2026/02/20

Dictadura y exilio



“Cuando mataron a mi padre, a mi madre solo le quedaron los ojos para llorar y las calles para correr”. Esta frase pronunciada por Carmen Vela hace que me quede anclado junto a su retrato con el oído pegado al altavoz por el que se escucha el documento sonoro. Su relato, de tres o cuatro minutos, se reproduce en bucle. Lo escucho varias veces para que esa frase quede fijada en mi memoria, para convertirla en el enganche en el que fijar mi recuerdo de El camino errante, una exposición sobre el exilio en la Casa de América de Madrid.


Febrero no tiene más que una semana cuando salimos de la intermodal de Bilbao. Ya se ha tenido que hacer de día, pero un cielo gris que se deshace intermitentemente en zirimiri y los cristales tintados del autobús hacen que parezca de noche aún. Abro el libro que estoy leyendo, y que quiero terminar antes de llegar a Madrid: Barne zerbitzuak, de Katixa Agirre.

Superamos el puerto de Altube y levanto la vista del libro cuando estamos a punto de salir del valle de Kuartango. Observo las sierras de Badaia y de Arkamu cubiertas por un cielo opaco y gris que casi las roza. La primera, paralela a la autopista, se orienta de norte a sur, una rara dirección para las sierras y macizos vascos. La segunda, que sigue el eje del plegamiento pirenaico (este-oeste), llega casi perpendicular hacia nosotros desde el oeste y parece cerrarnos el paso. Entre las dos forman un embudo con la salida en el desfiladero de Subijana. La autopista nos escupe por él hacia Ribera Alta y Ribera Baja. Más tarde los monolitos rocosos del desfiladero de Pancorbo vuelven a apartarme de la lectura. Ya en La Bureba, el gris mate y oscuro nos cubre por arriba y el verde del cereal recién nacido se extiende a los lados hasta las montañas que cierran la llanura y cuyas cumbres más altas se esconden en las nubes.

Vuelvo al riesgo permanente de las protagonistas de Barne zerbitzuak que hacían llegar comida y medicinas a los presos (maridos, hermanos…) tras la caída de Bizkaia en 1937. Movían clandestinamente información confidencial entre las cárceles y el Gobierno Vasco en el exilio. La novela la protagonizan cuatro mujeres que fueron las precursoras de una nutrida red de espionaje, la red Álava, de la que treinta personas fueron detenidas en 1940.

Al acercarnos al puerto de Somosierra, Josune me señala el paisaje nevado y dejo a las protagonistas y sus compañeros de militancia escuchando las sentencias, muchas de muerte tras el primer juicio sumarísimo. Los interrogatorios y las torturas en Fomento, en los centros de reclusión en Claudio Coello para las mujeres y en Chamberí para los hombres y la cárcel de Ventas quedaron páginas atrás. El paisaje que veo es tan sombrío como el futuro que espera a los miembros de la red Álava. La tintura de los cristales del autobús hace que el paisaje recién nevado aparezca como una gran mancha de blanco ceniciento que se funde con un cielo de un gris plomizo.

Antes de llegar a Madrid termino de leer la historia novelada por Katixa Agirre. Luis Álava, quien dio nombre a la red, fusilado. Quienes se libraron del paredón o del garrote vil siguieron en la cárcel. Tras la prisión tendrían que soportar un largo exilio interior.

El exilio, ese es uno de los objetivos del viaje que nos ha traído a Madrid: El cuerpo errante, una exposición en la Casa de América sobre el que provocó la guerra y la represión de la dictadura franquista. Encuadrada en el proyecto Mapas de memoria de la UNED, muestra a través de documentos, cartas, imágenes, objetos y relatos sonoros diversas maneras de soportar y vivir el exilio. No aparecen nombres y apellidos importantes. Objetos que cimentan el recuerdo de familiares asesinados y voces de mujeres que conservan y transmiten la memoria de lo que ellas y sus seres queridos padecieron hacen presente la vivencia del exilio de personas corrientes.

Una de las experiencias que se muestran tiene una historia que llega hasta mediados de la década de los noventa del siglo pasado, más de cincuenta años después de terminada la guerra; es la de María Fernández Grandizo. Su padre y su marido habían sido asesinados por los franquistas en 1936. Dieciséis años más tarde detuvieron a su hijo Manuel, de veinte años. Tras varios meses encerrado, y con la seguridad de que iba a ser condenado, aprovechó un permiso carcelario para huir a México. Nunca volvió. Su madre inició una correspondencia que se mantuvo hasta que perdió la vista; luego mantuvo la comunicación por medio de cintas magnetofónicas. Buena parte de las mil quinientas cartas que María envió a su hijo cuelgan del techo de la sala; forman un bosque de papel y de palabras por el que hay que transitar. Al otro lado una maleta contiene el resto de las cartas, una grabadora y las cintas magnetofónicas. Tras visualizar un vídeo en el que se escucha la voz de una nieta de María que lee algunas de las cartas, vuelvo al bosque para buscar una fechada el 23 de noviembre de 1975. La encuentro:

“Queridísimo hijo, ¡al fin se fue! (…) Claro que no hemos estado clavados todo el tiempo ante la televisión. Lo que sí aguanté fue la jornada de hoy por curiosidad morbosa. Sobre todo no quise dejar de ver cómo lo depositaban en la fosa y tapaban con la losa. (¡Ahí, púdrete!, no pude menos de decir) (…)”.

Si las cartas de María construyen y conservan la memoria de una separación y un exilio duraderos, otros objetos portan en sí mismos un suceso momentáneo o un periodo de tiempo fosilizados. Objetos que guardan el recuerdo de vidas arrebatadas, vidas súbita y violentamente detenidas; que hablan de existencias a las que se les impidió crecer, progresar y construir futuro; que almacenan en ellos biografías completas, pero que siempre se rememoran a partir de los momentos más dolorosos, los últimos para algún ser querido.

