2025/12/31

St Michael's Mount


 


St Michael’s Mount es una isla mareal en el extremo occidental de Cornualles protegida por la bahía de Mount’s Bay. Quizás nunca habría llegado a ella de no haberme empeñado en descubrir qué oculta el mito de la línea sacra de San Miguel, la que supuestamente trazó la espada del arcángel cuando envió al diablo a los infiernos. Este montículo es el segundo hito de la legendaria línea que tiene su inicio en un lugar inhóspito y extraordinario: la isla irlandesa de Skellig Michael.


Cornualles nos recibió a mediados de octubre con cielos grises, nublados, con una atmósfera aquejada de una neblina casi imperceptible, pero que difuminaba los detalles y las siluetas del paisaje. Nuestro destino era Mount’s Bay o, con más precisión, la mítica isla mareal de St Michael’s Mount que es la que da nombre a la bahía. La visión de la isla mareal había durado apenas unos segundos cuando en un traqueteo del tren que nos llevaba desde Londres a Penzance sacudió también mi sopor. La imagen que obtuve, un relámpago de tiempo, fue la única real que había en mi memoria cuando, ya de noche, nos acercamos hasta el borde del mar. La oscuridad lo cubría todo y la luz artificial no dibujaba los bordes de la bahía. Detrás teníamos la mortecina claridad de los andenes de la estación de tren de Penzance, que ni siquiera llegaba a la playa, aunque ayudaba a sospechar, más que a ver, la espuma de las olas rompiendo en la orilla. Más allá el mar se sumergía en la oscuridad absoluta. Sabíamos que estaba allí porque lo oíamos. Para ver el cerro que había motivado nuestro viaje a Cornualles tuve que proyectar en una pantalla negra e infinita el relámpago grabado desde el tren en mi memoria. St Michael’s Mount estaba allí, a menos de cuatro kilómetros de nuestros ojos. Había esperado encontrar un monte coronado por una construcción iluminada y solo veía tinieblas, si las tinieblas se pueden ver. Tuvimos que esperar hasta la mañana siguiente para contemplar St Michael’s Mount y la bahía.

Lo que por la noche la oscuridad ocultaba era todo lo que había más allá de la tierra, el mar. Durante el día, lo que siempre oculta este son los restos de un bosque que hace miles de años ocupaba lo que ahora cubre el agua. Al este, a pocos kilómetros, se mostró ante nosotros St Michael’s Mount en cuanto comenzamos a caminar por el sendero de la costa. La difusa neblina desaliñaba las líneas y los detalles, pero ya estábamos a un paseo del destino de nuestro viaje. Hacia el sur, a nuestra derecha mientras avanzábamos hacia la isla mareal o de frente cuando nos parábamos a contemplar la bahía, se abría el mar que en sus profundidades oculta el bosque sumergido más grande de Cornualles. No lo veíamos, sin embargo pudimos evocarlo durante todo el recorrido entre Penzance y Marazion, desde donde accederíamos a St Michael’s Mount.

Un bosque sumergido

La artista Emma Smith(1), con la colaboración y la participación activa de numerosos residentes de West Penwith, ideó una instalación permanente que con sus 85 esculturas de madera invoca el bosque sumergido en Mount’s Bay(2). En ocho puntos entre Penzance y Marazion puedes parar para apoyarte en una de las esculturas mientras imaginas el bosque, para enmarcar St Michael’s Mount en el hueco de alguna de ellas, para llevar la mirada al horizonte imaginando el corredor terrestre que hace muchos miles de años conectaba esta tierra con Europa… La evocación del bosque provoca que la isla mareal de St Michael’s Mount desaparezca; deja de ser un elemento aislado, ya no es un promontorio que atrae la atención, ya no es tan sugerente como para residenciar allí milagros fascinantes. De seguir existiendo el bosque, San Miguel no atraería a nadie hasta aquí; no habría isla mareal ni el monte destacaría, a no ser que caminases hacia él desde el sur o el suroeste, donde ahora solo hay mar. Hace cuatro milenios los blanquecinos acantilados meridionales sobresalían sobre las copas del arbolado haciéndose visibles desde lejos. Su visibilidad y su alineación con otros parajes sagrados o mágicos elegidos como lugares de culto ya lo habían convertido en un santuario(3).


En West Penwith los mitos y las tradiciones orales que los mantienen vivos se apoyan en creencias mucho más viejas que el cristianismo. Para cuando San Juan relató en el Apocalipsis que Miguel y sus ángeles declararon la guerra al dragón(4), hacía varios milenios que los seres humanos habían construido megalitos en Penwith y las islas Scelly. El culto a San Miguel entre los cristianos no se popularizó hasta los siglos VI o VII, varios cientos de años después del alumbramiento del Apocalipsis. El lugar desde el que la devoción al arcángel se difundió por Europa es el monte Gárgano, uno de los hitos que se alinean en la misma línea sacra que St Michael’s Mount. Antes de que el culto a San Miguel llegase aquí, un territorio mítico había desaparecido en el mar: la isla llamada Lyonesse(5). Estaba situada, según la leyenda, frente a la costa de Cornualles, a la altura de las islas Scelly; quedó sumergida cuando el rey Arturo murió. ¿Hasta allí llegaba el bosque que ahora solo podemos evocar?

Llegar cuando el monte es isla

Poco antes de llegar a Marazion quedó a nuestra espalda el último grupo de esculturas de madera que evocaban el bosque sumergido. Frente a nosotros teníamos St Michael’s Mount rodeado en su totalidad por el mar a la hora que llegamos. Dejamos de evocar el bosque y a los legendarios Arturo y Ginebra, Merlín, Tristán e Isolda… Descendimos a la playa para no tener entre nosotros y el monte nada más que el mar, que separa la isla de la tierra firme y la individualiza intermitentemente al ritmo de las mareas.

Teníamos a algo menos de 400 metros un lugar legendario que habitualmente se compara con el Mont Saint Michel de Normandía. La comparación ha llegado al extremo de utilizar una foto de la isla mareal normanda para promocionar el turismo en St Michael’s Mount de Cornualles(6). Las comparaciones no hacen más que infravalorar uno de los elementos comparados y predispone al desdén de quien observa estos. Proyectando el recuerdo de Mont Saint Michel en St Michael’s Mount se echa en falta mucho de lo que hace deslumbrante e imponente al primero: la altura del monte acrecentada por la soberbia iglesia construida en la cumbre; el San Miguel deslumbrante del pináculo de la torre; la vasta llanura de barro, más que de arena, que lo rodea en marea baja… Pero St Michael’s Mount tiene su propio atractivo y no hay que dejarse influenciar por el recuerdo de Mont Saint Michel.

Las visitas a St Michael’s Mount y el modo de acceder al monte están regulados por los fenómenos naturales de las mareas y las estaciones. Entre el 1 de noviembre y mediados de marzo solo es posible hacerlo a pie cuando la marea no cubre el camino de adoquines de granito que une el monte con Marazion. Durante el invierno la isla solo se abre en horas y periodos seleccionados, y no se pueden visitar ni el castillo ni la iglesia integrada en él(7). A mediados de octubre, cuando nosotros llegamos, todavía funcionaban los servicios de transporte marítimo para turistas. El monte solo se abría entre las 10:00 y las 17:00. Las posibilidades de acceso a pie eran reducidas o nulas en los horarios en los que se podía visitar. En una corta y rápida travesía fuimos desde un muelle de Marazion hasta el puerto de la isla mareal. El barco cruzó por encima de la calzada de granito que, como el bosque que antes habíamos evocado, estaba oculta bajo el agua.

