2026/10/18

Valdegeña. Precuela de un futuro viaje

 


Un mensaje telegráfico en la jamba izquierda y la puerta entornada invitan a traspasar el umbral del centro social. En una sala con televisión y barra de bar, solo hay un hombre sentado. Da la espalda a la puerta de entrada y mira un programa deportivo en la pantalla plana; sobre la mesa que tiene delante, un vaso de vino. Llego a su altura para dar los buenos días. Él apenas deja de mirar la televisión para contestar. Frío recibimiento. Me siento obligado a explicar qué hago allí:

‒Hemos venido a conocer el pueblo donde nació Avelino Hernández.

‒Otros también hemos nacido aquí ‒responde mirando de soslayo.

Inicio el camino de salida diciendo algo amable y, sobre todo, procurando que lo parezca. El hombre se levanta para acercarse a mí. Lo que antes me había parecido rechazo se va transformando en una amable y distendida conversación.



Volvemos de Soria capital. Hemos estado en la ciudad durante una extraña anomalía meteorológica. No ha sido necesario seguir el consejo de Avelino Hernández en su libro Donde la vieja Castilla se acaba: Soria: “Porque es cierto lo del frío, llévate jersey grueso, aun en verano, para el anochecer y la alborada”. Durante dos días recorremos la ciudad (por tercera vez este año), volvemos a visitar algunos de sus monumentos emblemáticos y, por donde traza el Duero su curva de ballesta, nos rodeamos de colores otoñales que se miran en el agua tersa y lenta del río. No hemos necesitado el jersey.



Anoche estuvimos en la presentación de una nueva edición de Los hijos de Jonás. Su autor, Avelino, nos habló por boca de Teresa Ordinas, su compañera.

‒No me gusta decir que soy su viuda. Soy su compañera; le siento conmigo.

Motivados por la literatura de Avelino Hernández y por la pasión que los ponentes pusieron, hemos decidido pasar por Valdegeña para volver a casa, aunque para ello tengamos que alargar el viaje.

La conversación que había iniciado con el vecino solitario del centro social ha transitado pronto hacia la cordialidad. Josune se ha quedado en la plaza. Abandono el edificio, casi forzando la salida, y el hombre me despide con un efusivo apretón de manos.

‒Mira, aquí hay un busto de Avelino Hernández ‒oigo que me dice Josune.

Tengo que descender a la plaza para verlo. En la plaza hay un frontón que me sorprende porque tiene tres paredes. El busto de Avelino mira a la plaza. En el muro que tiene detrás, y que aguanta el camino que pasa frente al centro social, hay unas cuantas placas de cerámica que recuerdan al escritor y las visitas de institutos y centros escolares.

Recorremos el pueblo. Losetas cerámicas en algunas fachadas recuerdan pasajes de algunos personajes de libros de Avelino. Unos paneles posibilitan el recorrido del pueblo siguiendo los capítulos de Una vez había un pueblo. Podemos acceder a ellos por medio de códigos QR y escucharlos en las voces de niños y adolescentes del pueblo.

Volvemos a casa. Nos queda lejos, así que solo escuchamos uno: Lo que se puede hacer con un gato. Nos vamos convencidos de que no pasará mucho tiempo hasta que volvamos a Valdegeña. Este pueblo y las historias de Avelino merecen mucha más atención que la que le podemos prestar en la hora y media que hoy le dedicamos.

Miramos hacia atrás desde la fuente. Desde aquí, la carretera parece terminar frente a la fachada de una nave agrícola. Un inmenso mural con unas mil quinientas teselas cerámicas recibe al visitante. En cada una de ellas se muestra el nombre y la procedencia de personas (muchas de ellas estudiantes de colegios e institutos) que vinieron a este pueblo abierto al mundo.

Volveremos.




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