protegido del viento para vivaquear. Pudimos contemplar, hasta quedarnos dormidos, un firmamento estrellado en el que la Vía Láctea se hacía evidente. Cada vez que el viento soplaba con tanta fuerza que movía los badajos de las campanas de la iglesia hasta hacerlas sonar, nos despertábamos y volvíamos a admirar una negra bóveda llena de puntos luminosos.

Cinco días más tarde coronamos el Mytikas, la cumbre más alta del Olimpo. Es una cumbre asequible para montañeros acostumbrados al medio alpino, aunque exigente, con tramos y pasos expuestos y delicados. Al llegar al Skala, una cima de 2.866 m, contemplamos la soberbia cumbre del Myticas. Apenas 450 m nos separaban de ella, pero aún tuvimos que descender por alguna chimenea y avanzar afirmando cada paso por un itinerario expuesto. Al llegar a la desafiante pala por la que accedimos a la cumbre, que desde el Skala puede parecer un muro vertical, aún nos quedaban 100 m de ascensión. En la cumbre celebramos con un abrazo el éxito de la empresa. Al menos una docena de personas compartían con nosotros el reducido espacio de la cima; al contrario que en la del Athos, donde solo nos rodeaban peregrinos motivados más por la fe que por la montaña, no nos sentimos extraños ni ajenos al lugar. Nadie nos había impuesto nada; el Olimpo nos había dado lo que nosotros nos habíamos pedido.

Elegimos el refugio Khristos Kakalos(*4) para pasar la segunda noche en el macizo del Olimpo. Desde el Myticas lo veíamos al borde de la Meseta de las Musas asomándose hacia el sureste, casi colgado sobre la escarpada pendiente. Apenas un km en línea recta separan la cumbre del refugio, pero invertimos al menos tres horas y media para llegar a él; una para regresar por el terreno expuesto y delicado hasta el Skala, el resto para descender 500 m y volver a ascender 400 rodeando el Mytikas y el Stefani por el sur. Cerca ya del pequeño refugio varios círculos de piedras invitaban a vivaquear en ellos, algunos ya estaban ocupados. La Meseta de las Musas pronto quedó en la sombra cuando el sol se ocultó tras el Myticas y el Stefani, aunque todavía quedaban algunas horas de luz.

A la madrugada, cuando el sol aún no había salido, pero ya iluminaba el cielo por el este con colores escarlata y carmesí, la silueta del Athos se recortó en el horizonte elevándose soberbia sobre el mar. Mientras aquella vista penetraba por mis ojos, en mi mente se reprodujo el recuerdo de la imagen del Olimpo vista desde una balconada del monasterio de Símonos Petra. El Olimpo y el Athos ya son dos lugares que no puedo pensar por separado.






(*1) Homero (2014). Ilíada. (Trad.: E. Crespo. Canto XIV, 225-230). RBA-Gredos:
“...Y Hera, de un salto, abandonó el pico del Olimpo. Tras poner pie en Pieria y en la amena Ematia, se lanzó sobre los nevados montes de los tracios, pastores de recuas, a sus más elevadas cimas; ni rozaba el suelo con los pies. Desde el Atos descendió sobre el fluctuoso ponto y llegó a Lemnos, ciudad del divino Toante”.

(*2) Lacarrière, J. (2009) Verano Griego. 4.000 años de Grecia cotidiana. (Trad.: D. Fernández Jiménez). Revista Altaïr S.L. (Trabajo original publicado en 1975).
Este libro retrata la Grecia de mediados del siglo XX y su gente, la Grecia anterior a la invadida por el turismo. Para quienes Grecia ha sido un destino recurrente, leerlo sirve para contrastar el país al que queríamos creer haber viajado con aquel al que realmente queríamos viajar.

(*3) Plinio el Viejo. Historia natural I-IV. Editorial Gredos, 2026 (Biblioteca Clásica, nº 74). Libro IV, párrafo 73.

(*4) Khristos Kakalos fue el primero en alcanzar la cima del Olimpo; tenía 31 años. Era leñador y cazador de cabras salvajes cuando en 1913 guio a dos suizos (el fotógrafo Frédéric Boissonnas y el escritor Daniel Baud-Bovy) que ascendieron con él al Myticas en la primera ascensión registrada a la cumbre del Myticas. Desde 1937 fue guía oficial del Olimpo. En 1973, con 91 años, alcanzó por última vez la cima; murió tres años más tarde.




2024/11/26

Monasterios de Símonos Petra y Gran Lavra


 

Un viaje a Grecia.