Las casas, los comercios y otros establecimientos turísticos se distribuyen tras el puerto y miran a Marazion, al norte de la isla mareal. Por detrás del pequeño pueblo, hacia el sur, se va elevando el monte hasta los 80 metros sobre el nivel del mar. Un castillo lo corona; dentro de este está la iglesia. Las fachadas meridionales del castillo se asoman hacia el mar sobre grises escarpes. Las paredes prolongan los cantiles y el color de estos hacia el cielo. El nombre del monte en córnico es Karrek Loos yn Koos (roca gris en el bosque). ¿Los grises acantilados fueron los que hicieron que el monte destacase en medio del bosque que antes evocábamos?

Un pasado opaco

Los arqueólogos consideran que caben pocas dudas de que en este monte, bien alzándose desde el bosque, bien desde el mar, se hayan desarrollado siempre actividades humanas(8). Sin embargo, no parece haber nada claro sobre la historia de este monte anterior al siglo V ni nada definitivo sobre la sincronía de monasterio y castillo normando. El atractivo del monte ha podido estar siempre vinculado a su singularidad, al encanto fascinante que esta le otorga, al culto y a la magia. La seducción debió crecer cuando el bosque quedó sumergido y el mar convirtió el cerro en isla, una isla mareal que a partir de entonces se convirtió en prácticamente inexpugnable.

La limitada y cambiante posibilidad de acceso por tierra debió contribuir a la fascinación, tal como hoy lo hace. Los dueños de St Michael’s Mount y National Trust aprovechan muy bien esa peculiaridad para atraer y satisfacer a los más de 350.000 visitantes que cada año acuden a esta intermitente isla. En la tienda de National Trust se pueden encontrar libros y folletos con “referencias al romántico y dramático pasado del Monte: sus legendarios gigantes, su priorato medieval, su castillo frecuentemente asediado, su casa señorial, su ajetreado puerto y su bullicioso pueblo”(9). Pero, como Peter Herring afirma en la publicación a la que hago referencia, “without excavation caution is still advised” (sin excavación, se recomienda precaución). Dice que los arqueólogos erráticos (“wandering archaeologists”) que producen tanto libro y folleto deben imaginar que todo está dicho y no hay mucho trabajo de arqueología que hacer.

Ver y, sin querer hacerlo, comparar

Subimos al castillo y recorrimos varias dependencias en su interior: pasillos, salones, biblioteca… Se exponían armas, mapas, fotos, documentos… Casi todo relacionado con la familia que es dueña del complejo desde que el coronel John St Aubyn lo compró en 1659. Uno de sus descendientes sigue teniendo allí residencia y, vinculado a National Trust, gestiona el negocio turístico de la isla. No faltan elementos sorprendentes por inesperados, como un trozo de un abrigo que Napoleón usó en la batalla de Waterloo o un gato momificado “souvenir de un viaje de algún Aubyn a Egipto”. Nada sobre San Miguel y su línea sacra, nada sobre las leyendas o los milagros que se le atribuyen hasta que llegamos a la iglesia, y no mucho en ella. La iglesia y la torre que se eleva desde esta coronan la roca sobre la que se construyeron. El templo está rodeado de dependencias del castillo medieval. Una de sus fachadas se asoma en su totalidad a la terraza norte desde la que accedimos al interior. Se trata de una iglesia de estilo gótico construida en el siglo XIV sobre otra anterior.

He dicho más arriba que al visitar St Michael’s Mount no deberíamos dejarnos influenciar por el recuerdo de Mont Saint Michel. Pero yo había llegado al monte siguiendo los hitos sobre los que se ha elaborado la leyenda de la línea sacra de San Miguel. Antes de ir, conocía la mayoría de los lugares sobre los que se sitúan dichas marcas y no pude evitar las comparaciones al entrar en la iglesia. St Michael’s Mount no tiene ni la grandeza ni el atrevimiento que hacen admirables Mont Saint Michel en Normandía y la Sacra di San Michele en el monte Pirchiriano. Tampoco puede llegar a la sorprendente audacia de Saint Michel d’Aighile (una iglesia de Le Puy en Velay) construida sobre la punta de una aguja (aunque la ubicación de esta se aparta de la línea sacra, la pequeña iglesia se reivindica en ella). Y qué decir de la complejidad de los espacios cavernarios del monte Gárgano, donde se originó la devoción a San Miguel y se empezaron a inventar las historias y milagros del ángel más agresivo. Y en cuanto a la singularidad del paisaje, nada se puede acercar a la asombrosa localización elegida para construir un monasterio como el de la isla irlandesa de Skellig Michael, a menos de 250 millas hacia el noroeste de St Michael’s Mount.

La imagen de San Miguel ni siquiera ocupa un lugar privilegiado en la iglesia de la isla mareal de Cornualles. De tamaño muy reducido está situada sobre un capitel adosado a poca altura en la parte baja del arco del tramo trasero del templo. No puede llevar allí más de 47 o 48 años ya que, si hacemos caso a la placa que acompaña al capitel, este se colocó después de 1978 tras la muerte del tercer barón de St Levan. La inscripción de la placa dice así: Capital of pilaster thought to have been part of the original monastery building placet here in memory of the THIRD LORD St LEVAN by his widow and family(10). Aquí tampoco se hace referencia a la escultura, que a mí me recordó a la moderna estatua de Paul Moroder dë Doss que hay a la entrada de la Sacra di San Michele, en el valle de Susa. No me la recordó por el tamaño, lo hizo porque la pequeña imagen de St Michael’s Mount representa, igual que aquella, a un San Miguel algo más indulgente de lo que se muestra en la mayoría sus representaciones derrotando al dragón o al diablo; mantiene la espada en alto sosteniéndola por la hoja, no por la empuñadura. El arma parece así más cruz que espada. La mano izquierda se gira con la palma hacia arriba como si tratase de ayudar o de convencer al diablo. Sin embargo, la imagen ofrece una apariencia algo inquietante por las aspereza de sus líneas y lo escabroso de todo su volumen. En la estatua de la Sacra di San Michele (colocada en 2005), de líneas más suaves y superficies más pulidas, el perfil más benigno que el habitual del arcángel es más evidente por la falta de violencia en el gesto; allí ni siquiera sujeta la espada en la mano, la tiene a un lado hincada en la roca.

Caminar por una calzada sumergida

Abandonamos la iglesia y el castillo. En el descenso hacia el pequeño poblado y el puerto volvimos a pasar por alguna terraza con una batería de cañones y al lado de algunas garitas de vigilancia construidas con sillares de granito. Recorrimos de nuevo la escalera de los peregrinos y, apenas esbozada en un par de carteles, una leyenda, a la que no habíamos prestado atención cuando ascendíamos, se insinuó a nuestro paso: la de una gigantesca y espantosa bestia que habitaba el monte y aterrorizaba los territorios circundantes; el pozo del gigante y una piedra de la que se asegura que fue su corazón son las reliquias que cimentan el mito de la bestia y el de Jack el Matagigantes(11), y sitúan en el monte una de las más importantes hazañas del joven Jack.

En el poblado esperamos a que la marea bajase lo suficiente como para dejar al descubierto todo el camino de adoquines de granito que une Marazion con el monte. La calzada estuvo cubierta por el agua hasta muy poco antes de la hora de cierre de la isla, pero pudimos volver a Marazion por ella. Para llegar a Pensanze recorrimos de nuevo el sendero costero. Paramos en cada uno de los lugares en los que las figuras elaboradas por Emma Smith evocan el bosque sumergido, ocho sitios desde los que volvimos la mirada hacia St Michael’s Mount. El sol se acercaba al horizonte y, cuando las nubes se lo permitían, iluminaba el monte desde donde estuvo el bosque antes de que el mar lo cubriese.