Una foto rota y cosida puede servir para que el espectador se haga una idea de la crueldad de la represión de la dictadura franquista, represión alimentada con tortura, cárcel y fusilamientos. La misma foto ayuda a entender el dolor que el recuerdo provoca en quienes sobreviven al asesinado. Anastasio Godoy fue víctima de la represión. En 1941, con 29 años, no podía mantenerse en pie por una enfermedad contraída en prisión y lo fusilaron sentado en una silla. Desde la cárcel de Almodóvar del Campo, Ciudad Real, se había comunicado por carta durante dos años con su mujer Benita Lillo, que estaba presa en Gerona. Entre las pertenencias que tras el fusilamiento de Anastasio enviaron a su familia había una foto rota en varios trozos que había sido cosida. Guardada por Benita pudo ser el soporte para el recuerdo del tiempo vivido juntos, el hito a partir del que rememorar el futuro que solo pudieron imaginar, aunque la evocación de lo vivido y lo deseado tuviese que iniciarse siempre en recuerdos de un periodo y un hecho dolorosos.

Muchos objetos de la exposición almacenan memoria. Hay uno que conserva una parte material de la persona a quien se recuerda; es un saquito toscamente cosido que conserva una piedrecitas dentro. Las piedras están manchadas de sangre. La hermana de Ángel Ruiz, fusilado en Almagro en 1940, las recogió del lugar donde lo asesinaron y las guardó durante muchos años. Antes de morir se las entregó a Saturnina, la mujer de Ángel. Esta hizo una bolsita para guardarlas durante toda su vida en el delantal que llevaba. Hay que abrir una ventana para llegar al saquito que Saturnina llevó encima desde que llegó a sus manos. También para acceder al resto de elementos que se exponen en el espacio titulado Las pequeñas cosas. Son cajas cerradas que guardan en su interior historias de vida que se detuvieron violentamente. Sus protagonistas vieron desaparecer el camino que se habían trazado y tuvieron que buscar otro en el que, además de sobrevivir, portaron en su memoria el recuerdo y los anhelos de sus familiares desaparecidos. Saturnina, como el resto de protagonistas del espacio Las pequeñas cosas, fue envejeciendo mientras mantenía el recuerdo de su marido con el aspecto que tenía cuando se separaron.

La exposición se distribuye en varias salas y apartados que cuesta tiempo recorrer. Muchos de los objetos, cartas, escritos, vídeos y testimonios grabados con la voz de sus protagonistas o sus familiares dejan a la vista diversas maneras de vivir y soportar el exilio, formas diferentes de mantener el recuerdo de personas que el régimen dictatorial asesinó e hizo desaparecer, modos de comunicarse para sortear la censura y para que los mensajes llegasen a sus destinatarios… También se manifiesta en la muestra el miedo a contar, la ocultación de lo vivido a las siguientes generaciones por el temor a que sufriesen las mismas consecuencias. Y lo que la exposición también revela es que casi siempre son las mujeres quienes se ocupan del receptáculo de la memoria, conservan esta y la transmiten; a menudo, no por línea familiar directa.

La muestra nos impacta hasta el punto de que antes de abandonar Madrid volvemos a la Casa de América para llevarnos grabados algunos de los testimonios sonoros. La suerte hace que coincidamos con una visita guiada por los dos comisarios de la exposición. Al relatarnos su experiencia con varias de las personas que les han transmitido las historias, las vivencias y el significado sentimental de los objetos portadores de memoria, consiguen que quienes les escuchamos nos acerquemos emotivamente al sentimiento de quienes protagonizaron aquellas experiencias.

Me resisto a marchar sin grabar el documento sonoro de Carmen Vela. Para mi, la frase sobre lo que le quedó a su madre resume el sufrimiento que el golpe de estado y la dictadura sembraron durante tanto tiempo, algo de lo que ni quienes lo provocaron se arrepintieron ni quienes son sus sucesores ideológicos han hecho o harán.

“Cuando mataron a mi padre, a mi madre solo le quedaron los ojos para llorar y las calles para correr”.

-----------------------------------------------------------

Cuatro días más tarde, el 14 de febrero, se clausuró la exposición, que permanecía abierta desde el 17 de diciembre. Más de 30.000 personas han visitado la muestra, convirtiéndola en la más visitada de la Casa de América en las últimas dos décadas. Una evidencia de que la memoria sobre los perseguidos durante la guerra y el franquismo interesa a mucha gente. No se puede eludir, por más que haya quienes se esfuercen en hacerlo o quieran blanquear las atrocidades cometidas por la dictadura.


En este enlace se pueden encontrar vídeos y pódcast sobre la exposición El cuerpo errante:

https://www.casamerica.es/exposiciones/el-cuerpo-errante


En un vídeo de la exposición se hacía referencia a Avelino García, fusilado en 1940. Su nieto, sorprendido de que los apellidos de sus primos no coincidiesen con ninguno de los suyos, empieza a buscar a quien fue su abuelo biológico. El vídeo que puede verse en el siguiente enlace es de Jorge Moreno, uno de los comisarios de la exposición El cuerpo errante; el estracto que se reproducía en la exposición procede de él. Avelino Chillarón, nieto de Avelino García, aunque su apellido sea otro, dice en el vídeo: 

"A mi padre le robaron al suyo, a mi abuela le robaron a su marido y a mi me robaron el poder sentarme en las rodillas de mi abuelo". 

 https://vimeo.com/85392380


 


Dictadura y exilio

“Cuando mataron a mi padre, a mi madre solo le quedaron los ojos para llorar y las calles para correr”. Esta frase pronunciada por Carmen Ve...