Lugares dispares fundidos en un solo recuerdo (2)


Hay lugares que no se pueden pensar sin otros a los que nuestro recuerdo los vincula, los adhiere, los une hasta convertirlos en uno solo al evocarlos.

 

 


Una vez recorrido el Monte Athos, el espacio físico que ocupa se puede recordar como península, como monte o como república monástica, pero es muy difícil evocar por separado cada una de esas concreciones con las que podemos nombrarlo; yo no puedo.


Cuando entré por primera vez en Athos iba convencido de que emprendía un viaje hacia un mundo en el que el tiempo se había detenido hacía más de mil años. Con esa expectativa viajé, y con la de encontrar lo que en algún lado había leído que era: “la última franja costera intacta del Mediterráneo”. Toda la costa que rodea el estado monástico atonita se mantenía virgen; ninguna playa estaba concurrida por turistas y ninguna construcción la invadía, a excepción de los monasterios construidos hace siglos cerca de la orilla o sobre acantilados que surgen de ella, y los arsanás (*1). La segunda expectativa, por tanto, se vio cumplida. En ese aspecto, nada ha cambiado desde entonces. La primera, la de encontrar un lugar y un tiempo insólitos y fosilizados, también quedó satisfecha para mí. Sin embargo, tras los viajes del 2023 y 2024 me he convencido de que aquella expectativa convertida en deseo no me permitió mirar más allá de lo que veía y se me explicaba en el propio Monte Athos. Después el deseo se acabó convirtiendo en recuerdo.

Muchos de los que visitan Athos explican en sus blogs esa supuesta inmovilidad del tiempo, la describen o la copian de otros, pero el tiempo nunca se detuvo. Al preparar los viajes del 2023 y 2024, las lecturas y la información que he ido acumulando me han hecho ver que estaba equivocado, porque yo también compré ese relato. Es cierto que una línea invisible se cruza al entrar en Athos, una línea que separa dos dimensiones temporales diferentes; al otro lado se encuentra un modo de vida con normas milenarias y costumbres adaptadas a ellas. Sin embargo, desde la fundación del primer monasterio en el 963 d. C. ‒el de Gran Lavra(*2)‒ o desde que en 1046 el emperador bizantino Constantino IX Monómacos concedió al territorio de Athos la independencia administrativa del poder imperial, cada momento histórico ha tenido su influencia en el devenir de la vida monástica de la península y en su desarrollo como estado autónomo. Este estado teocrático ha mantenido su independencia adaptándose a cada cambio político de imperios, dictaduras y democracias. Ahora se vuelve a adaptar a nuevas costumbres, a la globalización y a enfrentados intereses geopolíticos. Estos últimos provocan conflictos entre los distintos patriarcados e iglesias ortodoxas y podrían hacerlo entre distintos monasterios de Athos.

Un ejemplo puede ser el que lleva abierto desde hace 60 años entre el patriarcado de Constantinopla y los monjes ocupantes del monasterio de Esfigmenou(*3). Los monjes que lo ocupan tienen como lema “ortodoxia o muerte” (ορθοδοξία ή θάνατος). Son críticos con el patriarcado de Constantinopla desde el abrazo del patriarca Atenágoras y el papa Pablo VI en Jerusalén que precedió al levantamiento de las mutuas excomuniones entre sus iglesias. No se les reconoce la propiedad del monasterio, y aunque no han conseguido expulsarlos ya hay una nueva comunidad en Kariés dispuesta a sustituirlos en cuanto los rebeldes abandonen el cenobio.

Otro conflicto es el provocado por la ruptura de las relaciones fraternas entre los patriarcados ortodoxos de Moscú y Constantinopla; el detonante fue la decisión de una de las iglesias ortodoxas de Ucrania(*4) de erigirse como autocéfala e independizarse del patriarcado de Moscú con el beneplácito del patriarca de Constantinopla.

Es difícil encontrar opiniones de los monjes sobre estos conflictos, porque son pocos los que se prestan a entablar conversaciones fluidas con los visitantes no ortodoxos y escasos los momentos en los que podría ser posible. Así que en Athos no profundizamos en ello y prestamos atención, sobre todo, a lo que nos entraba por los ojos.

En los monasterios de Athos, puedes encontrar la sorpresa que te maravilla, asombra o desconcierta en la naturaleza que les rodea, en la ubicación sorprendente de la mayoría de ellos, en los frescos que cubren todas las paredes de sus iglesias y refectorios, en la liturgia de sus funciones religiosas, en la insólita veneración de increíbles reliquias que los peregrinos tocan y besan… Todos los monasterios tienen su atractivo, un atractivo híbrido, porque te llega por los sentidos y a través de su historia o de sus leyendas disfrazadas de historia.