Volvimos a Marazion algunos días más tarde. No visitaríamos de nuevo el castillo y la abadía, pero queríamos llegar a la isla por la calzada de granito y observar como se convertía en isla lo que, cada día, es península durante algunas horas. Durante el tiempo que estuvimos en Cornualles, los periodos de tiempo en los que poder acceder a pie a la isla mareal o no coincidían con el horario de visita o eran muy cortos. Cuando llegamos a Marazion apenas quedaba media hora para transitar por la calzada. Mientras caminábamos hacia St Michael’s Mount el agua ya golpeaba con suavidad los bordes del camino en algunos tramos; cuando volvíamos, tras un corto paseo por el poblado cercano al puerto, el mar fue cubriendo la mayor parte de la calzada y tuvimos que caminar sobre el agua. En lo alto de una roca de la playa de Marazion nos sentamos para tratar de secar al sol nuestro calzado. Pudimos observar cómo el mar rodeaba el monte en su totalidad y lo separaba de la tierra. Tuvimos que abandonar la roca en la que estábamos porque el mar también la acabaría tragando.

Los milagros de San Miguel (12)

En Marazion hay una iglesia diseñada en el siglo XIX por el arquitecto James Piers St Aubin(13), de la familia de los dueños de St Michael’s Mount; era primo del entonces Lord St Levan de St Michael's Mount. La iglesia, que sustituía a otra, se consagró en 1861 y está dedicada a Todos los Santos, no a San Miguel. Fue en 2016 cuando el templo se adornó con una pintura de la artista Zoe Cameron en la que el tema principal, no el único, es un supuesto milagro de San Miguel. Dicho milagro consistió en que el ángel alertó a unos pescadores del peligro que corrían durante una tempestad y los envió a que se protegiesen en en la costa de la isla mareal. A cambio les pidió que construyesen una iglesia en ella.

Para que San Miguel pudiese establecerse como patrón o protector en los lugares más emblemáticos en los que logró hacerlo, tuvo que competir, superar y sustituir otros mitos y leyendas. Como se trata de un espíritu no puede haber vestigios físicos de su paso por esos lugares, a pesar de que en algunas iglesias se hayan venerado reliquias de San Miguel, como alguna supuesta pluma del ángel. Hubo que recurrir a los milagros. El de St Michael’s Mount no es un milagro tan increíble como otros que se le atribuyen; no es inconcebible que quienes creyéndose seguros de perecer y logran sobrevivir atribuyan su salvación a un milagro. Aquel prodigioso salvamento justificó la construcción de una iglesia en la cumbre del monte y la apropiación de mitos ancestrales.

Fuera de la iglesia de St Michael’s Mount no hay nada tangible que se pueda atribuir a San Miguel. En cambio, las hazañas de Jack el Matagigantes se pueden imaginar al ver el gran corazón del gigante que mató en la isla convertido en piedra; también al pasar junto al pozo en el que supuestamente lo arrojó. La exhibición de la historia de los dueños del complejo, de sus viajes, su poder y su manera de vivir dejan también en un segundo plano las leyendas sobre San Miguel.

En la mayoría de las atracciones turísticas, la atmósfera que envuelve la visita de quien acude a ellas está provocada, en muy buena medida, por la promoción de la atracción. En St Michael’s Mount no hay nada tangible que se pueda atribuir a San Miguel. En cambio, las hazañas de Jack el Matagigantes se pueden imaginar al ver el gran corazón convertido en piedra del gigante que mató en la isla; también al pasar junto al pozo en el que supuestamente lo arrojó. La exhibición de la historia de los dueños del complejo, de sus viajes, su poder y su manera de vivir dejan también en un segundo plano las leyendas sobre San Miguel. Una buena y repetida propaganda consigue que quien va a verla vea lo que hay que ver(14). Que San Miguel no sobresalga en la atmósfera que envuelve la visita a la isla mareal, se puede deber a que entre lo que se viene a ver hay cosas mucho más atractivas, tangibles y, sobre todo, más fotogénicas.




1 https://www.emma-smith.com/about/

2 https://newlynartgallery.co.uk/activities/gwelen/

3 https://www.ancientpenwith.org/cliffcastles.html

4 Apocalipsis 12:7-9

5 Page, M. y Ingpen, R. (1988). Enciclopedia de las cosas que nunca existieron (p. 126). Anaya.
[ En pdf: https://ia600608.us.archive.org/26/items/EnciclopediaDeLasCosasQueNuncaExistieron1988/Enciclopedia%20de%20las%20cosas%20que%20nunca%20existieron%20-%201988.pdf ]

6 https://www.traveler.es/articulos/st-michaels-mount-cornualles-que-hacer-que-ver

7 https://stmichaelsmount.co.uk/plan-your-visit/opening-times-2025-26/

8 Herring, P. (1993). St Michael's Mount: recent and future work. Cornish Archaeology, 32 (pp 153–159). Se puede descargar en pdf desde: https://cornisharchaeology.org.uk/2022/08/19/volume-32-1993/

9 Idem. “...mainly through reference to the Mount's romantic and dramatic past: its legendary Giants, medieval priory, oft-besieged castle, stately home, busy harbour and bustling village”.
 
10 “Capitel de pilastra que se cree que formó parte del edificio original del monasterio, colocado aquí en memoria del TERCER SEÑOR ST LEVAN por su viuda y su familia”. Sobre Barón St Levan ver: https://en.wikipedia.org/wiki/Baron_St_Levan

11 https://www.haunted-britain.com/st_michael's_mount.htm

12 https://es.wikipedia.org/wiki/Liber_de_apparitione_Sancti_Michaelis

13 Newberry, Patrick John (2022) The Life and Works of James Piers St Aubyn, Architect (1815-1895). Doctoral thesis, The University Of Buckingham (pp 143-148).
Para descargar pdf:
https://bear.buckingham.ac.uk/642/1/1507089%20Newberry%2C%20Patrick%20-%20Thesis%20.pdf

14 Se atribuye a Chesterton la frase: El viajero ve lo que ve, el turista ve lo que vino a ver.



2025/07/30

Un viaje literario para mirar el agua



Hacía horas que la Sierra Salvada y los Montes Obarenes habían quedado atrás. Después, nuestras retinas se fueron saturando de paisaje castellano. A medida que el horizonte se ensanchaba y se hacía más nivelado y uniforme, la idea de estar atravesando un mar amarillo se instalaba con empeño en nuestro cerebro. Viajábamos hacia un paisaje que sabíamos montañoso, a un territorio con una orografía que montes, valles y ríos hacían seductora. No era el de las soleadas llanuras que atravesábamos. En este, el horizonte era una línea ligeramente ondulada que separaba el mar amarillo del cielo azul; más que ir hacia las montañas parecía que nos alejábamos de ellas. Cuando en Mansilla de las Mulas enfilamos hacia el norte vimos que el horizonte, todavía lejos y difuminado por la calima, perdía la uniformidad que hacía tediosa la conducción. Llegamos a Boñar y las montañas ya estaban allí. En el camping de Boñar establecimos nuestra residencia para tres días.

Seguimos el curso del río Curueño hasta Lugueros y Redipuertas. Desde este pueblo ascendimos a pie por el curso del río Faro, afluente del Curueño; hacia el oeste se elevan cumbres de más de 2.000 metros a las que no ascendimos. También seguimos el curso de otros dos ríos: el Porma, hasta la Puebla de Lillo, y el Horcado, que atraviesa el municipio minero de Sabero. Para nosotros todos eran lugares imaginados antes de llegar a verlos; los habíamos leído descritos en un libro de viajes, rememorados en una novela ideada a partir de unas imágenes en sepia y en otra creada como vasija de recuerdos y vivencias de personas que fueron obligadas a abandonar el lugar donde vivieron. En El río del olvidoJulio Llamazares narra un viaje que sigue el curso del río Curueño. En su novela Escenas de cine mudo, reconstruye el mundo de su infancia en Olleros, un mundo con el que, para quienes tenemos una edad parecida a la suya, es fácil identificarse aunque seamos incapaces de contarlo como él. En Distintas formas de mirar el agualos pensamientos de dieciséis personas de varias generaciones de una misma familia sirven para entender el doloroso desarraigo que el destierro impuesto provocó en ellas; lo que rememoran, añoran o evocan está sumergido bajo las aguas del pantano del Porma.

Las distintas formas de mirar el agua fueron las que motivaron nuestro viaje; no solo las de los personajes del libro de Llamazares, también las del grupo de trabajo por proyectos del IES Pablo Díez, el instituto de Boñar. Docentes y alumnado desarrollaron una idea para poner en marcha una ruta literaria que recorre las orillas del pantano del Porma: El eco de la montaña. Dos obras de Julio Llamazares están en el origen de la idea: Distintas formas de mirar el agua y Retrato de bañista. El resultado es un precioso y emotivo periplo por las orillas del embalse, la memoria de quienes lo habitaron, las siluetas que les representan y las voces que nos hablan y emocionan. A Nuria Rubial, profesora durante años del instituto de Boñar y una de las coordinadoras del proyecto, le debemos la última motivación por la explicación —y el entusiasmo que puso en ella— sobre el desarrollo y la realización de un proyecto con el que tanto hemos disfrutado. Tuve la suerte de escucharla en un taller sobre literatura de viajes con Julio Llamazares, organizado por La Plantación, en la Casa Grande de Rosende, en Lugo.


Territorio y memoria inundados

En 1968 se inauguró el pantano del Porma. Bajo sus aguas hay seis pueblos sumergidos: Vegamián, Armada, Campillo, Lodares, Ferreras y Quintanilla. Utrero y Camposillo quedaron en sus márgenes y no fueron anegados, pero sí la mayor parte de sus tierras; fueron expropiados y sus habitantes tuvieron que abandonar sus casas. Rucayo, solo 25 m más elevado que Utrero, está por encima y algo alejado de las aguas. No tuvo que ser abandonado, sin embargo, el aislamiento en el que quedó provocó el éxodo y su casi total abandono. El camino de más de diez km por el que se podía llegar hasta la carretera principal no se asfaltó hasta la década de 1980; la carretera de montaña por la que llegamos Josune y yo sigue aquel camino, pero no se ensanchó hasta principios del siglo XXI.

Aparcamos junto a la fuente, en la parte baja del pueblo. Un hombre mayor limpiaba algunas verduras.

‒Ahora solo estoy yo y los de otras dos casas que tienen ganado aquí. En verano y los fines de semana viene más gente, pero en invierno no se queda nadie por las noches ‒nos dijo.

Seguimos la ruta ideada y desarrollada por docentes y alumnado del instituto de Boñar que, al norte del pantano, recorre el camino entre Rucayo y Utrero. Caminamos por un paisaje impresionante. Las cumbres de las montañas que rodean el embalse levantaban sus crestas calizas hacia un cielo azul jaspeado de nubes blancas; el verde moteaba las laderas hasta ir cubriéndolas a medida que se acercaban al agua; el pasto, los arbustos y el arbolado colonizaban las orillas del pantano. Parecía imposible esperar más para el disfrute de aquel entorno. Sin embargo, el proyecto del instituto de Boñar, que tiene su origen en la obra de Llamazares, ha logrado insertar en aquel admirable paisaje algo que aún emociona más, remueve por dentro y suscita un profundo sentimiento. Durante los casi cuatro kilómetros y medio del recorrido, siete siluetas realizadas en acero corten representan a siete de los dieciséis personajes de la novela Distintas formas de mirar el agua. Todas miran el agua en la que van a arrojar las cenizas de Domingo: marido, padre, abuelo o suegro de quienes viajan al lugar del que aquel fue expulsado y al que nunca quiso volver más que convertido en cenizas. Cada silueta ofrece la posibilidad de oír la voz de su protagonista; un código QR permite escuchar los recuerdos, los anhelos, los sentimientos que pasan por sus cabezas al contemplar el agua en la que van a arrojar las cenizas de su familiar. Si eres capaz de meterte en la piel de cada personaje cuando lo escuchas, es imposible no emocionarse.

Iniciamos la ruta.

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Distintas formas de mirar el agua

El pantano no está ya a su máximo nivel. En cuanto nos acercamos a sus proximidades vemos paredes que parecen escapar del agua. Ya no cumplen su función original; ya no separan espacios, no protegen heredades. Las vacas ocupan lugares que quizás aquellas paredes vedaban a otro ganado hace bastante más de medio siglo.


Virginia madre


Poco después de iniciar la marcha nos topamos con la silueta de una mujer realizada en acero corten; es la de Virginia, la mujer de Domingo, la primera de las tres Virginias ‒madre, hija y nieta‒ que encontraremos a lo largo de la ruta. Virginia madre mira las vacas recordando las veces que se había sentado en aquellas verdes praderas a mirar las suyas mientras pacían. Escuchamos el archivo de sonido al que accedemos con el código QR impreso en una placa y es como si Virginia, no su silueta, estuviese con nosotros, como si sus pensamientos expresados en voz alta formasen parte de la atmósfera que nos rodea. Virginia ha venido a depositar las cenizas de su marido en el embalse que les obligó a abandonar el lugar en el que nacieron y en el que habían decidido compartir su vida. Tuvieron que marchar de un valle que iba a ser inundado por el agua a una laguna desecada en una llanura sin montañas en el horizonte; la laguna; sin mayúsculas, como los protagonistas nombran el lugar al que se trasladaron. Tuvieron que dejar un valle fértil y rodeado de montañas para vivir en un poblado en construcción y trabajar una tierra baldía y del color de los sacos viejos.

Ahora, rodeada por las montañas que tanto ha añorado y mirando el pantano, se siente capaz de recorrer cada camino y cada sendero ocultos por el agua. Recuerda emociones agradables y momentos penosos. Se conmueve con el recuerdo del inicio de la vida en común con Domingo. Pero no sabe a quién contar que desde aquel momento no ha hecho más que desandar los caminos que recuerda para volver a donde ahora está; no sabe a quién confesar que ha consumido sus energías en el trabajo de volver. El deseo de Domingo fue descansar para siempre en el lugar del que fue desterrado por el agua y al que nunca volvió en vida. Virginia viene a cumplir el deseo de Domingo. Sin embargo, aunque no lo exprese, parece que el suyo es el mismo, quedarse allí:

Domingo lo hace hoy, y yo espero no tardar mucho en seguirlo.


Raquel

Tras alguna curva y un ligero ascenso en el camino hacia Utrero llegamos hasta el lugar desde el que Raquel contempla el paisaje. A la izquierda, hacia el este, las paredes verticales de un farallón ocultan la mayor parte del embalse; al frente una zona montañosa se eleva más allá del pantano y del bosque que crece cerca del agua y de los pastos. La supuesta voz de Raquel que escuchamos no transmite melancolía como la de su abuela, tampoco manifiesta sentimientos de desarraigo. Ni ella se identifica con el lugar ni su vida y sus afanes se parecen a los de sus mayores. Lo que revela es admiración, empatía y curiosidad. Admira la grandeza del paisaje ante el que le gustaría sentir lo que sienten su abuela y su madre. Manifiesta una profunda identificación con ellas y su abuelo, a quienes entiende mejor ante el panorama que contempla porque no lo interpreta solo con lo que le aportan los sentidos, también lo hace atendiendo a los sentimientos con los que empatiza y a las circunstancias que a los suyos les tocó vivir. Y una curiosidad queda adherida en su conciencia, una curiosidad que nunca podrá satisfacer:

¿Cómo habría sido mi vida de no haberse cruzado en la trayectoria de mi familia la orden de un ingeniero que decidió detener el río como el que decide detener el tiempo?