En el último viaje nuestro objetivo principal era ascender a la cumbre del Athos, así que solo pudimos parar en dos monasterios: el de Símonos Petra, desde cuyo arsanás(*5) salimos en barco para llegar a Agia Ana e iniciar la ascensión a la cumbre, y el de Gran Lavra, hasta el que descendimos al día siguiente.


Monasterio de Símonos Petra

Queríamos llegar a Símonos Petra lo antes posible después de desembarcar en Dafni, el puerto de entrada a la república atonita. En el monasterio nos habían reservado un lugar para pernoctar la primera de las tres noches para las que teníamos permiso. Cuanto antes llegásemos más tiempo tendríamos para recorrer el monasterio y sus alrededores e intentar interactuar con los monjes, algunos de los cuales conocíamos del año anterior.


Nos pusimos en marcha siguiendo la sinuosa pista que en unos ocho km conduce al monasterio. Por un sendero de mulos que ascendía con más decisión que la pista pudimos evitar un buen tramo de la carretera de todo uno; en esta, al tener que adaptarse a la accidentada orografía, los avances y retrocesos eran continuos. Al doblar una curva, divisamos el monasterio construido sobre un acantilado a varios cientos de metros sobre el mar. Vimos los muros que surgen de la roca y la rodean. Dos o tres hileras de balcones de madera colgados en la misma fachada ceñían esta por su parte superior. No eran las fachadas más conocidas y fotografiadas del monasterio y del Monte Athos, las que pueden identificar muchísimas personas que nunca han estado allí, las que quedan afianzadas en el recuerdo de quien las haya visto una vez. Estas se encuentran en la parte sur del monasterio, al otro lado de lo que veíamos.

Pudimos volver a asombrarnos con ellas después de recibirnos el arkhondaris(*6). Este, después del recibimiento, que en todos los monasterios sigue un protocolo similar, nos ofreció una frugal comida, nos informó de los horarios de los oficios litúrgicos ‒en los que podíamos estar presentes, pero solo desde el nártex y sin participar como los ortodoxos en el ritual‒, nos alojó en una habitación de la arkhondariki y nos explicó qué podíamos hacer y qué no en el monasterio. En cuanto nos libramos de las mochilas en la celda que nos asignó el arkhondaris descendimos por el sendero que rodea las estrechas terrazas de cultivo para el autoconsumo del monasterio y llega hasta el arsanás, algunos cientos de metros más abajo. Quedamos de nuevo fascinados por el atrevimiento de las incontables balconadas que recorren las fachadas orientadas hacia el sur. En cada piso estructuras de madera se suceden unas sobre otras en sucesión vertical hasta el último nivel bajo los aleros de los tejados.

Volvimos al interior del monasterio para recorrer la balconada más alta, al mismo nivel que el Katholikón(*7); era la única a la que se nos permitía acceder. Todo el material con el que las balconadas están construidas es nuevo; las vigas, barandillas, soportes y tirantes de los viejos balcones que vi hace 30 años han sido sustituidos. Entonces las tablas del suelo se movían al pisarlas y era fácil que el pie se te colase por sus huecos, ahora solo asomándonos a la barandilla pudimos ver la roca sobre la que se asienta el monasterio. En el 2023 un monje con el que entablamos conversación nos habló del dinero que había llegado de la Unión Europea.

‒Son todos masones, pero el dinero es el dinero ‒nos dijo con una sonrisa irónica.

Aquel mismo monje nos invitó esta vez a acompañarle hasta un pico que se eleva un ciento de metros al este del complejo monástico; desde allí veríamos el monasterio a vista de pájaro. La iglesia está construida en la parte más alta, sobre la cúspide de la misma roca de la que surge todo el complejo. Las cúpulas del Katholicón quedan ocultas por los edificios que le rodean, pero desde aquella puntiaguda atalaya coronada por una cruz vimos como quedaba encajado entre las construcciones y protegido por ellas. El monje no volvió con nosotros, se alejó ascendiendo por el accidentado paisaje en busca de soledad, quizás a preparar algún lugar o rehabilitar alguna vieja celda a la que retirarse como ermitaño. Nos había hablado con cierto entusiasmo de antiguos ermitaños, de su prestigio y santidad, de la vida en retiro; insinuó como de pasada que era a lo que él aspiraba. No volvimos a verle, ni en la iglesia a la hora del oficio de la tarde, ni, cuando este acabó, en la trápeza(*8) a la que monjes, peregrinos y extranjeros acudimos a la comida principal y última del día.