Teresa


Hacia la mitad del camino, y casi al borde de este, nos espera Teresa, la mayor de las hijas de Domingo. Ella vivió los dieciséis primeros años de su vida en Ferreras. Al volver ahora con las cenizas de su padre, recuerda con precisión fotográfica los últimos días vividos en el pueblo en el que nació. No puede emocionarse por la belleza que se contempla desde donde está porque es amargura lo que inunda su pensamiento, aunque nada enturbia el agradecimiento que siente hacia su padre y su madre. Ahora, ante el valle anegado, siente tristeza por lo que quedó sumergido bajo el agua y por las historias que allí no pudieron desarrollarse. Ese sentimiento de tristeza es el que arrastra desde que su padre quedó en coma. Y le acompañan otros: pesadumbre, desilusión, lástima, resignación…, y cierto vacío. Al mismo tiempo que rememora el tiempo vivido en Ferreras, sobre todo el de los últimos días vividos allí, repasa la vida de esfuerzo de su padre y de su madre y la suya propia. Es la que más pendiente cree haber estado de sus padres, sobre todo desde que se jubilaron. Sin embargo, siente no haberlo hecho más tiempo después de tener que abandonar Ferreras y, en la novela, se muestra apesadumbrada por haberlos llevado a una residencia cuando Domingo ya no era dueño de su cabeza. Sobre su propia vida se muestra resignada. Se casó muy joven, como lo había hecho su madre. Si pudiese volver atrás no habría abandonado tan pronto la casa familiar en la que habían iniciado una vida muy diferente a la de Ferreras. Dice, en la novela, que lo siente por no haber vivido más tiempo con sus progenitores, aunque es fácil intuir que tanto como por eso lo lamenta por no haberse liberado de la mentalidad que su madre le inculcó y, a esta, su abuela:

Mi madre pertenece, como yo, a esa clase de mujeres acostumbradas a obedecer, primero a nuestros padres y luego a nuestros maridos. ¡Qué distintas las jóvenes de hoy!

Las jóvenes de hoy son sus hijas.


Virginia hija

Nadie recorre hoy este camino. Estamos solos. Nos detenemos junto a la silueta de Virginia hija y contemplamos el embalse. La única persona que hemos visto desde que hemos llegado a Rucayo ha sido el hombre que limpiaba alguna verdura en la fuente. Solo dos todoterreno se han cruzado con nosotros; iban hacia Rucayo, en dirección contraria a la nuestra. Uno de ellos ha reducido la marcha cuando aún se encontraba alejado, seguro que para no levantar tanto polvo a nuestro paso. Al escuchar lo que la voz de Virginia nos cuenta, miramos a todos los lados para tratar de descubrir si alguien nos está observando. Si los encargados del pantano o los dueños del ganado que pasta en sus orillas nos viesen, como Virginia cree que miran a su familia, lo harían con desagrado:

Si nos están viendo ahora y descubren lo que hemos venido a hacer aquí esta mañana seguro que no les gusta. No dirán nada porque no pueden, pero seguro que no les gusta. Todo lo que tenga que ver con la historia de este lugar les molesta, no porque nadie les vaya a pedir cuentas ya por ella, sino porque puede remover las conciencias de la gente que no sabe (o no quiere saber) lo que es un pantano realmente.

Virginia tenía 9 años cuanto tuvieron que abandonar Ferreras. No mira el agua como su hermana Teresa. El sentimiento de desarraigo es menor. Añora más la laguna (así, con minúsculas), el pueblo al que tuvieron que marchar, construido desde la nada en un paisaje radicalmente distinto. Pero la imagen que vuelve a menudo a su memoria no es ni de Ferreras ni de la laguna; es la de su padre llorando cuando le acompañó a León a visitar al tío Juan. Domingo no exteriorizaba sus sentimientos; pero al recordar con su hermano a sus familiares y vecinos de Ferreras, muchos en paradero desconocido o muertos, Virginia lo vio llorar por primera y única vez. Esa imagen la conmueve.


José Antonio

Acercándonos ya a Utrero aparece, en medio de un prado y algo alejada del camino, la silueta de José Antonio, hijo de Domingo. Como el resto de las siluetas de la ruta parece observar el pantano. Su pensamiento, el que podemos escuchar allí mismo, se concentra en lo que hay bajo el agua. Él, con trece años, había marchado de Ferreras en la caja del camión que lo llevó con su familia a un exilio definitivo. Acompañaba a su padre para vigilar que nada de lo que pudieron llevar se perdiese; el resto de la familia iba en la cabina. Pero no rememora aquel viaje. Recuerda, sobre todo, el paisaje que encontró cuando quince o dieciséis años después volvió para ver el pantano vacío. Hubo que vaciarlo y los pueblos sumergidos quedaron al descubierto. Rememora lo que vio de Vegamián, de Ferreras…, y la sorpresa de ver:

que el rió seguía corriendo por su antiguo cauce, incluso bajo el puente, que también sobrevivía, como desde los días de la creación del mundo. ¡Qué eran para él cien años, o dieciséis, que eran los que llevaba preso, para cambiar de curso y de dirección después de miles de fidelidad a ellos!

Entonces quiso traer a su madre. Ella no quiso venir. Había vuelto alguna vez al lugar donde nació, creció y vivió (o mejor, a la orilla del agua que lo oculta); lo que no quería ver era la ruina en la que se había convertido, el valle muerto (...) a la vista de todos. Quien nunca volvió fue su padre, y ahora lo hace convertido en cenizas.

Ahí quiere ir a parar mi padre. (…) Descansa en paz, papá, por fin. Te lo has ganado de sobra.


Virginia nieta

La silueta de una niña con un barco de papel en la mano es la de Virginia nieta. Está en un prado que acaba en el agua a la entrada de Utrero, antes de llegar a los edificios del pueblo que, aunque en ruinas, aún quedan en pie. No mira el agua como el resto de su familia. Ni siquiera está triste. No tiene que preocuparse por no llorar, porque el abuelo no la ve. El abuelo ya sabe que le quiere; se lo dijo en voz baja antes de que cerrasen el ataúd. A ella el pantano le parece bonito, pero no es como el mar; aquí el agua no se mueve. El embalse solo puede asemejarse algo al mar que ella conoce, y en el que de mayor le gustaría ser capitana de barcos. No le da miedo el agua por muy profunda que sea. Ahora busca barcos por la orilla sorprendiéndose de que no los haya:

Si lo encontráramos podríamos cogerlo y tirar desde él las cenizas del abuelo más lejos de donde estamos, que sería mucho más bonito. (…) Así la abuela podría tirar también su ramo de flores sin miedo a que la corriente lo devuelva hasta la orilla, que es lo que le va a pasar tirándolo desde aquí. Y lo comerá una vaca. Aunque al abuelo no le importará. (…) No le importa lo que aquí ocurra porque ya no lo puede ver.


Agustín


A la entrada de Utrero, entre vallas para ganado, vemos un cartel informativo en el que leemos: “fin de ruta”, pero no debe referirse a la ruta literaria que estamos siguiendo. Echamos en falta un personaje más, otra silueta de acero a tamaño natural, la de Agustín, el hijo menor de Domingo. No hay ninguna valla que nos impida continuar por el camino que atraviesa el pueblo entre edificios en ruina, y lo seguimos. Los edificios ruinosos que van quedando a nuestra derecha nos impiden ver el pantano. Al llegar a la fuente vemos la silueta que representa a Agustín. No está mirando el embalse. Parado, con las manos en los bolsillos y un cigarrillo en los labios mira el agua verdosa del pilón. Lo hace, nos dice su voz, de la manera que su padre le enseñó: con respeto y emoción, pues se lo debo a mis antepasados.

Agustín admira a su padre y le quiere más que a nadie; le ha enseñado todo, le ha defendido siempre de todos y nunca le ha regañado. Agustín marchó de Ferreras siendo niño. La estrecha relación con su padre se construyó en la laguna. Desde que comenzó a ayudarle en el trabajo de cultivar aquella nueva tierra nunca se ha separado de él, ni siquiera ahora que ha muerto. Lo sigue viendo y le sigue hablando.

Cuando ya se va toda la familia tras arrojar las cenizas y el ramo al agua, Raquel le anima a seguirles. Agustín observa que su sobrina ha vuelto a llorar, pues tiene lágrimas en los ojos. Se ve que ella ha debido de sentir algo de lo que su abuela y su madre sienten, aunque solo sea pena por el abuelo. Agustín no les sigue; todavía quiere hacer algo que no quiere que sus familiares sepan.

Pero yo espero a que se alejen todos. Quiero quedarme con él para despedirlo como se merece. (…) Y, además, no quiero que mis hermanos escuchen lo que le digo, pues pensarían que no estoy bien de la cabeza. Ellos no entienden que mi padre y yo hablemos como cuando estaba vivo ni que yo me dirija a él como si de verdad me oyera. Así que mejor que no me escuchen y que piensen que estoy mirando el agua (…), abstraído como siempre, con la cabeza en otro lugar, que es lo que todos me dicen siempre. Eso sí, los que vuelven la suya son todos ellos cuando, ya lejos de la orilla, oyen el ruido que hace en el agua la piedra que traje de la laguna para que mi padre nunca se olvide de dónde estoy y de dónde tiene su casa.


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Los amigos de Utrero

Terminamos la ruta literaria Distintas formas de mirar el agua en la fuente de Utrero, junto a Agustín. A espaldas de este la hiedra y otras plantas envolvían la mayor parte de las ruinas de una casa que había sido el bar del pueblo. Una pintada atemporal en uno de sus pilares de ladrillo reivindicaba algo ya inalcanzable para los pueblos sumergidos: “no a los pantanos”. Una excavadora ocupaba el camino que pasaba junto a la fuente. Dos hombres se afanaban en retirar las piedras de un muro que había caído junto al pilón; la murueca era más grande y alta que este. Luis y Mario, así se llaman aquellos trabajadores voluntarios, forman parte de un grupo o asociación llamada Amigos de Utrero. Si volvemos dentro de algún tiempo podremos beber agua allí mismo, nos aseguraron.

‒Pronto volverá a manar agua por ese caño ‒dijo Luis señalando el tubo grisáceo por el que hace décadas que no lo hace.

Los planes de los amigos de Utrero son ambiciosos. Además de poner en funcionamiento la fuente van a arreglar el cementerio. Quieren reconstruir algunas casas en las que poder reunirse o montar talleres. No descartan poner en marcha algún proyecto de permacultura con fines formativos. Quieren que todo aquel espacio en el que el Pantano del Porma hizo desaparecer unos cuantos pueblos y provocó un exilio masivo vuelva a resurgir.

La fuente, aunque con agua verdosa y estancada, se veía en un estado aceptable. El caño salía de la boca de un pez adherido a los sillares superiores de la columna; esta, cuadrada, estaba pegada al muro perimetral por dentro. Quizás dentro de poco se celebre una fiesta de inauguración allí mismo a la que puedan acudir personas que ya bebían de aquella fuente antes de que les obligasen a abandonar Utrero.

El camino que sigue más allá de la fuente nos habría llevado hasta la entrada de un brazo del embalse entre la Peña Armada (1.466 m) y la Peña Utrero (1.374 m). Bajo el agua está la carretera que pasaba por la garganta formada por las dos montañas. Entre las dos peñas es donde quieren instalar un puente tibetano de unos 190 metros.

De vuelta hacia Rucayo vimos que volvía el mismo todoterreno que había reducido la marcha al cruzarse con nosotros algunas horas antes. Al vernos redujo notablemente la velocidad y acabó parando del todo para no levantar polvo mientras llegábamos a su altura. Se trataba de Goyo, otro de los amigos de Utrero. También él nos habló de los planes y proyectos que tienen.

La de los amigos de Utrero es otra forma de mirar el agua.


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Retrato de bañista

Nuestro viaje por las cercanías del Porma no iba a terminar sin bordear el pantano por la carretera que lo circunvala por el sur y el este hasta la Puebla de Lillo (LE-331). Desde los miradores que hay a lo largo de la carretera las vistas sobre el pantano y las montañas que lo rodean son excelentes. La manera de mirar el imponente paisaje no es la misma con la que lo habríamos contemplado de no haber conocido y habernos metido en la piel de los protagonistas de Distintas maneras de mirar el agua. El libro de Llamazares  termina con un texto del escritor Juan Benet, que fue el ingeniero que diseñó y trabajó en la construcción de la presa:

Todo el aire de esta región queda reducido a bien poco: una sierra al fondo, una carretera tortuosa y un monte bajo en primer plano...

El pantano en cuyo diseño y construcción trabajó Juan Benet produjo un paisaje singular y admirable, pero hizo desaparecer otro, uno que solo pueden recordar quienes tuvieron que abandonarlo, quizás con una memoria que mira con las cataratas que el tiempo produce en su mirada. Los turistas, los viajeros, los forasteros no podremos ver nunca el que miraban los habitantes de los pueblos sumergidos.

La ruta literaria El eco de la montaña del grupo de trabajo por proyectos del instituto de Boñar no se limita al itinerario entre Rucayo y Utrero (Distintas formas de mirar el agua). También forma parte de ella la ruta de los miradores: el de la presa del Porma, el de Vegamián y el de Lodares. En cada uno de ellos podemos leer un poema de Retrato de Bañista, de Julio Llamazares, y escucharlo en la voz del escritor.

Llamazares nació en Vegamián, capital municipal de los pueblos que quedaron sumergidos. Quince años después de haberlo llenado, volvieron a vaciar el pantano. Durante algún tiempo los pueblos anegados por sus aguas quedaron al descubierto. Fueron muchas las personas que aprovecharon el vaciado para volver a ver los que habían sido sus pueblos y sus casas; Llamazares también lo hizo. Escribió Retrato de Bañista influenciado por la estremecedora visión de las ruinas del pueblo en el que había nacido.


(Se puede acceder a la lectura y audición de los poemas desde estos enlaces:



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Notas:

En el apartado Distintas formas de mirar el agua se puede acceder a los archivos de sonido correspondientes a cada personaje por medio del enlace adherido a cada nombre.

Todos los textos en cursiva son copia textual de la obra de Julio Llamazares Distintas formas de mirar el agua.

Para el proyecto El eco de la montaña del IES de Boñar: https://xn--elecodelamontaa-crb.com/

Sugerencia:

La mejor manera de disfrutar de la ruta entre Rucayo y Utrero, al menos para quien esto escribe, tiene tres fases:

  1. Leer Distintas formas de mirar el agua antes de ir.
  2. Escuchar in situ los archivos sonoros correspondientes a cada personaje representado en las siluetas.
  3. Volver a leer la novela a la vuelta. Seguro que si durante el recorrido consigues meterte en la piel de los protagonistas, la emoción que consiguen transmitir las locuciones hará que leas de nuevo la novela con mucho más interés y emoción.

2025/07/19

Más allá no hay más que mar


 



Más allá de las islas Skellig no hay más que mar. Dos razones puede haber para detenerse en ellas: la imposibilidad de encontrar tierra más lejos o, viniendo desde el mar, no querer establecer residencia en territorio ocupado por la especie humana.