Después de la comida subimos de nuevo hasta el lugar desde el que a la mañana habíamos divisado Símonos Petra; queríamos disfrutar de la vista con la luz vespertina. Volvimos luego a la balconada superior para ver atardecer. Conversamos con el monje encargado de la cocina, cuyo lugar de trabajo se abría a aquella galería suspendida. Creo que satisficimos más su curiosidad que él la nuestra. Le contamos que unos días más tarde íbamos a ascender al Olimpo. Señaló al horizonte y nos indicó el lugar donde debíamos situar el macizo y, aunque el sol nos impedía ver su silueta, nos aseguró que en cuanto aquel se pusiese lo veríamos con nitidez. El sol se puso y se dibujó ante nosotros un paisaje de planos separados que se sucedían cada vez más difuminados y con distinto nivel de oscuridad bajo la ocre luminosidad del cielo. Más allá de Athos, del golfo Singítico y de la silueta de la península de Sithonia, el macizo del Olimpo se recortaba bajo un cielo rojizo que se apagaba poco a poco.

Bajamos con el monje hasta la puerta principal del monasterio. Un buen grupo de monjes charlaba amistosamente aprovechando la todavía tenue claridad en la que la iluminación eléctrica, aunque escasa y mortecina, se iba imponiendo a medida que el cielo se oscurecía. El monje junto al que habíamos disfrutado del dilatado atardecer ‒yo más de oyente que de interlocutor‒ se despidió de nosotros; de mí con un apretón de manos, de Aimar con un abrazo.


Monasterio de Gran Lavra

A nadie vimos a la mañana siguiente cuando volvimos a recorrer el camino calzado que por el interior del monasterio de Símonos Petra asciende hasta la iglesia; con nadie compartimos la última y rápida mirada desde la impresionante balconada; nadie nos acompañó en el descenso al arsanás donde esperábamos tomar un barco para llegar a la skite(*9) de Agia Ana e iniciar allí el ascenso hasta la cumbre del Athos. Monjes y peregrinos estarían en el Katholikón, en el oficio del alba; después de este, a media mañana, acudirían a la trápeza para la primera comida del día, demasiado tarde para nosotros.

Un día tiene las horas suficientes para llegar desde el arsanás de Agia Ana hasta el monasterio de Gran Lavra, para atravesar el extremo sur de la península de oeste a este. Casi 14 km de sendero separan el muelle del monasterio. Los primeros 3,4 km para ascender 800 m y llegar al desvío hacia la cumbre del Athos; los otros 10,5 km para volver a acercarse al mar. Nosotros invertimos dos días, porque ascendimos hasta los 2.033 m de la cumbre y vivaqueamos en ella. Al día siguiente llegamos a Gran Lavra a primeras horas de la tarde.

Divisamos los edificios exteriores del Gran Lavra cuando dejamos de estar flanqueados por la vegetación en el sendero que nos conducía al monasterio. La apariencia de muralla de las fachadas de los edificios exteriores se acentuaba por las torres que sobresalen en los extremos y a tramos más o menos regulares, algunas almenadas. En el interior encontramos un pueblo vacío. El katholikón y la trápeza ocupan el centro. Entre ambos, aunque más cercana a la iglesia, está la fiali(*10), una tina de mármol de unos dos metros de diámetro rodeada de ocho estrechas columnas y cubierta por una cúpula adornada con frescos que representan el bautismo de Cristo; en su parte baja losas de mármol decoradas cierran seis de los ocho espacios entre columnas.

Todo el recinto estaba desierto, debía ser una hora de reposo para los monjes antes de la función litúrgica de la tarde; los peregrinos ya se habrían ido hacia otro monasterio o, si Gran Lavra era su destino, aún no habían llegado a él. Antes de presentarnos en la arkhondariki recorrimos el espacio que parecía un pueblo con edificios irregularmente distribuidos. 

El acceso a algunos pisos se hace por escaleras y pasillos de madera adosados al exterior de las fachadas de las viviendas. Como en las balconadas de Símonos Petra un entramado de vigas, barandillas, soportes y tirantes colgaban de los muros de piedra; a ellos se abrían puertas y ventanas.