Las Skellig son dos pequeñas islas, dos rocas escarpadas que sobresalen del océano a unas ocho millas de la costa al oeste de la península irlandesa de Iveragh, al suroeste del país. En la más pequeña ‒Little Skellig‒ se establece la que dicen mayor colonia de alcatraces atlánticos de Irlanda y una de las más grandes del mundo. Más de 25.000 parejas reproductoras de estas aves regresan a este islote en primavera y ocupan cada cornisa, cada espacio disponible en las escarpaduras de esta roca, un peñasco oscuro y sin vegetación. El aspecto de la más grande ‒Skellig Michael‒ es diferente; sus cantiles también son oscuros, pero se visten de verde, excepto en los escarpes más verticales. Esta es preferida por otra ave marina para nidificar durante su periodo reproductivo: los frailecillos. Unas 4.000 de estas aves ocupan la isla entre abril y setiembre, casi el mismo tiempo disponible para desembarcar en ella como turista; solo es posible hacerlo entre mayo y finales de setiembre, nunca más de 180 personas por día y únicamente cuando el oleaje y el estado de la mar lo permiten. En estos dos peñascos se detienen durante algunos meses alcatraces, frailecillos y otras aves marinas; los seres humanos solo llegan para una corta visita y no van más allá.

Después de varios días de espera y de haber navegado en dos ocasiones hasta casi tocar Skellig Michael, pude desembarcar en la isla, ascender centenares de peldaños por una empinada escalera, llegar a un monasterio de 15 siglos de antigüedad y mirar hacia el sureste desde el inicio de una imaginaria línea de casi 4.000 km de longitud.

A lo largo de la Línea Sacra de San Miguel Arcángel, que tiene aquí su inicio, se sitúan siete u ocho lugares en los que los mitos, las creencias y la Historia se han mezclado de tal manera que es difícil pensar en ellos con mentalidad aséptica, neutra, desapasionada. En todos se venera a San Miguel; en la mayoría se siguen llevando a cabo las ceremonias litúrgicas que sirven para anclar en esos lugares el culto al arcángel. Un modelo arquetípico de la sucesión ininterrumpida de actos litúrgicos es el del santuario del Monte Gargano, en la provincia italiana de Foggia: las misas y los rosarios se suceden interminablemente mientras la rigurosa mirada de monjas vigilantes conmina a fieles y turistas a no desviarse del protocolo y de las normas de supuesto respeto allí establecidas. Fue en Gargano donde se originó el culto al arcángel a finales del siglo V; desde allí se extendió por toda Europa.

En casi todos los santuarios y monasterios de la legendaria línea es posible separar la Historia del mito. Hay referencias relativamente fiables para situar la fundación y construcción de los monasterios, para conocer el inicio de la evangelización en los lugares donde se ubican, para descubrir qué mitos y creencias son las que sustituye la veneración a San Miguel, para entender las motivaciones de quienes decidieron apoyarse en viejas creencias para introducir los nuevos cultos… Muchas veces disponemos de textos que nos orientan en esa confusa historia y sitúan los hechos en lugares y momentos concretos, aunque sean a menudo memorias y relatos escritos siglos después de los acontecimientos narrados. En Skellig Michel separar la leyenda de la realidad es más complicado.

La historia entre nieblas

Cuando entre los siglos VI y VIII unos monjes decidieron establecerse en Skellig Michael, Irlanda era considerada la isla más occidental del mundo; las tierras habitadas y el mundo conocido terminaban en las islas Skellig. Para los romanos, cuyo imperio había terminado por caer en el año 476, Irlanda ‒Hibernia para ellos‒ era un territorio misterioso y salvaje, el último habitado en el mundo conocido. Aunque en algún momento pudo ser posible objetivo de conquista, el imperio romano nunca se estableció en la isla. Fueron los primeros evangelizadores quienes introdujeron en Irlanda la cultura occidental a través del cristianismo, que comenzó a establecerse allí en el siglo V.

Tanto el conocimiento sobre la historia primitiva de Irlanda como el de la introducción del cristianismo en la isla se alimentan más de leyendas que de hechos reales. Para aquella hay relatos mitológicos, no referencias contemporáneas escritas. En cuanto al inicio del cristianismo, las historias sobre sus santos pioneros también tienen un envoltorio fabuloso; y las hagiografías (esas biografías de santos en las que tiene más importancia el elogio que la verdad) pueden ser fuentes incuestionables para creyentes; sin embargo, más de una vez adjudican el mismo hecho a santos diferentes, como si hubiese una inflación de santos para una limitada lista de hechos miríficos y prodigiosos. Se dice que fue San Fionán, a quien se considera fundador del monacato irlandés, quien fundó el monasterio de Skellig Michael. Si fuese así el monasterio tuvo que iniciar su andadura antes de la mitad del siglo VI, porque el 549 es la fecha en la que se cree que San Fionán murió. Sin embargo, la fecha para su muerte no es segura y “los estudios arqueológicos publicados hasta 2011 señalan que el monasterio pudo tener su origen entre el final del siglo VII y el comienzo del VIII d.C.”1

Según alguna versión de la legendaria conquista de Irlanda por los Milesios, estos ya habían desembarcado en Skellig Michael. Allí fue enterrado Ír (hijo de Míl Espaine), que murió en un accidente durante la campaña de conquista. Los lugares de enterramiento eran declaraciones de legítimo y permanente dominio, así que los monjes que establecieron allí su monasterio llegaron a una isla deshabitada e inhóspita, pero conocida y reivindicada. Construyeron sus moradas y lugares de culto en un lugar que ya actuaba como testigo de los inicios de la historia gaélica imaginada2.

El culto a San Miguel se iba extendiendo por Europa cuando recalaron en Skellig Michael los primeros monjes, pero no fue San Miguel el santo elegido para su patrocinio. Pasaron algunos cientos de años hasta que entre los siglos X y XI construyeron la iglesia a él dedicada; fue entonces cuando el monasterio se vinculó al culto al arcángel. Un par de siglos más tarde, en el siglo XIII, los monjes abandonaron la isla y se trasladaron a la abadía de Ballinskelligs, en la cercana bahía del mismo nombre en el condado de Kerry. Las condiciones cada vez más difíciles para vivir en la isla (provocadas por cambios climáticos en el Atlántico) fueron, al parecer, las que los expulsaron. Aunque la iglesia dedicada a San Miguel en Skellig Michael se arruinó, otros oratorios y las celdas en forma de cúpula en las que los monjes vivieron se mantienen tal como eran. En cambio, de la abadía de Ballinskelligs solo quedan algunos muros que se mantienen erguidos en la misma orilla del mar; las ruinas están rodeadas por un cementerio que invade buena parte del espacio que ocupaba el monasterio; el interior de la nave de la iglesia y de otras estancias de las que solo quedan los muros verticales también está lleno de tumbas y lápidas. En un panel informativo se puede leer que la abadía se fundó en 1210, aunque antes ya había en el mismo lugar una que era la base de operaciones de los monjes de Skellig Michael; a aquella fue a la que se trasladaron a mediados del siglo XI. Según otras fuentes el monasterio de la isla no se fundó antes de finales del siglo VII y permaneció en uso hasta la segunda mitad del siglo XIII3.


Desembarco en la isla

Skellig Michael es visible desde muchos lugares de la costa sureste de Irlanda; llegar a ella parece asequible, saltar a tierra no tanto. Cuando te sitúas ante Skellig Michael y la observas desde un mar siempre movido, cuando no agitado, parece increíble que alguien haya elegido aquel peñasco como lugar de residencia.

La embarcación en la que navegué para desembarcar en Skellig Michael era más rápida que la que nos había trasladado unos días antes hasta las cercanías de las islas en dos ocasiones. Estaba protegida por una cubierta transparente que resguardaba al pasaje del agua que saltaba sobre ella; también permitía observar los delfines, que a veces la seguían, y las aves, estas cada vez más abundantes a medida que las islas se acercaban. Cuando llegó a Skellig Michael, la embarcación enfiló su proa hacia una embocadura entre acantilados. Al fondo de la corta y estrecha ensenada se abría la boca de una oscura cueva; el agua se agitaba entre sus paredes. El barco se acercó a una estrecha escalera que ascendía hasta una pequeña meseta del mismo acantilado. La nave se balanceaba al ritmo de las olas, y los peldaños a los que había que acceder para subir al rellano aparecían y desaparecían en el agua. Para saltar a la escalera era necesario adaptarse al vaivén y anticiparse al balanceo para acertar a posar el pie en el escalón elegido. Cuando los diez pasajeros estuvimos en tierra la nave se alejo de los acantilados; nos esperaría algo más de dos horas entre Little Skellig y Skellig Michael; sufriría el embate de las olas, pero sin correr el riesgo de ser lanzada contra las rocas.

Los monjes que habitaron la isla se comunicaban con Ériu (antiguo nombre de Eire) utilizando unas embarcaciones ligeras cubiertas de piel de vaca. Debieron tener tres lugares de desembarco, porque tres son las escaleras de cientos de peldaños que superan los 180 m de desnivel que hay hasta el monasterio; una al este, otra al norte y una tercera al sur. Es probable que la del este ‒Blind Man’s Cove (Ensenada del Ciego)‒ fuese la más utilizada, porque se trata de la ensenada más protegida y en la que sería más fácil guardar el curach, embarcación ligera cubierta de pieles4, alejándolo del espacio sacudido por las olas. Esta es la ubicación que se utilizó para dar servicio a los dos faros construidos en el siglo XIX, a pesar de ser la más alejada del primero en construirse, hoy ruinoso y en desuso.

Blind Man’s Cove es el lugar por el que hoy acceden quienes visitan la isla. Sin embargo, los 180 metros de desnivel que separan la ensenada del monasterio no se pueden remontar por el camino en el que los monjes construyeron (o mandaron construir) una escalera. En el tramo afectado por el oleaje y la marea excavaron los peldaños en la misma roca; después afianzaron cientos de escalones en la vertiginosa ladera para llegar al lugar donde habían construido viviendas y oratorios. A las personas que ahora visitan la isla se las dirige por el camino construido para acceder a los faros; buena parte de él está protegido por una cubierta en la que, al pasar, se oye caer alguna piedra. Tras recorrer unos 350 metros de suave ascenso se abandona el camino moderno de los faros; desde aquí a cada paso se asciende un escalón de la escalera que en su origen subía desde el punto de desembarco al sur de la isla.

Dos horas en la Edad Media

Solo al pisar los primeros peldaños de aquella escalera sentí que había llegado al lugar que cada vez que había pensado en viajar a Skellig Michael imaginaba. Durante dos horas iba a estar en un lugar donde todo lo que vería se mantenía tal como lo habían construido durante la Alta Edad Media los pocos habitantes que ocuparon aquella escabrosa isla. No fueron más de doce o trece monjes los que la ocuparon en cada momento: solo unos pocos cientos durante unos seis o siete siglos. Casi todo lo que construyeron lo hicieron con el material conseguido en la propia isla y con las técnicas utilizadas en otros lugares de Irlanda; y no ha sido modificado después.

Las celdas y los oratorios del monasterio son el ejemplo paradigmático de su estilo, aunque en la escalera que había empezado a ascender ya se puede apreciar cómo utilizaron la piedra, fácil de conseguir y trabajar por su estructura y por la disposición de los estratos en la isla. Pero una especie que compartió la isla con los monjes, y que con toda seguridad la poblaba antes que ellos, me hizo olvidar que la meta a la que quería llegar era el monasterio; el espectáculo de los frailecillos ralentizaron mi ascenso. Toda la ladera estaba ocupada por ellos. Algunos ocupaban los escalones; otros se asomaban en sus nidos excavados en el suelo entre las piedras sueltas bajo el verde manto vegetal de la ladera; muchos se agrupaban sobre salientes y cornisas… Miles de aves jaspeaban toda la superficie visible, volaban sobre el mar o se sumergían en él.

Tras superar un escarpe en el que se encajaba la escalera apareció Little Skelig al noreste; las manchas blancas de los alcatraces destacaban en la roca oscura de la isla. Otras especies de aves marinas compartían en sus vuelos el espacio entre las dos islas; los alcatraces se identificaban con facilidad por su tamaño.

A las construcciones del monasterio se llega después de atravesar buena parte de una terraza exterior situada entre los muros que a ella misma la sostienen y los que aseguran la terraza superior; en esta se encuentran la mayor parte de los edificios. Al entrar en el espacio donde se agrupan las celdas, oratorios y cementerio solo se ve una construcción en ruina: la iglesia de San Miguel, la única construcción en la que se utilizó argamasa. El resto, construido mucho antes, se mantiene tal como fue concebido. Seis celdas, un oratorio y un pequeño cementerio se agrupan en el lugar más protegido de la isla, en “un refugio climático (…): una isla de calor dentro de la isla”5.

El conjunto es admirable. Todo contribuye a la sorpresa, a la fascinación, al asombro: la ubicación, el aislamiento, las vistas sobre un mar inacabable... Seis pequeñas celdas en forma de cúpula, como seis enormes huevos hincados en el suelo, fueron las viviendas o espacios comunes de quienes habitaron la isla. Todas tienen un perímetro circular; en las más antiguas también su espacio interior es circular, en las más modernas este es rectangular. Están construidas de tal manera que el agua no puede penetrar en el interior; los muros, además de su grosor, tienen dispuestas las hiladas de piedras con las que están construidos con una ligera inclinación hacia el exterior; por mucha lluvia que caiga la estancia siempre estará seca. El interior es oscuro porque los vanos o no existen o son muy pequeños; conseguir un espacio confortable en un lugar inhóspito exige alguna renuncia. En el exterior, en un espacio que parece abigarrado por las construcciones, pero ordenado como un cálido regazo, uno puede sentirse seguro y protegido observando el mar infinito y agitado que se extiende mucho más abajo; y ante la vista de la abrupta y escabrosa Little Skellig que se hunde en ese mar, puede sentirse afortunado de ocupar un refugio que en la isla vecina sería imposible.

Abandoné con pena aquel regazo. Me demoré en el descenso. La escalera parecía mucho más vertical a la bajada. Envidiaba a los frailecillos que allí iban a quedarse y pensé que si me atrasaba el barco se podría ir sin mi. No me atreví, no tenté a la suerte. Aunque llegué el último, llegué a tiempo; la nave no había zarpado aún.

Quizás cuando haya visitado los lugares que me faltan en esa línea virtual que aquí comienza vuelva a Skellig Michael.


1Velado Pérez, Emilio (2025). El confort de lo inhóspito. Historia medioambiental del monasterio de Skellig Michael (cdo. Kerry, Irlanda. Panta Rei. Revista Digital de Historia y Didáctica de la Historia, 19, online.first. DOI: 10.6018/pantarei.651891

2Crowley, J. y Shenan J. (Ed.). 2022. The Book of the Skelligs. Cork University Press.

3Cf. Velado Pérez, E. (2025), op. cit., p. 6

4Mac Cárthaigh, C. en: Crowley, J. y Shenan J. (Ed.). 2022. The Book of the Skelligs. Cork University Press.

5Cf. Velado Pérez, E. (2025), op. cit., p. 12


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