Tanto en el katholikón como en la trápeza todas las paredes están cubiertas de frescos. Para ver con detalle los de la iglesia habría que asistir a muchos oficios litúrgicos, tener la posibilidad de permanecer dentro con la iglesia iluminada y disfrutar de una libertad de movimientos que no se nos concedió. Para contemplar los del refectorio tuvimos más tiempo, todo el que duró la segunda comida del día (la primera para nosotros). Son unos frescos espectaculares, del siglo XVI, como los del katholikón, aunque de autor diferente; los de la iglesia son de Teofanes de Creta, los del refectorio de Frangos Catellanos. A la derecha de la entrada del refectorio hay trozos de pared donde el revoque se ha caído o retirado y las imágenes han desaparecido; parece que esas partes están en restauración.

Las mesas, alrededor de las cuales pueden sentarse 8 o 10 comensales, son realmente curiosas: una losa grande de mármol pulido rodeada por una canaladura de unos 6 cm con un desagüe en el lado del pasillo, seguramente para facilitar la limpieza.

Este monasterio, que es el más antiguo y el primero en el orden jerárquico de los 20 de Athos, también está siendo muy rehabilitado. En las fachadas este y sur, las orientadas al mar Egeo, todavía hay tramos bastante deteriorados; una alta grúa y materiales de construcción indican que el proceso de restauración prosigue.

Ya de noche, en la terraza cubierta de la arkhondariki, las conversaciones cruzadas de quienes allí nos alojábamos por una noche animaron el lugar mientras hacíamos durar los cafés que el arkhondaris nos había ofrecido. Para nosotros era la última noche en Athos. Por la mañana viajaríamos en furgoneta hasta Dafni y desde allí en ferry hasta Ouranópolis. Dos días más tarde nuestra meta era otra montaña. El Olimpo ya empezaba a prevalecer en nuestro pensamiento.


(*1) Αρσανάς = arsanás: muelle. Cada monasterio, aunque se encuentre en el interior de la península y desde él no se vea el mar, tiene el suyo; consiste en un pequeño muelle con alguna estancia para almacenamiento. Las embarcaciones se acercan al muelle si tienen que descargar o recoger personas o cualquier tipo de carga. Los barcos no permanecen allí más que el tiempo necesario para cargar o descargar.

(*2) Μέγιστης Λαύρας = Gran Lavra. Una par de siglos antes de que en el 963 San Atanasio Athonita fundase el Gran Lavra ya había asentamientos monásticos en la península, pero no estaban agrupados en monasterios, vivían en moradas independientes (lavras) con alguna iglesia común. Los monjes y ermitaños solitarios veían con malos ojos la construcción de monasterios y se opusieron a las intenciones de San Atanasio. Este, con la ayuda económica y la protección del emperador bizantino Juan I Tzimisces, fundó otros monasterios en Athos.

(*3) Además del texto al que se accede desde el enlace del texto se puede consultar La Stampa, que es la fuente en la que se basa: https://labur.eus/uvNzQ. También se puede consultar la página web del monasterio Esfigmenou: https://www.esphigmenou.com/, y el blog del mismo: https://esfigmenou.blogspot.com/.

(*4) En Ucrania los cristianos ortodoxos se encuentran divididos en tres iglesias diferentes.

(*5) Αρσανάς = arsanás: muelle. Cada monasterio, aunque se encuentre en el interior de la península y desde él no se vea el mar, tiene el suyo; consiste en un pequeño muelle con alguna estancia para almacenamiento. Las embarcaciones se acercan al muelle si tienen que descargar o recoger personas o cualquier tipo de carga. Los barcos no permanecen allí más que el tiempo necesario para cargar o descargar.

(*6) Αρχονταρης: Es el monje encargado de recibir a los peregrinos y visitantes y los atiende en la arkhondariki = hospedería. Recibe a todos los visitantes, se vayan a hospedar en el monasterio o no. Les ofrece un vaso de agua, dulces de gelatina y un vasito de licor.

(*7) Κατθολικóν = Katholikón: iglesia principal del monasterio.

(*8) Τραπέσα = mesa. Se llama así al refectorio. Los refectorios comunes de los monasterios están delante del katolicón. Como el katolikón sus paredes siempre están cubiertas de frescos.

(*9) Skites: Complejos monásticos dependientes de alguno de los 20 monasterios; algunas pueden ser mayores que ellos.

(*10) Fiali = φιάλη: cubeta redonda y grande para el gua bendita que se sitúa delante del katholikón; suele estar rodeada de columnas estrechas sobre las que hay una cubierta en forma de cúpula adornada en su interior con frescos.




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